Por allí pasaba el antiguo Camino Real del Besaya, esa arteria que unía Burgos con el mar y que durante siglos llevó gente, historias y mercancías de un lado a otro de la cordillera. Hoy, Pesquera es uno de esos pueblos que quedaron al margen del ruido, pero no del sentido. Allí, donde una vez caminó el comercio y la palabra, tuve la sensación de que algo seguía vivo: una forma de convivir más humana.
Fui al Ayuntamiento a preguntar si había algún lugar disponible para enchufar el ordenador y escribir un poco. Me ofrecieron una bonita esquina en el propio edificio. Al poco rato, asistí a una escena curiosa: una señora mayor entraba para hablar con el alcalde, tenía un problema con las lindes de su terreno; un viejo conflicto con un vecino que no sabía cómo resolver. Y allí estaba él, el alcalde, presente, sin cita previa, sin asistentes que filtraran su acceso. La escuchó con calma y acordaron una segunda reunión, en la que estarían ambas partes, para mediar juntos.
La escena me pareció de otro tiempo. Pero no de un tiempo viejo, sino de un tiempo posible, aunque hoy casi olvidado: un tiempo donde los representantes del pueblo estaban realmente al servicio del pueblo. Donde ser alcalde no era sinónimo de poder, sino de responsabilidad.
En las ciudades, este gesto cotidiano sería casi ciencia ficción. ¿Hablar con el alcalde? ¿Tomar un café y saludarlo por la calle? ¿Contarle un problema directamente? Hoy en día eso parece inconcebible. Los cargos públicos en las grandes ciudades están rodeados de agendas imposibles, barreras físicas, secretarías inabordables y, muchas veces, hasta escoltas. ¿Qué distancia hemos construido entre los gobernantes y quienes los eligen?
El alcalde de Pesquera no necesitaba seguridad. Estaba allí, disponible, entre la gente. ¿Y por qué habría de temer? Si el pueblo lo ha elegido y él actúa con honestidad, ¿qué debería temer? ¿No es esa la esencia de la democracia? Elegimos a alguien para que nos represente, para que escuche y tome decisiones en nombre de todos. Pero en algún momento torcimos el camino: ahora elegimos a alguien y lo perdemos de vista; desaparece entre despachos, escoltas y declaraciones en prensa. Y lo único que nos queda es un número de atención al ciudadano y una respuesta automática.
Esa señora que habló con el alcalde me hizo pensar en lo que debería ser y ya no es. En cómo hemos confundido representación con poder, y política con espectáculo. En cómo la democracia pierde sentido cuando ya no hay cercanía, ni escucha, ni posibilidad real de diálogo.
Pesquera me recordó que otra forma de vivir es posible. Que la verdadera democracia no tiene que ver con urnas cada cuatro años, sino con la posibilidad diaria de participar, de ser escuchado, de tener libre acceso a las instituciones y participar en las decisiones que afectan a nuestras vidas. No es casual: en este mismo pueblo, hace más de un siglo, se levantó una escuela diferente —la escuela de Pesquera— que ya entonces enseñaba otra manera de estar juntos, de aprender y convivir. Su historia ayuda a entender por qué, incluso hoy, este pequeño lugar conserva una forma de vida más humana y cercana.
Texto escrito por Carmen Ruz Rábade



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