Ilustración del proyecto de un lazareto en las cercanías de Nápoles, primera mitad del siglo XIX
Ilustración del proyecto de un lazareto en las cercanías de Nápoles, primera mitad del siglo XIX (Autor: Giuliano Fazio)

Miedo y necesidad: origen e historia del Lazareto

A lo largo de la historia, las epidemias han amenazado al estabilidad y existencia de las sociedades humanas, causando estragos en poblaciones enteras y alterando el orden social. En un intento por frenar la propagación de enfermedades contagiosas, surgieron los Lazaretos: edificios o complejos destinados a la cuarentena y aislamiento de personas, animales o mercancías procedentes de regiones afectadas por epidemias, o atender a los enfermos y aislarlos de la sociedad durante las pestilencias. En este artículo hablaremos del origen del Lazareto, su estructura, funcionamiento y evolución, junto al impacto que tuvo en la historia y el paisaje de nuestras tierras.

Tabla de contenido

Las epidemias

La historia de las civilizaciones está marcada por el dramático y recurrente azote de epidemias violentas e inesperadas de enfermedades mortales y altamente contagiosas. Llegaban de golpe y, con una rapidez espantosa, se propagaban de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, arrasando poblaciones aterrorizadas e indefensas: peste, cólera, tifo y lepra no tenían cura. La única posibilidad de sobrevivir era evitar el contagio.

Mientras duraba la epidemia, la muerte ejercía un dominio absoluto sobre la vida y la mente. Se asistía a una suspensión de los principios morales y a un progresivo mal funcionamiento de la estructura administrativa: el entero edificio social se desmoronaba, dejando de funcionar como un cuerpo roto. Algunas de estas epidemias marcaron el curso de la historia humana. La Peste Negra, que asoló Europa de manera intermitente entre 1347 y 1400, causó la muerte de entre el 30 % y el 60 % de la población, provocando profundas alteraciones religiosas, económicas y sociales, y marcando a fuego vivo la memoria colectiva del continente y el curso de su historia.

Pintura al óleo El triunfo de la Muerte, de Pieter Bruegel el Viejo, ca. 1562
El triunfo de la Muerte, Bruegel el viejo, ca. 1562

Función y estructura de un Lazareto

La propagación de las epidemias se debía al movimiento incontrolado de personas, animales y bienes que incubaban la enfermedad sin haber manifestado aún sus síntomas. Los puertos eran la principal vía de entrada de los contagiados. Para frenar la expansión de enfermedades, se ideó un sistema de cuarentena: habilitar edificios o complejos donde aislar a todos los pasajeros y bienes procedentes de países afectados por epidemias, durante un tiempo suficiente para que la enfermedad se manifestara, o para que el pasajero resultara libre de contagio, o encerrar los contagiados para que no difundiesen el mal.

En un principio, este período fue de 40 días, de ahí el término “cuarentena”. Los edificios dedicados a esta función fueron llamados Lazaretos , del italiano Lazzaretto. El término italiano deriva de la Isla de Santa María de Nazareth, en Venecia, conocida también como “Nazarethum”, donde en 1423 se creó el primer hospital destinado a aplicar el sistema de cuarentena. Desde Nazarethum, derivó Nazareto y pronto, por asociación con Lázaro, el personaje bíblico resucitado por Jesús, se le añadió una “L”, dando origen a la palabra “Lazzaretto”. Por haber sido el primer edificio dedicado a este uso y punto de irradiación del sistema de cuarentena, el término se extendió a muchos idiomas europeos.

En cuanto a su estructura, nunca se impuso un modelo único; las soluciones arquitectónicas fueron muy variadas, reflejando las creencias médicas, los preceptos culturales y los modelos estéticos imperantes; incluso algunos lazaretos alcanzaron gran calidad arquitectónica, como el Lazareto de Ancona, en Italia, diseñado por Luigi Vanvitelli, célebre arquitecto de Carlos III, responsable de la ampliación del Palacio Real de Madrid.

Cierto es que la estructura de un Lazareto reflejaba una doble necesidad: cuidar e intentar curar a los enfermos y, a la vez, aplicar la más estricta cuarentena de mercancías y personas. Esta tarea era especialmente compleja, ya que no se deseaba que se mezclaran viajeros con distintos grados de peligrosidad o en diferentes momentos de la cuarentena. Por ello, los lazaretos tenían una estructura que retomaba elementos tanto del hospital como de la cárcel. Además, al igual que estos últimos, el lazareto funcionaba las 24 horas y tenía no solo una enorme responsabilidad sanitaria, sino también un impacto directo en el comercio y la economía.

Por lo general, un Lazareto contaba con un hospital, estancias para las personas en diferentes momentos de cuarentena, almacenes para las mercancías sujetas a aislamiento, residencias para el personal, cementerio a sotavento del complejo, capilla, estancias e instalaciones necesarias para el funcionamiento de la institución, desde oficina de administración hasta las cocinas. Es de especial interés la constante presencia de un parlatorio, para que los viajeros en cuarentena pudiesen comunicar con el exterior. Recordemos que el aislamiento y la cuarentena de mercancías y personas se consideraban la única solución posible frente a la propagación de las epidemias, pero, al mismo tiempo, representaban un obstáculo para el comercio y las relaciones políticas. El parlatorio se volvía una pieza clave del sistema de cuarentena, ya que permitía a comerciantes, emisarios y embajadores seguir atendiendo sus actividades. En este sentido, es importante remarcar que, para entender el lazareto en su funcionamiento, valor y estructura, debemos insertarlo dentro de aquella amplia red de instituciones relacionadas con el comercio. Además, considerando que, bien entrado el siglo XX, el transporte marítimo seguía siendo el principal medio de desplazamiento no solo de mercancías, sino también de personas, finalmente podremos situar a los lazaretos en su justa perspectiva histórica.

En España, fueron especialmente famosos el Lazareto de Mahón y, en época contemporánea, merecen mención aparte los lazaretos de la frontera hispano-portuguesa. El último de ellos, del que no quedan restos, fue el Lazareto de Vila Real de Santo António, ubicado en la Playa do Meio do alto, cerca del actual faro de la villa.

Vista frontal de la capilla del Lazareto de la Isla de Mahón
Capilla del Lazareto de Mahón (Autor: Ramón Durán, Flickr)

El primer Lazareto de la historia

La Isla de Santa María de Nazareth se encuentra en la laguna central de Venecia, frente a la cuenca de San Marcos, cercana al denominado Lido. Hasta el siglo XV, estaba habitada por ermitaños agustinos que fundaron allí la iglesia de Santa María de Nazareth.

En 1423, el Dogo Francesco Foscari, quién asistió a la muerte de varios de sus hijos por la peste, decretó que en esta isla se acogiera y asistiera a todos los viajeros y mercancías provenientes de lugares afectados por epidemias, proveyéndolos de alimentos, medicinas y asistencia. Así nació el primer Lazareto de la historia.

Los agustinos fueron reubicados en la cercana isla de Santo Espíritu, mientras que en la Isla de Santa María de Nazareth se construyeron almacenes para la desinfección y almacenamiento de mercancías, así como edificios para la estancia de los enfermos o presuntos enfermos.

Después de 50 años de uso, se decidió construir otro Lazareto en la isla frente a Santo Erasmo, por lo que el de Santa María pasó a llamarse Lazzaretto Vecchio, mientras que el nuevo recibió el nombre de Lazzaretto Nuovo. Ambas instituciones adquirieron funciones diferenciadas: en el Lazzaretto Vecchio se asistía a los enfermos, mientras que en el Lazzaretto Nuovo se acogía a los convalecientes y se aplicaba la cuarentena a las mercancías y personas provenientes de zonas afectadas por alguna epidemia.

Foto aérea del Lazzaretto Vecchio de Venecia en la actualidad
Foto aérea del Lazzaretto Vecchio de Venecia en la actualidad (Autor: lazzarettiveneziani.it)

Las epigrafías: testigo de largos viajes o del fin de una vida

Un tratamiento aparte merecen las epigrafías halladas en muchos lazaretos, grabadas en los muros por algunos de sus habitantes. Estas inscripciones permiten reconstruir el periplo de ciertos personajes y, en general, aportan datos adicionales a los estudios históricos.

En el caso del Lazzaretto Vecchio de Venecia, por ejemplo, la comparación entre las inscripciones oficiales en latín y aquellas en volgare ha proporcionado información valiosa sobre la evolución del italiano y su relación con los idiomas locales de la península.

En el Lazareto de Manoel Island, en Malta, nos encontramos en una de las azoteas con una inscripción dejada por Byron (hoy perdida), el gran poeta inglés. Por cierto, al dejar Malta después de la cuarentena escribió algunos versos no especialmente halagadores sobre la ciudad y el mismo Lazareto.

A veces, la estancia en el Lazareto representaba el último capítulo de una vida. Algunos llegaban enfermos y veían desvanecerse, día a día, la esperanza de recuperación, hasta que su camino concluía en el cementerio. Más que un simple depósito de cuerpos, el Lazareto era testigo de historias humanas. Entre sus muros quedaron grabadas no solo inscripciones, sino también los últimos pensamientos de quienes, lejos del hogar, se enfrentaban a la certeza de la muerte.

Relación entre Lazaretos y Leproserías

Tal como vimos, la función principal del Lazareto fue la de aplicar el sistema de cuarentena como medio preventivo para evitar el contagio y, también, asistir y segregar de la población sana a los enfermos de enfermedades infecciosas. Nacieron en el siglo XV en la realidad portuaria del Mediterráneo. La Leprosería, también llamada, en su origen, Hospital de San Lázaro, nació para aislar de la sociedad a los enfermos de lepra, sobre los cuales recaía el estigma social. Durante siglos, la lepra se creía una consecuencia de la corrupción del alma, que se reflejaba en la progresiva corrupción del cuerpo. Respecto a un Lazareto, la leprosería no apuntaba ni a una recuperación ni a una real asistencia al enfermo, sino más bien a segregarlo de la sociedad para que no infectara a los sanos, tanto corporal como espiritualmente. Si en el Lazareto las condiciones de vida e higiene eran, en la mayoría de los casos, entre decentes y buenas, la Leprosería era más bien una horrible cárcel de enfermos.

En la época moderna, la fuertísima reducción de la lepra llevó a la desaparición de las Leproserías, siendo los Lazaretos los que cumplían con sus funciones. En el siglo XIX, el rebrote de la lepra en Europa llevó a los gobiernos de varios países a reconstituir las Leproserías. El avance de los conocimientos médicos pronto transformó las Leproserías en verdaderos centros de curación y cuidado, que nada tenían que ver con sus ancestros medievales. En España fueron famosas las Leproserías de Trillo, en Guadalajara y la Leprosería de Fontiles en Alicante, uno de los últimos leprosarios de Europa todavía en función y referente internacional en el tratamiento de la lepra.

Añadimos que en muchos idiomas europeos, como el italiano, existe solo el término “Lazareto”, ya que con el tiempo se han confundido las diferencias entre las dos instituciones. A veces, como en inglés, se pueden encontrar términos como “Hospital de Cuarentena” para diferenciar el Lazareto de la Leprosería.

vista general del edificio abandonado del Hospital del Instituto Leprológico Nacional de Trillo
Hospital de la Leprosería de Trillo, actualmente en abandono (Autor: Viaje a Edén)

Conclusión

El Lazareto representó una de las primeras estrategias organizadas de control de enfermedades en la historia. Su impacto en la gestión de epidemias permitió contener brotes y establecer el concepto de cuarentena, que sigue vigente en la actualidad y que, hace pocos años, experimentamos nuevamente con la pandemia de COVID-19. A lo largo de la geografía mediterránea, las enfermedades y el miedo dejaron un legado arquitectónico e histórico de primera magnitud, que nos invita a reflexionar sobre límites y legitimidad de la acción de estado en situaciones de emergencia sanitaria y la libertad individual. También nos recuerda la fragilidad del cuerpo humano, capaz de ser devastado por algo tan diminuto de resultar invisible, impalpable, como el miedo y la esperanza.

Escrito por Gabriele Burchielli

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