Dedo de una mano sobre fondo blanco sosteniendo un chip magnético
Magnétic field nr 2 (Autor: Windell Oskay @flickr)

Insólita reflexión sobre la alteración del campo magnético

Esta curiosa reflexión sobre las consecuencias de una alteración del campo magnético terrestre nació a partir de un estudio más detenido sobre el funcionamiento de una brújula. Lo que era simple curiosidad sobre un sencillo instrumento de orientación llevó, paso a paso, a una pregunta mayor: ¿qué pasaría si el campo magnético de la Tierra se alterara profundamente? Se tranquilicen los que temen el fin del mundo: la naturaleza y la vida biológica no se verían afectadas ni siquiera por una completa inversión de los polos. Ya pasó, algo así como unas 117 veces en los últimos 71 millones de años, y el mundo sigue lleno de peces, aves y melocotones. ¿Pero nosotros, que dependemos para cualquier cosa de electricidad y tecnología? ¿Qué sería de nuestro mundo civilizado?

Tabla de contenido

Más que breve introducción al campo magnético terrestre (si ya sabes qué es, salta al siguiente párrafo)

No tenemos certeza absoluta sobre el origen del Campo Magnético terrestre. A día de hoy, la teoría más aceptada es la de la dínamo. Según esta, los movimientos de iones de los metales fundidos que componen el núcleo externo de la Tierra generan el campo magnético terrestre. El campo magnético no está “hecho de algo” en sentido material: es más bien una propiedad del espacio. Tiene estas características:

  • Es invisible pero medible
  • Tiene dirección (es un vector)
  • Tiene intensidad
  • Ejerce fuerzas sobre partículas cargadas y sobre otros imanes

El campo Magnético se representa mediante líneas de campo, que son líneas imaginarias que indican la dirección y el sentido del campo en cada punto del espacio. Estas líneas salen del polo norte magnético y entran en el polo sur magnético, formando bucles cerrados. Para tener una experiencia más visible puede hacer un juego con polvo de hierro y dos imanes: el polvo se dispondrá según las líneas del campo magnético, tal como en la foto aquí abajo.

Polvo de hierro sobre una mesa blanca dispuesto por las líneas de campo generada por dos imanes
Polvo de hierro que hace visible las líneas de campo(Autor: Windell Oskay @flickr)

El campo magnético terrestre da forma a la magnetosfera, una burbuja invisible que rodea el planeta y desvía la mayor parte del viento solar. Esta protección permite que la vida prospere en la superficie. Acabamos de llegar al punto clave de esta introducción: sin campo magnético terrestre, no habría vida sobre la Tierra. Ni tú, ni yo, ni tu abuela existiríamos. Además, es importante remarcar que el campo magnético varía con el tiempo, que no tiene la misma intensidad en todas partes y que mucha de nuestra tecnología moderna se ve afectada por sus cambios.

La función del campo magnético terrestre para la vida sobre la Tierra

Si pudiéramos ver el campo magnético de la Tierra, nos aparecería como un aura invisible que abraza al planeta. Se extiende miles de kilómetros hacia el espacio, formando la magnetosfera, una región donde el campo magnético consigue desviar la mayor parte del viento solar: una corriente constante de partículas cargadas que el Sol expulsa a gran velocidad. Si el viento solar alcanzara la atmósfera terrestre sin resistencia destruiría las condiciones necesarias para la vida tal como la conocemos.

El viento solar no es la única amenaza. Desde las profundidades del universo nos alcanza también la radiación cósmica galáctica: núcleos atómicos y protones acelerados por supernovas y otros fenómenos violentos. Al chocar con la atmósfera terrestre, estas partículas generan lluvias secundarias de radiación que serían letales para los organismos complejos.

La atmósfera terrestre absorbe una parte de esa energía residual, pero sin la magnetosfera que actúa como primer filtro o escudo, el aire mismo habría sido erosionado hace millones de años, barrido lentamente por el viento solar. Por eso, sin campo magnético no habría vida como la que conocemos. No solo por los daños directos de la radiación, sino porque ni siquiera habría quedado atmósfera suficiente para respirar, agua para beber o condiciones estables para evolucionar. Es sencillo, y a la vez inmenso: estamos aquí porque un océano invisible nos protege.

dibujo científico de la magnetosfera y viento solar color Creative Commons atribución 4.0
Hermoso dibujo científico de la magnetosfera, publicado en Sciencie en 1963 y adaptado al castellano (Viaje a Éden)

Una sociedad basada en la electricidad

No hace tanto, la noche era noche y el mundo tal como la naturaleza lo quiso. Hoy, el dedo de un mamífero sobre una pantalla altera completamente la realidad: luz, calor, voz, imagen, datos, maquinarias que producen bienes de todo tipo o envasan comida. Todo se mueve, se transmite, se transforma gracias a una tecnología cuya sangre es la electricidad.

No se trata de comodidad ni de un refinado vivir civil: la electricidad sostiene nuestra sociedad. Nuestro sistema productivo, nuestra cadena de distribución, nuestro ocio, nuestra salud, el agua que bebemos, los alimentos que nos sustentan, los semáforos, los hospitales, la cultura, la memoria, tú que estás leyendo, yo que te escribo: todo cuelga, como fruta madura, de un cable eléctrico.

Toda forma de dependencia conlleva un riesgo: basta un fallo, una caída, una interrupción prolongada para desencadenar un colapso en cadena. Es duro admitirlo, pero desde un punto de vista ético “dependencia” es la negación de “libertad”.

Dependencia del sistema eléctrico del campo magnético

La mayoría de la electricidad que consumimos se genera a través de turbinas que giran dentro de campos magnéticos induciendo corriente eléctrica en los conductores. Este principio, descubierto en el siglo XIX, está en la base de generadores, motores y transformadores. Una vez producida, la electricidad entre en un sistema de distribución para su consumo.

La generación y distribución de esa electricidad se basa, en gran parte, en la existencia de campos magnéticos estables, como los que hacen girar las turbinas en las centrales eléctricas o protegen las redes ante interferencias externas. Esta estabilidad está garantizada por el Campo Magnético terrestre que, como vimos, actúa como un escudo que protege las redes eléctricas frente a la radiación cósmica y a las partículas cargadas del viento solar, que podrían inducir corrientes parásitas y causar daños en sistemas eléctricos sensibles.

La tecnología que sostiene nuestro mundo no solo depende de la electricidad sino también de la estabilidad del campo magnético que la hace posible.

Paisaje que retrata Dubai de noche fotografiada desde un rascacielos
Dubai Metropolis at Night (Autor: Manaf Kamil @ flickr licencia CC 2.0)

Consecuencias de una inversión de los polos sobre nuestro sistema

Una inversión de los polos magnéticos o una disminución drástica de la intensidad del campo tendría efectos directos sobre la tecnología que sostiene nuestra civilización. La magnetosfera se debilitaría, permitiendo que más radiación solar y cósmica alcance la atmósfera y la superficie terrestre. Esto provocaría fallos en satélites, interferencias en las comunicaciones, pérdida de datos, errores de navegación y daños directos a componentes electrónicos.

Las redes eléctricas en tierra serían vulnerables a corrientes inducidas por tormentas geomagnéticas, que podrían desencadenar apagones masivos. En un mundo completamente electrificado, una breve alteración del equilibrio magnético bastaría para desestabilizarlo.

La probabilidad de que una inversión de los polos cree serios problemas a nuestro sistema tecnológico no es alta, pero tampoco es despreciable. No ocurriría de la noche a la mañana: es un proceso lento, de siglos. Pero durante ese tránsito, el campo magnético terrestre se debilita. Probablemente tendríamos el tiempo de adaptarnos, a no ser que coincida con un momento de debilidad del sistema que no tendría los recursos necesario para adaptarse al cambio.

El animal más débil de la Tierra

Como dijimos al comienzo, una inversión completa de los polos ya ocurrió unas 117 veces en los últimos 71 millones de años, y el mundo sigue lleno de peces, aves y melocotones. Pero el ser humano hace tiempo que ha desaprendido a vivir sin el uso de herramientas cada vez más sofisticadas; hace mucho que corremos con los ojos vendados hacia un progresivo potenciamiento de nuestros medios que ya ha rebasado cualquier límite. Hemos desarrollado armas capaces de provocar nuestro propio genocidio. Es triste, y un poco ridículo, que la mano de un homínido tenga el poder de aniquilar la vida sobre el planeta. Poco importa: respecto a la vastedad del universo, el entero sistema solar no es más que un granito de arena. No digamos ya la Tierra, y mucho menos un bípedo incapaz de quedarse tranquilo.

No sé si todo esto se debe a una profunda falta de verdadera inteligencia, a una tara estructural de nuestra especie, o a un simple orgullo por creer que podemos controlarlo todo. Pero ha sucedido. Lo curioso es que tanta potencia tecnológica ha terminado por debilitarnos, no solo en el plano ambiental, sino y sobre todo en la solidez misma de nuestra sociedad. Una pérdida seria de tecnología equivaldría a la muerte de la mayoría de nosotros y a la desaparición de gran parte de las sociedades del llamado primer mundo, primero solo en la capacidad de generar desastres. Una de las causas posibles podría ser un fenómeno tan natural como el atardecer, las mareas o una fuerte alteración del campo magnético terrestre. Más, la tecnología que tanto nos enorgullece, ha acabado para arrancarnos del mundo: hemos perdidos instintos, el tiempo fluido de los atardecer se ha convertido en el implacable repiqueteo del reloj, las ciudades nos impiden la vista del cielo.

El punto es tan sencillo como triste: sin tecnología somos incapaces de sobrevivir. Cualquier insecto u animal vale más que nosotros por ser capaz de orientar sus pasos sin una brújula, buscar cobijo o construir un nido sin una grúa, encontrar a través de su propio cuerpo el sustento en el entorno del cual es parte. Es un poco patético pensar que al cerrar un supermercado muchos moriríamos de hambre. Desde una perspectiva biológica, mereceríamos la extinción: ¿en qué nos hemos convertido? ¿Qué clase de seres somos, si como niños, no somos capaces de hacer nada por nuestra cuenta?
Tal vez sea hora de aprender de nuevo a estar solos bajo el cielo, con las manos desnudas y la humildad de quien recuerda que no nació con un enchufe en la nuca.

Madre chimpancé abraza su hijo
Embrace (Autor: Darren Puttock @flickr licencia CC 2.0)

Escrito por Gabriele Burchielli y Carmen Ruz Rábade

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