Excursionista orientándose en un hayedo sin brújula, empleando mapas mentales y referencias naturales
Orientándose con mapas mentales y referencias naturales en un hayedo, Consejo de Pongas, Asturias (Autor: Viaje a Edén)

Los mapas mentales en la orientación

En esta entrada trataremos de uno de los fundamentos de la experiencia humana y del viaje: la utilización de los mapas mentales en la orientación. Trataremos no solo de las técnicas, sino de las profundas implicaciones que tienen los mapas mentales en la diaria tarea de orientar nuestros pasos por el mundo, estando de viaje, en la naturaleza, durante una exploración urbana o sencillamente andando por alrededor de nuestra casa. La entrada es especialmente útil para quienes están aprendiendo como orientarse sin mapa y brújula.

Tabla de contenido

Introducción: algunas palabras sobre biología y orientación

Estamos programados con instintos y habilidades que nos permiten, como organismos vivientes, de sobrevivir en el entorno por el cual fuimos seleccionados. Una de estas habilidades, básica e imprescindible, es la de orientación, habilidad que, en definitiva, se puede definir como la capacidad de dirigir y tener memoria de nuestros desplazamiento en el espacio y en el tiempo conservando la conciencia de nuestra posición respeto a un sistema de referencia.

Como todas las habilidades, la orientación se desarrolla o se pierde en función de la practica y de la experiencia. Es importante introducir los mapas mentales remarcando estos hechos, porque los mapas mentales, a diferencia de herramienta como la brújula o una técnica de orientación y navegación, tienen mucho que ver con los procesos mentales, la memoria y nuestra propia biología. Más bien: los mapas mentales y los sistemas de referencias reales, son los pilares en los que se basa y desarrolla la orientación y anteceden cualquier herramienta u concepto.

¿Qué son los mapas mentales en la orientación?

En el contexto de la orientación, los mapas mentales son aquellos mapas que nuestra mente genera interiorizando porciones de entorno y relacionándolas entre ellas en función de movernos desde un punto cualquiera de su geografía hacia una destinación elegida, siendo capaces de mudar el recorrido según situación y exigencia, sin tener que seguir un itinerario aprendido de memoria.

Cuando exploramos o vivimos un entorno, conocemos, memorizamos e interiorizamos sus partes, luego las relacionamos espacialmente entre sí, creando mapas mentales. El camino desde una plaza hacia casa, desde una frutería hacia casa, desde la estación del tren hacia casa, son tres ejemplos muy cotidianos de porciones de entorno que hemos aprendido y memorizado.

Gracias a los mapas mentales, en lugar de seguir uno de los recorridos aprendidos, podemos improvisar y bajar del tren, tirar para la frutería, comprar melocotones, ir a un bar para tomar un café con un amigo y volver a casa, sin necesidad de mapas topográficos y brújula. En esta improvisación está todo. Quiero decir que se puede memorizar un recorrido de forma puramente fotográfica, pero sin un mapa mental, cualquier desvío implicaría perdernos porque no tendríamos la capacidad de relacionar los lugares entre sí creando recorridos nuevos.

Otro proceso similar, acaece cuando creamos un mapa mental a través de una representación simbólica de la realidad, que puede ser la descripción de un recorrido leído en una guía, las indicaciones que nos da un lugareño acerca de un camino, o memorizando un mapa de un parque natural. En este caso, estarán involucradas otras habilidades, como la comunicación o la capacidad de interpretar un mapa.

Hay un último concepto que tenemos que añadir a cuanto dicho, un concepto que podríamos considerar la raíz misma de la orientación, su pilar imprescindible: la ordenación espacial del entorno, que equivale a tener un sistema mental de referencia, que nos proporcione puntos firmes para trazar la geometría del movimiento. Los puntos cardinales son un ejemplo de ordenación general del entorno, digo general porque se refieren al mundo entero: el Norte o el Sur son algo más que definiciones geográficas, son los pilares de nuestra forma mental de darle a la realidad sentido en término de espacio y de movimiento.

Es de fundamental importancia remarcar que los mapas mentales se generan de forma inconsciente, pero, y de esto hablaremos, cuando lo hacemos de forma consciente, seremos capaces de sacar el máximo provecho potenciando considerablemente nuestra habilidad de orientación, que sea durante una exploración urbana o en la naturaleza. Es un poco como correr, habilidad entre las más naturales, que técnica y entrenamiento consiguen mejorar y refinar hasta llevarnos a límites insospechados.

Excursionista en la cumbre observando el paisaje para construir su sistema de referencia espacial
Situación común: llegamos a una cumbre y, antes de la bajada, miramos atentamente el paisaje para construir nuestro sistema de referencia, Pico Tiatordos, Asturias (Autor: Viaje a Edén)

La utilidad de los mapas mentales en la orientación en la naturaleza o en la exploración urbana

Sin que le prestemos mucha atención, nuestra mente crea y utiliza mapas mentales a diario, ya sea en un entorno urbano, en un entorno natural o dentro de un edificio de cierta complejidad. La razón es sencilla: por muy poderosa que sea la mente humana, es imposible memorizar con todo detalle grandes extensiones de territorio y recordar la posición de todos los elementos en relación con los demás.

Imagina qué pasaría si, para moverte en un bosque, tuvieras que memorizar la posición de cada árbol en relación con todos los demás; o si, para desplazarte en una ciudad, debieras recordar la ubicación de cada edificio en función de todos los otros que la componen. Los mapas mentales, al igual que los mapas topográficos, son una representación esquemática y simplificada de una realidad compleja. Su utilidad radica en permitirnos retener a largo plazo y manejar solo la información relevante (puntos de interés y sistema de referencia) para desplazarnos de manera eficaz en un territorio.

Los mapas mentales son también extremadamente útiles porque nos permiten tomar conciencia de la estructura general de un territorio y de las relaciones espaciales entre sus elementos, facilitando su comprensión. Esto se debe a que nuestra vista, por sí sola, no nos permite abarcar un en su totalidad área tan extensa como una ciudad o una serranía, así como la memoria no puede en pocos días memorizar todas las calles o las cumbres que las componen. Para tener una idea clara de la conformación de un territorio necesitamos un esquema mental que nos ayude a organizar la información espacial de manera coherente, o sea, un mapa mental.

De forma más consciente, solemos utilizar los mapas mentales cuando exploramos un territorio desconocido, o tenemos que ya sea un parque natural o una ciudad. En estos contextos resultan aún más eficaces, ya que debemos interiorizar una gran cantidad de información espacial completamente nueva en poco tiempo. Insisto sobre la memoria por ser un factor decisivo. Los detalles visibles a nuestro alrededor son demasiados para memorizar en poco tiempo. De hecho, recordamos bien muchos detalles solo de territorios que frecuentamos durante mucho tiempo, como nuestro pueblo o ciudad, y aun así, a menudo no recordamos bien dónde estaba aquel bar… Piensa también en las veces que has seguido una senda bien marcada y, a la vuelta, te has detenido ante algo que no recordabas haber visto.

La primera vez que noté, sin quererlo, la utilidad de los mapas mentales fue en el Macizo de Ubiña. Al segundo día de exploración, perdí el cortaviento y, con él, el mapa. Por suerte, me había pasado la semana previa mirando y remirando el mapa de Ubiña, no tanto para memorizarlo, sino para saborear lo que me esperaba y porque no veía la hora de estar allí. Mucha de esa información se me había quedado grabada. Tuve que trasladarla a la realidad y construir mi sistema de referencia, que, por cierto, en este caso tenía como punto clave una pequeña choza de cemento situada justo debajo de Ubiña Chica y donde solía pasar la noche. Desde entonces los utilizo con más conciencia, eso no solo me permite de no perder nunca el rumbo (bueno, digamos la mayoría de las veces…) sino me evita, en el caso disponga de un mapa de sacarlo continuamente.

Generar un mapa mental por exploración directa del entorno

Para construir mapas mentales, pasaremos por tres momentos:

  • Exploración del territorio: Comenzaremos explorando el territorio, manteniendo siempre presente el punto de partida y nuestra posición relativa. No me refiero a verlo directamente, sino a ser conscientes en todo momento de su dirección con respecto a nuestra nueva posición. Durante la exploración, nos centraremos en analizar el entorno con el objetivo de memorizar aquellos elementos que nos permitan construir un sistema de referencia.
  • Construcción de un sistema de referencia: Durante la exploración, memorizaremos los “puntos fuertes” del paisaje, es decir, aquellos elementos que tengan prominencia y sean fáciles de recordar. Con prominencia me refiero a que sean visibles desde varios puntos y a cierta distancia, destacando sobre el resto del paisaje, o que, por su posición en el territorio, aunque no sean visibles, puedan ser un apoyo a la navegación. En un entorno natural, podrían ser una cumbre llamativa, una roca con una forma especial o alineada en una dirección útil, un río (aunque solo se perciba por la línea de una arboleda) o una mancha de vegetación en un terreno llano. En una ciudad, podría tratarse de una avenida o arterias viales que, por su posición, constituyan una buena referencia espacial; un puente, un campanario, una torre, un rascacielos o un bloque de edificios. Posteriormente, pondremos en relación espacial los puntos fuertes o prominentes encontrados; es decir, desde cada punto sabremos exactamente en qué dirección se encuentran los otros. Para volver a un ejemplo común en una ciudad, si tenemos el campanario de cierta iglesia frente a nosotros, sabremos que tal avenida está a nuestra derecha y el río a la izquierda. Cada vez que nos movamos por el territorio explorado, utilizaremos estos puntos para establecer nuestra posición en relación con el sistema de referencia. Durante el movimiento, ajustaremos o cambiaremos los puntos de nuestro sistema de referencia si es necesario o los superpondremos a aquellos sistemas de referencia generales como, por ejemplo, los puntos cardinales.
  • Creación del mapa mental: Una vez construido un sistema de referencia sólido, memorizaremos la posición de todos los elementos que puedan sernos útiles en relación con nuestro sistema de referencia.

El proceso de construir un mapa mental, como dijimos, involucra la conciencia del entorno, nuestra percepción del espacio, la memoria, el instinto y la capacidad de movimiento, entre otras cosas. Siempre es un proceso totalmente natural y tan fácil como respirar. Llevándolo a un plano consciente, solo lo potenciamos, aumentando nuestras posibilidades de orientarnos de manera efectiva. Como toda habilidad, la creación de mapas mentales y su aplicación en la orientación se afina con la experiencia.

Excursionista en el monte observa el paisaje con atención para encontrar el camino usando solo su mapa mental
Otra situación común: observar el paisaje superponiéndolo a nuestro mapa mental (Autor: Viaje a Edén)

Generar un mapa mental a partir de una representación simbólica del entorno

Como dijimos, son aquellos mapas que generamos a partir de una representación simbólica de la realidad. En nuestro caso, serán principalmente mapas topográficos. El proceso no difiere mucho, solo que, esta vez, buscaremos en la representación simbólica del territorio los puntos de referencia y los buscaremos luego en la realidad. La razón es la misma: memorizar la estructura general del territorio y los puntos de utilidad, como fuentes o vados, estando seguros de retener la información. Nuestra memoria no es infinita, y memorizar requiere esfuerzo. Trabajar en los mapas mentales es también una forma de “optimizar” nuestros recursos mentales.

Si por un lado generar mapas mentales a través de una representación simbólica es más sencillo, porque tenemos una visión general de antemano del territorio que iremos a explorar, por otro lado, nos encontraremos con la tarea de identificar en la realidad lo que otra persona, con otra mente, ha representado para nosotros. En el caso de los mapas topográficos, con un poco de experiencia resulta muy fácil. Otra cosa es cuando lidiamos con descripciones escritas de localizaciones o con las indicaciones de otras personas, debido a la subjetividad. Es decir, algo que para ti puede estar lejos, ser muy oscuro o muy alto, para otra persona podría estar cerca, parecer bastante claro o ser bajo…

Conclusión

La orientación es una habilidad fundamental de la vida, de la exploración y del viaje. Son muchas las herramientas que tenemos a disposición para mejorarla y poder así disfrutar de la libertad del movimiento. Podemos orientarnos con la Luna, con el Sol, con el viento, a través de las coordenadas geográficas y los gps, y también los mapas mentales. Lo que hace a los mapas mentales tan diferentes de todas las demás herramientas de orientación es que, junto al intuición, es la única que tenemos siempre con nosotros, ya que somos nosotros mismos quienes nos convertimos en orientación. Espero que hayas disfrutado de la lectura tanto como yo disfruté escribiendo y que, sobre todo, te sea útil. Para dudas, comentarios o correcciones, aquí abajo tienes el formulario para dejar un comentario, sería bonito conocer tu opinión. Pues nada, hasta pronto y, mientras tanto, disfruta del horizonte. Un saludo desde Viaje a Edén.

Texto y fotografías por Gabriele Burchielli

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