Vivíamos en un tiempo sin fracturas, hecho por transiciones suaves, lentas, como el paso del día a la noche, del invierno a la primavera, de luna a luna. Eran ciclos, conexiones, amplitudes donde los seres humanos teníamos suficiente espacio y lentitud para ser. Pero, todo cambió.
Transformamos el tiempo en secuencias numéricas y en exactitud, quisimos fracturarlo en porciones reducidas, perfectamente acotadas hasta la medida de un instante. En estos fragmentos de márgenes perfectos tuvimos que forzar nuestra vida: el reloj establece ahora cuando y durante cuanto tiempo.
Este texto explora la historia de la progresiva e implacable precisión con que nuestra sociedad mide el tiempo. Un camino que nos llevó de la observación de los fenómenos celestes y el fluir de la vida a la Hora Universal, que a través de la exactitud implacable del reloj, impone al ser humano un tiempo rígido, mecánico y alienante, negando cualquier posibilidad de armonía y respiro.
TABLA DE CONTENIDO
- Cuando el tiempo era un fluir armónico
- La ruptura del armonía y la progresiva mecanización del tiempo
- La ética detrás de la medida
- Siglo XIX: el Sol ya no fue bastante
- Hacia una implacable precisión: Greenwich y los ferrocarriles ingleses
- La necesidad un orden global del tiempo
- La Conferencia Internacional del Meridiano
- Del GMT al TAI y UTC: La definitiva desconexión de la vida
- La tiranía de la exactitud
- Conclusión:
Cuando el tiempo era un fluir armónico
No sabemos cuándo, ni cómo, de vivir el tiempo el ser humano sintió la necesidad de medirlo, de forma cada vez más exacta e implacable, convirtiendo el fluir de la existencia en una forma de esclavitud.
Al comienzo eran los cuerpos celestes que establecían el ritmo de la caza, de la recolección, de las horas de luz, debiendo el ser humano vivir acorde al tiempo establecido por la naturaleza. En este contexto, el movimiento aparente del Sol en el cielo y las fases lunares, fueron referencia de vida, sino medida.
Esta forma de medir el tiempo, tan humana y tan armónica, no era universal. El momento en que el sol alcanza su zenit o surge la luna llena, por ejemplo, cambia considerablemente según longitud y latitud del observador. Pero nunca fue un problema: el ser humano se movía tan lentamente, y las conexiones entre comunidades eran tan escasas, que esta diferencia de tiempo entre lugares no causaba inconveniente alguno.
Al mismo tiempo, nuestra economía, dependía tanto de los procesos naturales que otra forma de vivir y sentir el tiempo simplemente no era posible. Las migraciones de los grandes herbívoros al llegar la temporada nos obligaba cada año a seguirlos como cazadores. La época de deshielo, la de mayor actividad de los peces, la de la recolección: todo era establecido por la naturaleza, por el lento rodar de la tierra alrededor del sol.
Este sistema de producción, basado en la caza y la recolección, no necesitaba de la cadena de horarios, días de fiestas y las humillantes horas de tiempo libre (tiempo encerrado entre dos obligaciones). La única exactitud que conocíamos era el ademán del cazador que helaba la carrera de la presa; era la exacta reacción del cuerpo que pedía alimento y salía en su búsqueda; era el momento en que teníamos que olvidarnos de todo para entregar el cuerpo al otro y generar vida.
No se trataba de inconsciencia, más bien de una conciencia cuya profundidad impedía pensar el tiempo y nos obligaba a vivirlo: lo único que hacíamos, como todos los animales, era ser. Me pregunto cuanto no sea este el Edén, la edad de oro que relatan todos los mitos.
La ruptura del armonía y la progresiva mecanización del tiempo
Al volverse más complejas, sociedades humanas y sistemas de producción, la medición del tiempo se encaminó hacia una progresiva precisión, innecesaria para una sociedad de recolectores y cazadores.
Para que esto fuese posible, tuvimos que desarrollar herramientas sofisticadas para el computo y la medición. Ya en le prehistoria inventamos los calendarios. En la Edad del Bronce llegó el gnomon, un simple palo clavado en el suelo cuya sombra permitía dividir el día y estimar el paso del tiempo con una claridad sorprendente para su época.
Necesitamos también matemática para cuantificar de forma exacta el fluir del tiempo. En babilonia se desarrolló el sistema sexagesimal, esa estructura numérica en base 60 que aún hoy utilizamos para contar minutos y segundos.
Tecnologías primitivas, que marcaron el inicio de una historia que nos llevaría desde una Hora Humana y natural, a la Hora Universal y al Tiempo Atómico, pasando por la invención del instrumento que permitiría una sumisión total del tiempo del individuo: el reloj mecánico en el siglo XIII.
La ética detrás de la medida
En realidad se verificó un cambio de actitud inmenso: en lugar de adaptarnos al tiempo, quisimos que el tiempo se adaptara a nuestras necesidades.
El rápido desarrollo tecnológico había potenciado suficientemente nuestra capacidad de alterar el entorno y doblegarlo a nuestros deseos. El ser humano comenzaba a separarse mentalmente de la naturaleza de la que formaba parte. El tiempo no fue una excepción.
De ajustarnos al fluir de las estaciones, a las horas de luz y de oscuridad que también marcan nuestro ritmo interno o ciclo circadiano, pasamos a iluminar los hogares, contar los años y medir las horas, movidos por esta necesidad dramática de imponer nuestro orden a la realidad.
Creamos además conceptos que sobrepasaban la capacidad de nuestra mente y de nuestra vida: eterno e infinito se convirtieron en una nueva condena. Las tumbas de los reyes y de los faraones son testigos de esta voluntad de vencer el tiempo, de anular el fin, de fijar el funcionamiento mismo de la vida.
El ser humano, nacido por y para la naturaleza, terminaba así por forjar con sus propias manos una fractura inconmensurable cuya consecuencia sería su propia alienación.
Siglo XIX: el Sol ya no fue bastante
Pero fue solo en el siglo XIX que se sintió la necesidad de un sistema de medición del tiempo válido para el mundo entero. Los culpables de este cambio fueron el tren y el telégrafo.
La llegada de estas nuevas tecnologías permitió desplazamientos más rápidos, tan rápidos que el tiempo comenzó a ser un problema serio. En aquel entonces la hora se establecía observando el paso del Sol por el zenit del meridiano del lugar. Este fenómeno astronómico servía para sincronizar los relojes a las 12:00.
El problema era que, como podemos imaginar, el movimiento aparente del Sol en el cielo depende de la posición geográfica del observador, o sea, a lo mejor en Londres eran las 12:00 pero en Cardiff las 11:30. No hablamos de Nueva York, donde la gente estaría tomando el primer café de la mañana, ya que serían las 08:00.
Hacia una implacable precisión: Greenwich y los ferrocarriles ingleses
La británica Great Western Railway, y luego la Railway Clearing Union, para obviar al problema, eligieron sincronizar todos los relojes de las estaciones de los trenes según el horario del Observatorio Real de Greenwich, que a su vez se sincronizaba con el Sol a su paso por el zenit donde se encontraba el observatorio. La hora exacta se transmitiría por telégrafo de Greenwich a todo el Reino.
Recordamos que en aquel tiempo el meridiano de Greenwich era el meridiano de referencia para la cartografía producida en Reino Unido y, desde el primer Congreso Geográfico Internacional celebrado en Amberes en 1871, el meridiano de referencia para la cartografía mundial. La elección de las compañías de trenes inglesas marcó un hito en la medición del tiempo, pero llevó orden solo en los ferrocarriles ingleses.
La necesidad de un orden global del tiempo
La necesidad de un horario válido en todo el mundo no vino solo de la velocidad del transporte. Los sistemas de producción se volvían más complejos y extensos involucrando, tanto en la producción como en la distribución, áreas cada vez más extensas: el sistema que se estaba forjando necesitaba estándares comunes del tiempo y de las medidas para funcionar correctamente.
Se quería normalizar el tiempo a prescindir de la latitud, de la cultura y de las necesidades de individuos y sociedades. Se quería establecer una norma general al tiempo de la vida.
Eso que hoy llaman “nuevo orden global” no es tan nuevo. Las grandes corporaciones que ahora dominan la sociedad son la consecuencia lógica de la historia que decidimos escribir y celebrar: todos los reinos, todos los imperios, han soñado con abarcar el mundo.
La Conferencia Internacional del Meridiano
En 1884, se organizó en Washington D.C. la Conferencia Internacional del Meridiano, con el objetivo de elegir un meridiano de referencia, o Meridiano 0, y un sistema para sincronizar el tiempo a nivel mundial. La conferencia de Washington llegaba después de varios encuentros internacionales y publicaciones de resonancia mundial, donde se había discutido el asunto del meridiano de referencia.
Sandford Fleming, ingeniero y cartógrafo canadiense de origen escocés, presentó en la Conferencia una propuesta innovadora: los husos horarios. Su idea era sencilla. La tierra gira 360 grados cada 24 horas, esto quiere decir que en 1 hora recorre 15 grados. Fleming entonces dividió el planeta en 24 franjas o gajos de 15 grados de longitud, cada una equivalente a una hora de rotación.
A partir de un meridiano de referencia (el meridiano 0), cada huso situado al Este sumaría una hora a la hora local, mientras que cada huso al Oeste restaría una. Con este sistema, la hora del meridiano 0 se convertiría en la base común, el resto de zonas horarias se coordinaría con ella de forma clara, sencilla y precisa.
Al término de la Conferencia se acordó que Greenwich sería el meridiano de referencia y que el día se organizaría en 24 horas con inicio a las 00:00. Poco importa que los principales países del mundo esperaran casi medio siglo para adoptar el sistema de husos horarios propuesto por Fleming: la base para un orden mundial del tiempo estaba sentada.
Década tras década, uno tras el otro, todos los países acabaron por adoptar el sistema de husos horarios y el Meridiano de Greenwich como referencia; el último fue Liberia en 1972. Por consecuencia la hora media de Greenwich o GMT (Greenwich mean time) se convirtió en el estándar de tiempo, o sea, en el Tiempo Universal UT (Universal Time). La elección del adjetivo universal en lugar de mundial se atribuye a las manías de omnipotencia del listo bípedo.
Del GMT al TAI y UTC: la definitiva desconexión de la vida
Desde ahora en adelante el ser humano tendrá que adaptar sus ritmos a la marcha implacable del reloj, cuya exactitud era del orden de fracciones de segundo: nuestra vida se ató a la medida de un parpadeo. Pero no fue bastante.
A pesar de la amplia aceptación de la GMT, se descubrió que la rotación de la Tierra no es constante debido a diversas influencias, como las mareas y las fuerzas gravitacionales. Esto llevó a la necesidad de ajustar el tiempo de forma aun más precisa. En 1960, se introdujo el Tiempo Atómico Internacional (TAI), basado en la vibración de átomos de cesio.
Sin embargo, como el TAI no tenía en cuenta la variabilidad en la rotación de la Tierra, en 1963 se creó el Tiempo Universal Coordenado (UTC) para incorporar ajustes periódicos llamados “segundos intercalares”. Estos segundos adicionales se añaden o sustraen para mantener la coherencia entre el tiempo atómico y la rotación de la Tierra.
El paso entre la GMT y la UTC y al TAI marcó el comienzo de una nueva era en el computo del tiempo. Por primera vez en nuestra historia, los orgullosos humanos paramos de medir el tiempo según el Sol, padre de nuestra existencia y de la del planeta, para basarnos en una tecnología humana.
De pronto no se trató ya de afinar una herramienta con un elemento natural, sino regular nuestra propia existencia según las mediciones de una maquinaría humana. Más progresamos más miramos nuestro hermoso ombligo. Más progresamos más miramos pantallas en lugar que el cielo.
La tiranía de la exactitud
Este gran “progreso” en la medición del tiempo, implica que la vida humana, tu vida y la mía, cuenta menos que la oscilación de un átomo. El ritmo de nuestra existencia ha sido fijado con una precisión implacable, anulando la antigua fluidez que permitía los ritmos personales y naturales.
Ya no se trata de “pasado el mediodía” o “al atardecer”, sino de fracciones de segundo sin margen de error. No importa si mañana te levantas un poco más cansado: el reloj establecerá implacable la hora en la que tendrás que salir de casa, cualquier desviación debida a tu conciencia se condenaría como retraso, a veces este retraso conlleva una forma de punición. Para estar seguros de que no te rebeles, y sobre todo que te parezca normal, comienzan acostumbrándote a todo esto desde la primaria.
Hablamos mucho de libertad, nos creemos el único animal libre porque podemos elegir nuestro destino, cuando en realidad ya no tenemos ni derecho a vivir nuestro tiempo: el reloj establece el cuando de nuestra existencia
Conclusión
Hace tiempo que quisimos elevarnos más arriba del mundo y de la vida, arrancarnos de los procesos naturales en un intento desesperado de controlar la realidad y la vida, convencido de que un pulgar oponible sea suficiente para darle a un mamífero la plena podestá sobre el mundo. Lo único que conseguimos fue alienación
En lugar de liberarnos, de usar las manos para construir una tecnología en armonía con la vida, y la vez capaz de aliviar las duras tareas de la supervivencia, hemos construido un sistema mecánico, rígido, que nos cohíbe y traiciona nuestra propia naturaleza: hasta hemos conseguidos transformar el hermoso y elegante ciclo de las temporadas en una jaula.
Estamos sentados en las inmensidades del universos, contando siglos y eternidades con la punta de los dedos, como un niño que quiera medir una playa contando los puñados de arena que se deslizan entre sus dedos.
Para volver a una vida de plenitud deberíamos aceptar nuestros límites y volver, por fin libres, a ser parte del ecosistema “Tierra” que nos ha hecho nacer, retomando al sol como medida y ritmo del tiempo.
La historia es una acumulación progresiva de hechos. El presente humano es construido: cambiar está en nuestra mano.

Escrito por Gabriele Burchielli
Foto de Portada de NICKWEB
Foto del fondo, ¿Cuánto Falta?, de Carmen Ruz Rábade



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