foto antigua blanco y negro años 50 pueblo español. Grupo mujeres y niños refrescándose fuente. Derechos de autor: Junta de Castilla la Mancha
Una fuente de pueblo en los años 50 (Junta de Castilla la Mancha)

La España que muere (Las Majadas)

Agarra de golpe, fuerte, la soledad al alma, y aprieta, despacio. Impedida en el movimiento, progresivamente más débil, más débil el respiro, solo puede contemplar, este mundo vacío de movimiento, donde la presencia humana se reduce a las cáscaras mudas de las casas. Pero es bello el paisaje que se divisa, de una belleza distante, perfecta: ningún movimiento encrespa la superficie lisa de las cosas. “Ho ou kinoúmenos kineî”, la inmovilidad era un atributo de la perfección. El recuerdo de una conversación moja al presente; en cuanto al Griego Antiguo solo sé repetir de memoria, pero me hubiese gustado aprenderlo, hablar el idioma de Homero, de los héroes de mi infancia.

El pueblo de Las Majadas se asienta solitario en los pliegues de la Serranía de Cuenca, corazón montañoso de Castilla la Mancha. Alrededor un gran oleaje de montes y colinas deriva hacia el horizonte. Pastos, carriles y pinos, el cielo sobre todo, sobre todo el cielo.

Acorde con el espíritu español, el pueblo es hijo de la tierra, pero no hablo de la labranza. Las casas se han construido como se pudo, las carreteras siguen el trazado impuesto por la tierra. Desordenado en apariencia, tiene, acorde con el espíritu Español, su propia lógica, su razón, una profunda armonía y una belleza dura, seria, que difícilmente se abandona a una alegría pura, a la felicidad descontrolada que conocen otros pueblos Mediterráneos. Sin destacar demasiado los tejados, el campanario de la Iglesia se asienta en el centro del Pueblo. Es un detalle superfluo, todos los pueblos de España tienen uno, así como tienen, alrededor del pueblo viejo, un anillo de casas grandes, modernas, a menudo con algo por terminar, hija de un periodo olvidado de bonanza, migraciones y deseo de modernidad. Es blanco, por todas partes. Este mundo de cal define un Sur que desborda las fronteras del país y se pierde lejos, en el horizonte del Mediterráneo, de África, de Oriente Medio. Es tan grande el Sur, tan extraño, sobre todo si lo conoces, si ahí has nacido.

Camino, el sonido de mis pasos en el silencio es denso, pesado, ni parece mío: no resisto la tentación de mirar con atención a mis zapatos. La piel de los edificios se está cayendo y desvela la carne de los hogares, sus lumbres frías. El pueblo se asoma como un amante querido a la Serranía de Cuenca, pero nadie quiere vivir aquí, nadie se mueve. Como con las personas, la belleza de un rostro no es bastante para compartir una vida.

Las Majadas de los cementerios tienen la paz; difícil imaginar las almas que aquí viven. Quizás no hay mucho que imaginarse, porque como los muertos han cerrado la boca y abierto los ojos hacia el otro lado. Son seres del atardecer, los últimos de su raza, hombres y mujeres del fin. A veces, desde las casas llega, parecido a un recuerdo, algún sonido como de persona viva. Pero nada en la calle se mueve, se mueve nada.

El mundo moja el espíritu a través de los sentidos, por el revés del camino escapa el espíritu hacia el mundo; tal como un eco traiciona la existencia del sonido, de igual forma en la materia hay eco de lo acaecido: las Majadas está llenas de cosas que fueron, el alma puede vivir aquí lo que el tiempo prohíbe, si solo la dejas. No soy un extravagante, es la razón por la cual amamos tanto las ruinas, y tanto sufrimos intentando protegerlas con frágiles manos contra los golpes del tiempo. Cruzamos tantas veces tierras extranjeras, para acariciar el cadáver de las ciudades antiguas, porque somos conscientes que el pasado se vive, de una forma extraña se vive.

Pero en las ruinas de la antigüedad la muerte acabó su trabajo, es el olvido ahora que acaricia la obra humana: Las Majadas conversa con los muertos pero todavía alguien ve, alguien vive. Imagina a una persona que está atravesando lentamente el velo fino que separa la vida de la muerte; en cierto momento esta persona quedará en el medio perfecto del camino, no muerta ni viva, como en duermevela, escuchando desde lejos la voz de un familiar llamando su nombre, y cada vez más cerca y clara, la voz de Ella llamándolo dulcemente al reposo eterno. No se trata de las sugestiones románticas de un viajero: soy un hombre que está pisando la tumba abierta de gente de su tiempo: hoy vivo un mundo que muere, una España que se apaga lenta como un enfermo. Los has visto, hombres y mujeres tan viejos que no consiguen ni siquiera levantar el cuello, sentados en una silla de ruedas, buscando el calor que todavía le ofrece el sol, acompañados por alguien, acabando despacio como una vela, acabando despacio sin gloria, sin llanto, sin voz, sin razón, vaciados de todo objetivo, de toda acción, de todo sentido, de toda actitud. Así muere Las Majadas.

No se escucha una persona viva, son las diez, de una tarde de junio y ya no llueve, el viento canturrea, absorto en sus andanzas de cielo, y los cucos, y los pájaros a veces cantan. En las aldeas cercanas me quejaba de que la gente no habla: ¿qué tiene que contar a un ser vivo quiénes no tienen futuro? En la Vega del Codorno te ignoran o te miran con odio, es el odio de los vivos que sienten que han muerto antes de tiempo. Son cosas bonitas para un cuento de horror, pero no se trata de eso, ni de inventar: lo necesito para decirte lo que Las Majadas me mete en el cuerpo.

La llaman España vacía. No se trata de un atributo, es una acción: esta España ha sido vaciada, por el mismo sistema que sigue vaciando pueblos, y amasando personas como ganado en las grandes ciudades: allí, todos los días, se celebra a diario el San Fermín del metro.

Una pena extraña me aprieta el pecho, algo se mueve en la garganta, deseo llorar y no puedo. Esto no es mi pueblo, ni es esta mi tierra, no es esta mi gente, no soy yo, pero me encantaría llorar, beber esta pena tan pura. Vente, paséate por aquí, entre viejos españoles que han dejado sin patria, haz como yo, deséate llorar, pero ríete, ríete si en tu pueblo hay algún niño, si escuchas vecinos molestos o chavales con la música demasiado alta. Ríete si alguien está naciendo.

Foto a color, atardecer en casa abandonada en pueblo de las Majadas Cuenca. Creative Commons atribución 4.0
Casa en las Majadas, Cuenca (Viaje a Edén)

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Viaje a Edén es una progresiva liberación, una progresiva perdida de peso, el rechazo a lo innecesario, a la dura presencia de los objetos, en un intento constante de controlar el miedo hasta liberarnos; como un andar incierto que se convierte en pasos largos carrera salto: la verdad, si verdad hay, es un ademán. Estás leyendo una búsqueda, un intento de crear, encontrar o volver a un Edén, a un lugar donde ser nosotros mismos, en plenitud de cuerpo y espíritu, en armonía con el mundo, con sus ritmos, sus leyes que no se cuidan del calendario humano, siempre y solo miran al Sol.

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