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Manu (Viaje a Edén)

Manu: al otro lado del espejo

No conozco a Manu, solo lo he encontrado, en Tarifa. Estaba sentado comiendo un bocata al lado de su extraña moto. Quizás lo trajo el Levante. Este pensamiento sobre el viento es común por aquí, el Levante domina el paisaje, el pensamiento, el alma del Estrecho. Manu me gustó desde el comienzo, su actitud, sus ademanes, su voz, un poco menos su atuendo.

Manu es bajito, pero robusto y fuerte, con un pelo castaño un poco rebelde y ojos finos, brillantes, movidos por destellos encendidos; manos hábiles, andar rápido, una voz cálida y redonda como un pan recién sacado del horno. Es descuidado en el vestir, cosa que siempre he notado en quienes no piensan en aparentar, están demasiado preocupados en ser quienes son.

Manu es un cántabro que se ha criado en Euskadi y ha vuelto con 18 años a la tierra de sus ancestros. No tengo bastante experiencia de Cantabria ni de Euskadi para jugar a averiguar cuanto de aquellas tierras lleva consigo, pero cuando hablo con él, yo que tengo el Sur en la sangre y en la boca, advierto el eco de algo, un mundo húmedo, esquivo, de perfiles suaves como niebla, de sonidos que nunca se separan del eco. Las sugestiones del alma son una forma de conocimiento tan noble como los números. Lo que quiero decir es que siento que él pertenece a otro mundo, y que algo de aquel mundo vibra en su voz y me seduce.

Nos hemos encontrado en Tarifa, al poco de llegar yo, él está de vuelta de un viaje a Marruecos emprendido con una pequeña moto sobrecargada de material. Hablando de la moto, imagina coger todo el contenido de una tienda del Chino y ponerlo en equilibrio sobre un palillo, se parecería mucho a la moto de Manu. Pero no es tanto la moto, extraña y llamativa, ni el viaje en sí que me seduce. Creo que el valor de una persona se mide en lo que hace, pero lo que hace se mide con la persona: cuando era un bebé tenerme de pie era un desafío, ahora el desafío está en saborear el escalofrío y trepar una cumbre sin cuerda deseando el vacío como si yo fuese un pájaro. Manu tiene 33 años, nunca ha viajado en moto, el punto más meridional de su vida había sido Salamanca. La violenta impresión de un Sur tan puro y tan nuevo queda detrás de sus palabras, si lo escuchas contar sobre el viaje sin mirarlo a los ojos no entenderías mucho, ni te parecería mucho, pero lo fue, para él, y creo que también para los marroquíes que tuvieron la suerte de encontrarse con algo muy raro hoy día: un viajero.

Manu y yo solo tenemos en común la curiosidad y el amor al mundo, sobre todo aquellas partes de mundo que el ser humano ha conseguido no arruinar demasiado, las llaman naturaleza, como si nosotros fuésemos otra cosa. Él habla mucho de pájaros, peces, caballos, árboles; yo miro mucho el cielo, el viento, la mar, el bosque en su conjunto: cuando lo miro es como si me mirara al revés del espejo, más bien, en él veo el reflejo de todo aquel mundo que me queda vedado. Manu busca con ansia las honduras de la tierra y del mar, lo que duerme en lo oscuro. Adora explorar cuevas, dormir en el vientre de la Tierra, escuchar el mensaje de las piedras y de la oscuridad, también del tiempo lo cautiva el pasado más lejano, el que queda sepultado debajo de los milenios, oculto detrás de una pintura rupestre. Ama el mar Manu, y del mar también busca las profundidades, bucea, rebuscando en la carne líquida del Océano secretos hundidos y cubiertos de algas. Para él ir más lejos es ir más dentro.

Manu se ha ido hace un par de días. Sé que no se puede llamar amigo alguien que se conoce hace tan poco tiempo. Cuéntaselo tú a mi alma, porque ella lo echa de menos, como se echa de menos alguien con quien se ha andado muchos caminos.

Yo intento, como un niño que no se cura de lo imposible, levantar las manos bastante como para tocar una nube. De los montes busco las alturas, las crestas, el aire fino y la luz brillante. De la mar solo quiero su sonrisa, la superficie donde deslizar con el cuerpo desnudo y llenarme el pecho y el alma de espuma, para mi ir más hondo es andar más ligero.

Oye Manu, toma todo esto como una carta a ti, yo nunca escribo cartas, no sé por qué.

Buena vida Manu, buen viaje.

P.S.

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La moto (Viaje a Edén)

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Viaje a Edén es una progresiva liberación, una progresiva perdida de peso, el rechazo a lo innecesario, a la dura presencia de los objetos, en un intento constante de controlar el miedo hasta liberarnos; como un andar incierto que se convierte en pasos largos carrera salto: la verdad, si verdad hay, es un ademán. Estás leyendo una búsqueda, un intento de crear, encontrar o volver a un Edén, a un lugar donde ser nosotros mismos, en plenitud de cuerpo y espíritu, en armonía con el mundo, con sus ritmos, sus leyes que no se cuidan del calendario humano, siempre y solo miran al Sol.

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