Un viajero cruza el camino en frente de la Iglesia de San Miguel de Pesquera de Reinosa
Iglesia de San Miguel con viajero

Impresión de un viaje a Pesquera de Cantabria

La belleza no se resuelve en la estética de un paisaje, no se trata de líneas, sino de un complejo cohabitar de muchas cosas, sobre todo personas. Pesquera es un pequeño municipio del Valle del Besaya, a pocos kilómetros, o algunas paradas de tren si usted prefiere, de Reinosa. El Valle es un profundo tajo en la carne de la cordillera, un tajo que permitió, desde hace mucho tiempo, que la seca Castilla entablase conversación con el revoltoso Cantábrico, que, por toda respuesta, mojó de sal y espuma la lana y el trigo que venían de las entrañas de España antes de entregarlos a Europa.

Algo de esta feliz situación geográfica ha dejado profunda huella en el espíritu y en la educación de la gente de Pesquera. No tienen el ceño fruñido y los modales del campo, más bien la sonrisa y el mórbido andar de los marineros: el Pueblo estuvo acunado por largas caravanas de gente a pié, en carros o caballo antes; de vagones del tren luego y en fin de la autovía. Fue al calor de este gran va y ven de mercancías y personas que Pesquera aprendió a hablar el lenguaje del mundo, el que aprenden quienes viajan y quiénes, por suerte o por desgracia, nacen con alma nómada a pesar de nunca dejar la provincia.

Curiosamente toda Pesquera recuerda una mar verde y brillante: una dulce progresión de colinas, que se desparrama por todas partes, hace bajar y subir la vista del caminante como si de un barco merced de las olas se tratara. Tanto bajar y subir esconde y desvela aquel, y el otro y todo, en un divertido juego de bellos paisajes y elegantes perspectivas.

Llegamos una noche de lluvia, en tren, desde una insólita exploración urbana en los Corrales de Buelna. Decidimos dormir en la sólida iglesia de San Miguel; el día siguiente seguiríamos nuestro camino. Nos acercamos al pueblo donde una mujer nos dio el agua que necesitábamos. Sonrió mucho y preguntó poco. Llegada la mañana una soñoliencia extraña se apoderó de nuestras piernas, un deseo de paz y descanso, como los cuentos cuando el caminante cae vencido por el embrujo de un canto, se sienta, se tumba luego, en fin se duerme. Quedamos un noche más, más una, más otra, más…

Pasábamos los días descansando en San Miguel, solo bajábamos por agua al Ventorrillo y de paso nos bañábamos en el río, para huir del curioso calor que se alternaba a la niebla y a las nocturnas tormentas. Solo a noche dábamos paseos, siempre por las afueras del pueblo, cruzando de lejos los habitantes de Pesquera. Ambos veíamos las siluetas oscuras de desconocidos caminar sin prisas, arropados por la tierna oscuridad del pueblo, aquella tierna oscuridad que desvela la inmensidad del cielo, devolviendo a las personas todas las estrellas que la luz, vulgar y violenta, de las grandes ciudades nos ha robado.

Era como si el tiempo estuviese jugueteando al escondite con todos nosotros: los días pasaban, nosotros seguíamos ahí, pero nadie tuvo prisas de presentarse, nadie pidió explicaciones por haber convertido San Miguel en nuestro aposento.

Una mañana, insólitamente soleada, Carmen tuvo que acercarse a la biblioteca para buscar un enchufe. La biblioteca estaba cerrada por mantenimiento: en el ayuntamiento le dejaron una mesa y una silla para que pudiese escribir sin pedir explicaciones. Por la noche decidimos por fin presentarnos a la gente del pueblo. Fuimos al único bar de Pesquera: se llama “El fogón de Pesquera” y del fogón tiene todo el calor, pero se lo dan las almas más que las llamas.

Pasaron días y pasaron noches, pasaron vasos y pasaron charlas: celebramos juntos el antiguo y sencillo ritual de la hospitalidad, tal cómo Odiseo en la casa de Alcinoo. Se hablaba de todo y de nada, con la naturalidad y los cómodos silencios que suelen darse solo entre viejos amigos. Las charlas eran tan parecidas a la que tengo en mi pueblo, que no me hubiese sorprendido tropezar con una de mis hermanas o un amigo de la primaria.

Todo esto parece poco, pero es mucho, muchísimo, es el regalo más rico que puede recibir quienes pisan tierra extranjera: ser bienvenido, sin preguntas; ser aceptado, sin preguntas; tener la posibilidad de ser parte, aunque para poco tiempo, de una comunidad. Si has viajado para largo tiempo sabes cuanta soledad conlleva el camino.

Pesquera carece de catedral, no tiene castillo (suerte tenéis, la historia no clavó en vuestro pueblo herramientas de guerra, tristes quienes se enorgullecen por tener un lugar de armas vigilando sus vidas) solo un puente, dos boleras, una de considerable tamaño, la vieja escuela y el apeadero del antiguo FEVE. Y esa vieja escuela, que hoy parece dormida junto al valle, guarda una historia sorprendente: el proyecto pedagógico de Ángel Fernández de los Ríos, una aventura educativa adelantada a su tiempo y que aún late en la memoria del pueblo. Pero otra belleza, quizás hija de la historia también pero que nada tiene que ver con la arquitectura que pronto te sorprenderá en cualquier esquina: es la mirada acogedora de la gente de Pesquera.

Los espíritus libres no temen al extraño, abren las puertas de su casas y gozan la alegría de la bienvenida y del olor a mundo que siempre trae el viajero. Quienes conocen el amor abren los brazos sin nada que preguntar, encuentran el calor de otros abrazos y nunca quedarán solos. Quienes en sus espíritus crecen y viven la belleza, gozarán de la belleza que los otros han cultivado en sus pechos: espero que recibiréis del mundo lo que al mundo dais, espero que la vida os devuelva lo que donáis.

Tal como vinimos nos fuimos un día, después de decir un hasta mañana que no fue una despedida: nos encontraremos otra vez, como si nada fuese, en aquel extraño recodo del tiempo que son los retornos.

Gabriele Burchielli
Carmen Rúz Rábade

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