Zonas áridas de Almería donde una vez fueron forestas. Colinas y montañas sin vegetación se elevan al horizonte con el mar Mediterráneo a un lado.
Parque natural de Cabo de Gata (Viaje a Edén)

Una vez fueron forestas

Ligera y desnuda la mar abre su pecho al Sol, que la cubre de brillos intensos, reflejos, reaviva sus espumas; fresca, ligera como el cielo, azul de vida sus aguas, parece una moza hermosa en la plenitud de una adolescencia eterna. El viento sopla, ligero como una caricia.

Duros, violentos y desnudos, desgarrados por profundos barrancos los montes levantan sus crestas y caen, a pique en la mar. No hay árboles, no hay sombra, no hay sosiego: el Sol oprime la tierra, como una mano ardiente tapándole la boca.

Aquí por Cabo Cope y Punta Calnegre, por los montes de Málaga, de Cabo de Gata, de Italia, de Grecia, en Abanilla, miles de años de talas de árboles han creado un mundo árido y desnudo donde una vez fueron forestas. Se talaron bosques para generar pastos, se talaron bosques para la construcción y los barcos, sobre todo se talaron bosques para encender fuegos y fundir los metales.

Desde la edad del bronce que talamos sin control; muerta la cubierta arbórea viento y lluvia se han comido la carne de las montañas poniendo al desnudo sus huesos. Los turbulentos ríos Ibéricos acogieron la tierra erosionada del monte y la trajeron desde las alturas al mar, convirtiendo bahías enteras en tierra firme; el Deltebre, las Marismas del Guadalquivir, son solo dos ejemplos grandiosos de las consecuencias a largo plazo de la obra del ser humano.

En este sentido España tuvo la suerte adversa de ser El Dorado de la Europa Antigua: oro, plata, cobre, hierro, madera buena, unas tras otras muchas razas pusieron las garras sobre ella: la historia ha violentado esta tierra y luego, desde sus puertos, la brama de metales cruzó el Atlántico en barco para seguir la obra.

La que muchos creen vegetación típica y primigenia de las costas sureñas, la Maquia Mediterránea o las faldas desnudas de los montes tan común en Andalucía, es todo lo que ha quedado de imponentes forestas dominadas por robles, encinas, alcornoques, rebollos, es la degradación producida por nuestra historia, un desierto donde antes había forestas.

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Viaje a Edén es una progresiva liberación, una progresiva perdida de peso, el rechazo a lo innecesario, a la dura presencia de los objetos, en un intento constante de controlar el miedo hasta liberarnos; como un andar incierto que se convierte en pasos largos carrera salto: la verdad, si verdad hay, es un ademán. Estás leyendo una búsqueda, un intento de crear, encontrar o volver a un Edén, a un lugar donde ser nosotros mismos, en plenitud de cuerpo y espíritu, en armonía con el mundo, con sus ritmos, sus leyes que no se cuidan del calendario humano, siempre y solo miran al Sol.

Pensamiento Nómada

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