Grafiti de figuras humanas con cabezas de cerebro o pantalla, bajo vigilancia, aludiendo a la invención de la clase media.
Grafiti en Vinarós, Castellón (Autor: desconocido, foto de Viaje a Edén))

La invención de la clase media

Obediente, racional, consumidor responsable, educado, no conflictivo. No revoluciona el sistema ni lo dirige, pero lo sostiene con gran eficacia. La clase media es una de esas herramientas sociales que han moldeado la manera en que entendemos nuestra posición en el mundo. No siempre existió, ni fue una consecuencia natural del desarrollo económico, sino una categoría construida con fines específicos, primero por las élites y luego asumida por quienes querían diferenciarse de la clase obrera sin aspirar a la aristocracia.

Tabla de contenido

La revolución industrial como origen

Si rastreamos su origen, encontramos que la idea de una “clase media” comienza a gestarse en el siglo XIX, en paralelo con la consolidación del capitalismo industrial. A medida que las sociedades se urbanizaban, emergieron profesionales, pequeños comerciantes y funcionarios públicos que no encajaban en el binomio burguesía-proletariado. Para muchos de ellos, la “clase media” fue una forma de reivindicación, un intento de separarse tanto del explotador como del explotado, aunque su seguridad económica fuese precaria.

El engranaje perfecto del sistema

A lo largo del siglo XX, los Estados-nación y el discurso político reforzaron el concepto de clase media para pacificar tensiones sociales, se convertía así en un mecanismo de control social. En países como Estados Unidos se convirtió en el centro del “sueño americano”: cualquiera podía ascender, con esfuerzo y trabajo duro, a un estatus intermedio que garantizaba estabilidad. Sin embargo, este ascenso nunca fue tan accesible ni igual para todos. La educación, como uno de los mecanismos clave de control social, jugó un papel central en este proceso, manteniendo ciertas estructuras de poder y desigualdad.

En el contexto europeo, la clase media también fue un instrumento de legitimación para el Estado del bienestar. Los trabajadores comenzaron a acceder a bienes y servicios que antes eran exclusivos de las élites: vivienda en propiedad, educación superior para sus hijos, vacaciones. Sin embargo, esta estabilidad no era un derecho garantizado, sino una concesión dependiente del crecimiento económico y la voluntad política. En cuanto la economía entró en crisis en los años 70, la seguridad de la clase media también se tambaleó. Un claro ejemplo de esto se puede ver en el caso del crack del petróleo de 1973 y las políticas de austeridad que afectaron a muchos países europeos, como el Reino Unido, donde la inflación aumentó drásticamente y el desempleo creció considerablemente. Esto provocó un endurecimiento de las condiciones laborales y una reducción de las prestaciones sociales, que socavó la estabilidad económica de las familias de clase media. La promesa de un acceso universal a la prosperidad se fue desvaneciendo, dejando a muchos en un estado de incertidumbre y vulnerabilidad.

A lo largo del siglo XX, la clase media fue elevada a la categoría de sujeto moral de la democracia: racional, educada, propietaria, consumidora, moderada. Se convirtió en el modelo de ciudadano ideal. Se promovió la idea de que su existencia aseguraba el equilibrio entre los extremos y que era garante de la paz social. Las democracias la protegían no solo con políticas públicas, sino también con relatos: la casa con jardín, el coche en la puerta, los hijos en la universidad y las vacaciones en la playa se vendieron como el objetivo común de toda la sociedad. En este relato, la figura de la madre ocupaba un papel central. No solo era la encargada de asegurar la reproducción de la clase media, sino que también debía ajustarse a una imagen idealizada de maternidad, un modelo de crianza que estaba íntimamente ligado a los valores de consumo y estabilidad que definían a la clase media. El rol materno se convirtió, de este modo, en un pilar fundamental de la invención de la clase media, una responsabilidad cívica y social que trascendía lo biológico

Del empleo estable a la precariedad

Sin embargo, ese estilo de vida requería condiciones materiales concretas que hoy parecen cada vez más excepcionales: estabilidad laboral, salarios dignos y acceso universal a servicios públicos. Durante décadas, era común que una sola persona pudiera mantener a toda la familia con su salario. Existía la posibilidad real de planificar el futuro: pagar una hipoteca, tener hijos, ahorrar algo. El empleo estable, especialmente en la administración pública o en empresas grandes, era visto como un derecho conquistado. Pero desde los años 80, con las reformas neoliberales, ese panorama se fue desdibujando. La temporalidad, la subcontratación y el autoempleo precario pasaron a ser la norma, y con ello, el miedo a perderlo todo.

Foucault y la invención de la clase media como sujeto gobernable

Las ideas de Michel Foucault resultan esenciales para comprender cómo se produjo esta domesticación social. Aunque Foucault no habló directamente de la clase media, su análisis del poder moderno revela los mecanismos con los cuales se construyen las identidades sociales. El poder no opera tanto desde la represión como desde la producción de subjetividades. El poder moldea, clasifica, normaliza; no solo prohíbe, sino que fabrica modos de vida aceptables. La clase media puede entenderse, entonces, como una invención del poder moderno, un resultado de lo que Foucault llamó gubernamentalidad: el arte de gobernar a las poblaciones mediante dispositivos que inducen a los individuos a regularse a sí mismos. Se trata de una clase formada —y reformada constantemente— a través de discursos, estadísticas, urbanismo, instituciones escolares, rutinas laborales y formas de consumo. La vivienda unifamiliar, el contrato fijo, el coche, las vacaciones y el ascenso social como promesa fueron dispositivos tan materiales como simbólicos.

Subjetividad, autocontrol y miedo a caer

Lo central en este análisis no es solo la existencia de una clase media, sino el tipo de sujeto que se produce bajo esa identidad: alguien que internaliza la norma, que se vigila, que se esfuerza por estar “dentro”, que teme caer “fuera”. Ese temor es clave. Porque incluso cuando las condiciones materiales desaparecen, el relato de clase media persiste como aspiración y como forma de autocontrol. Si no llegas, será porque no te esforzaste lo suficiente, no perteneces al grupo.

La clase media, entonces, no es simplemente una posición socioeconómica: es una forma de subjetividad funcional al sistema. Una figura que pacifica el conflicto social, que sustituye la solidaridad por la competencia, que transforma la desigualdad estructural en mérito individual. Y lo más eficaz de este dispositivo es que no necesita imponerse por la fuerza: opera desde dentro, como deseo, como miedo, como hábito cotidiano.

Un “nosotros” que ya no existe

Hoy, la idea de la clase media sigue funcionando como una herramienta de distracción. Nos han hecho creer que formamos parte de un grupo homogéneo, con intereses comunes, cuando en realidad las diferencias dentro de esa supuesta clase son abismales. No es lo mismo un profesional con estabilidad laboral que un autónomo con ingresos fluctuantes, ni una familia con una hipoteca pagada que otra que vive al borde del desahucio. Aun así, la narrativa política sigue apelando a la “protección de la clase media”, ocultando el hecho de que las políticas económicas benefician sobre todo a las grandes corporaciones y a quienes ya poseen riqueza.

Asumir que la clase media es una categoría natural e inmutable nos impide cuestionar su función. Nos mantiene aferrados a una identidad que no necesariamente nos representa, mientras el verdadero poder sigue concentrado en manos de unos pocos. Quizá sea momento de dejar de pensar en términos de “clase media” y empezar a ver la realidad en términos de desigualdad estructural. Solo así podremos enfrentar los problemas que nos afectan sin caer en la trampa de una categoría que, desde su invención, ha servido más para dividir que para unir.

Texto escrito por Carmen Ruz Rábade

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comentarios

  • La idea de clase media sólo se la creen los políticos de derecha. La gente de izquierdas siempre hemos hablado de pequeña burguesía, y de pequeña burguesía proletarizada, que es lo que está ocurriendo ahora ya masivamente.
    Con toda franqueza, los análisis sociales de Foucault son tan imprecisos como todo su pensamiento. Un mejor análisis de clases lo hicieron inicialmente Marx y Engels, y porsteriormente Gramsci y otros teóricos marxistas contemporáneos. La perspectiva del materialismo histórico no está cerrada, pero sigue siendo el mejor método de análisis social que existe hasta la fecha.

    • Buenas tardes Alfonso,

      Muchas gracias por tu intervención. Creo que el concepto de clase media ha calado con gran fuerza en la mentalidad y en la forma de percibir la sociedad: se escucha en los debates, se lee en los periódicos y asoma frecuentemente en las charlas. Personalmente la considero una invención lingüística más que una realidad histórica y social. Solo a esto se debe la citación de Foucault, su concepto de gubernamentalidad me fascina y es afín a las ideas planteadas en el artículo. Respeto a Marx, por lo que recuerdo (hace mucho que no frecuento sus escritos) identificaba la pequeña burguesía como un elemento intermedio entre burguesía y proletariado, siempre en relación a los medio de producción. En este sentido, mi planteamiento no es de naturaleza económica, más bien social y cultural.

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