El arco hermoso y rápido de la vida se tiende entre dos instantes de perfecta soledad: el nacimiento y la muerte. Necesarios para que la vida siga su curso, la muerte es la renovación da la carne y del espíritu, en este caso entendido como conjunto de ideas, mentalidades, tradiciones y forma de ser de las sociedades. La muerte, que tanto nos espanta, es madre de las madres, mejor amiga de la juventud, del renacer, del comienzo, de lo nuevo, de todo lo que el ser humano necesita y estima precioso: la finitud de la experiencia humana es garantía de su continua renovación, a través de la renovación conservamos una razón de ser.
Los vivos no tenemos experiencia directa de la muerte, pero sabemos bastante de la vida para concordar sobre un punto: comenzamos como criaturas débiles y dependientes, crecemos y el cuerpo alcanza su máximo esplendor, para luego decaer progresivamente y perder fuerza, reflejos, resistencia, memoria, soltura. Un cuerpo viejo es un cuerpo débil tal como un edificio viejo es un edificio débil, hasta el mejor de los vinos llega a un punto en que se vuelve vinagre.
La juventud es un bien sumamente más precioso que la vejez, porque tiene la posibilidad de crear nueva vida. Somos conscientes de eso: la muerte de un niño se vive como una tragedia, la muerte de un viejo es una normalidad, a veces hasta un alivio.
Es bastante asomarse a una calle de una ciudad o un pueblo cualquiera, que sea Madrid o Las Majadas, y mirar a la gente que pasa para concordar sobre otro punto: muchos viejos, pocos niños en nuestras ciudades, ellas también viejas, cansadas, con demasiada historia, arrastran hacia el futuro el peso de sus monumentos y su pasado. Los más escépticos pueden mirar la pirámide poblacional de España del 1900 y la del 2024: los números les darán la razón a los ojos.
Una sociedad que envejece es como un hombre que envejece: pierde fuerza, inteligencia, cansada de si misma y de la vida, más estima la memoria que lo venidero, más vive el pasado que el presente. Se acerca a la muerte. La vejez es una de las peores enfermedades que está debilitando el cuerpo de este triste occidente. Estamos muriendo, como sociedad, no estamos caminando hacia ningún futuro, estamos recorriendo los últimos pasos que nos separan de la tumba.
Solo la muerte puede salvarnos, la llegada de sangre fresca, joven y fuerte, menos cómoda, más batalladora, que aullando se abalance sobre nuestras débiles carnes, sobre nuestra cultura polvorienta que tanto ama a los museos y a los monumentos antiguos. Necesitamos sangre nueva, sangre de una cultura niña, que desconozca el peso del pasado. Necesitamos olvidar la historia y morir más pronto para sobrevivir.
Pero, animal acobardado por la vida, mezquino, en lugar de saludar a la muerte como amiga querida, engulle metódico píldora tras píldora, se esconde bajo las faldas del los médicos o del cura, esperando a que la muerte lo pille lo más tarde posible. Lo mismo hace con su obra, gastando infinidades de recursos para conservar los cadáveres de su pasado. El culto del viejo, de lo antiguo es un culto a la debilidad.
Quizás pararemos de soñar eternidades que nunca serán nuestra y levantaremos la cabeza para mirar hacia al futuro con los ojos limpio. Aquel día volveremos a sonreír a la muerte, volveremos a amar la y vida a celebrar la sangre nueva.
Escrito por Gabriele Burchielli



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