Primer plano de un niño y una niña con la mano tendida pidiendo. Foto tomada en Sanabria por Carlos Saura
Sanabria (Autor: Carlos Saura)

La necesidad política de la sumisión del ciudadano

La sumisión es elemento fundamental de cualquier jerarquía, sea en la forma absoluta de una aceptación incondicionada de la voluntad del amo, sea en la forma más blanda de someterse solo bajo ciertas premisas y dentro del marco de determinadas reglas, como podría ser la jerarquía laboral o el sistema democrático.

La sumisión se alcanza por los variados caminos de la fuerza y de la astucia. Se puede someter y gobernar a través del miedo, como hacen la religión y las leyes utilizando el infierno o las celdas; con la promesa del pesebre lleno y reconocimiento social, tal y como pasa con el trabajo; inculcando patrones a través de la educación, como hace el estado utilizando la escuela.

Pero, para que el sumiso se entregue totalmente y voluntariamente, o sea que se transforme en el súbdito o ciudadano perfecto, tendrá, tal como un perro, creer profundamente en la superioridad del amo y aceptar su inferioridad, pensando que acatar las ordenes no solo es natural, justo y necesario, sino que es por su propio bien y ventaja.

Esto se obtiene moldeando el pensamiento y, al mismo tiempo, deslegitimando al sujeto hasta convertir su intima naturaleza e identidad en instrumento de su propia sumisión. Para hacerlo utilizaremos todas las herramientas disponibles, historia, leyendas, mitos, instituciones, dios, miedo, esperanza, tradición, educación, arte, cultura, procesos productivos. No repararemos en ningún esfuerzo: alcanzar la sumisión plena y voluntaria es el objetivo de cualquiera sociedad jerárquica.

La sumisión voluntaria evita el dispendioso y arriesgado empleo de la fuerza que, en definitiva, solo alcanza una sumisión superficial, que no actúa sobre la voluntad del sumiso, sino solo en su cuerpo. Más, el sumiso voluntario actuará con fervor, produciendo a pleno ritmo y defendiendo el estado de las cosas como si de esto dependiese su propio bien, alejando el peligro de una rebelión, que siempre conlleva una redistribución del poder.

El sumiso voluntario se convierte en el engranaje perfecto de la maquinaría social: estará atento a las ordenes o pedirá como un perro que el dueño le solucione el problema o le de algo de comer. Un sumiso voluntario es un sumiso feliz: es el sueño de todos los gobiernos, profetas, dictadores y revolucionarios que han creído o creado un estado nuevo. El fascismo perfecto, tal como la perfecta democracia no necesitan policía, solo un eficiente aparato educativo.

El interesante corolario de este pensamiento es que cualquier sistema político que plantea y acepta la diversidad tendrá que enfrentarse a conflictos internos e inestabilidad. Los conflictos pueden llegar a ser tan cruentos como una guerra civil u obligar la sociedad a vivir en una situación de constante inestabilidad, tan poco amada por el ciudadano medio o clase media.

Empujando el pensamiento más allá de la fastidiosa frontera de la moral, se puede afirmar que el sistema político perfecto es el que consigue aniquilar cualquier diferencia y someter las necesidades y razones de ser del individuo a la colectividad. Dicho de otra forma: cualquier sistema que implica jerarquía tiende a comportarse como una dictadura, tiene naturaleza de dictadura, es una dictadura más o menos blanda. El nuevo orden global es una forma de aplicar estos principios a la geografía mundial. Una de las consecuencias de la tecnología es la posibilidad de controlar territorios cada vez más grandes…

En este marco de ideas, la limpieza étnica o política no extrañan: son herramientas sencillas, infantiles y poco elegantes, con la que un sistema político intenta alcanzar la estabilidad borrando a sus enemigos, borrando a los diferentes. No te escandalices: en España hay quien puede comer comida de calidad y pagar un dentista, y quienes andan con los dientes rotos y se envenenan por alcanzar solo la compra de comida basura. Hoy día la limpieza más que étnica es económica, pero el principio no cambia.

Siguiendo el divagar de la mente en este extraño territorio, se puede afirmar, con lógica y sin miedo, que una cualquier sociedad jerárquica, y la nuestra lo es desde el neolítico, no puede admitir ni tolerar la libertad. Ninguna norma puede admitir su opuesto o sea, su violación. La norma, una vez establecida, tiene que cumplirse. Un individuo que no cumple desestabiliza el sistema y le impide alcanzar la perfecta armonía: tiene que ser punido y obligado a cumplir. Es esto el sentido último de las leyes: un grupo reducido de personas impone sus reglas al resto. Por cierto: ¿te han preguntado alguna vez una opinión sobre como calcular las tasas?, ¿te han preguntado la opinión sobre algo que no sea dar tu voto para salvar las apariencias?

Estás obligado a ser parte del sistema y a cumplir sus reglas bajo amenaza. No puede salirte, quiero decir que no puedes hacerte con un pequeño territorio donde se suspenden las leyes del estado. No, ningún sistema político admite que te salgas y mines la integridad de su territorio: hasta que estarás dentro de los confines del estado estará sumiso a las reglas bajo penas severas. Desde que naces hasta tu muerte: estás condenado a la sumisión y no tienes escapatoria. ¿O sí, la tienes?

Escrito por Gabriele Burchielli

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