Un barco viejo y oxidado abandonado en la orilla de un mar contaminado, rodeado de basura, minerales y aguas turbias
Portman, Murcia (Autor: Viaje a Edén)

Contaminación marina: el legado de nuestra codicia

Caminando por el Golfo de León, recorriendo los contornos del Mediterráneo, topamos con una campaña de sensibilización sobre la contaminación marina. Los datos nos dejaron un sabor amargo en la boca: la codicia humana envenena al mundo.

En esta entrada encontrarás de donde procede esta contaminación, los animales marinos más afectados, una lista de materiales y el tiempo que tardan en degradarse y por último las consecuencias en la salud de los seres humanos que la originamos.

Tabla de contenido

¿De dónde procede tanta contaminación marina?

La mayor parte de la contaminación marina, aproximadamente el 80%, procede de nuestras actividades en tierra, desde la producción de alimentos y envases, a las grandes plantas químicas ubicadas en la costa.

Los ríos actúan como grandes autopistas de basura, transportando el 90% de los residuos plásticos que llegan al mar desde ciudades, fábricas y áreas agrícolas. Además, el mal manejo de los residuos sólidos en vertederos a cielo abierto permite que el viento y la lluvia arrastren toneladas de materiales hacia las costas, agravando la situación.

En el ámbito agrícola e industrial, el problema es aún más preocupante. Los fertilizantes y pesticidas utilizados en los cultivos, que contienen sustancias químicas como nitratos, fosfatos y plaguicidas, se filtran en el suelo y llegan a los océanos a través de los ríos.

Este exceso de nutrientes provoca fenómenos como la proliferación de algas tóxicas, que reducen los niveles de oxígeno en el agua, matando peces y otras especies marinas. Las grandes industrias, como, en el caso de España, la Refinería de Escombreras o las Minas de Riotinto, muchas veces no realizan un tratamiento adecuado de los residuos porque así abaratan los costes, vertiendo en las aguas metales pesados, sustancias químicas y microplásticos invisibles que contaminan el agua de forma silenciosa.

En pocas palabras, cada plástico desechado irresponsablemente, cada fertilizante rociado en exceso y cada vertido no controlado contribuye a envenenar océanos, a envenenarnos. La falta de regulación estricta y la pasividad de ciudadanía e instituciones ante este problema son una deuda ambiental que estamos pagando con nuestro propio cuerpo, en el que están proliferando cada vez más enfermedades. Pero, quizás, el precio más alto lo pagarán las generaciones futuras.

Animales marinos, víctimas de la codicia humana

La contaminación marina es una sentencia de muerte para miles de especies. Tortugas, peces, aves y mamíferos marinos enfrentan amenazas directas al quedar atrapados en redes de pesca abandonadas o al ingerir plásticos; pudiendo quedar atrapados o generar problemas digestivos graves hasta la muerte (fundación eco mar).

El daño no se limita a lo visible. Los plásticos están cargados de sustancias químicas tóxicas, como ftalatos y bisfenoles, que se filtran en los cuerpos de los animales cuando lo comen. Estas toxinas se acumulan en sus tejidos, afectando órganos vitales como el hígado y los riñones.

Además, el microplástico, omnipresente en el océano, es ingerido incluso por los organismos más pequeños, como el plancton. Esto no solo afecta a la base de la cadena alimentaria, sino que perpetúa un ciclo tóxico que escala hasta los depredadores más grandes, incluidos nosotros, perpetradores de nuestro propio envenenamiento.

La indiferencia frente a este problema está convirtiendo los océanos en cementerios de vida marina, un daño irreparable para los ecosistemas y para nuestro propio futuro.

Degradación de los materiales: ¿Lo necesitamos todo?

Una vez en el océano, muchos materiales tardan siglos en degradarse, y algunos nunca desaparecen por completo. Este largo tiempo de degradación asegura que la contaminación continúe acumulándose, afectando a los ecosistemas durante generaciones. A continuación, una lista con los materiales y su tiempo estimado de degradación:

  • Papel higiénico: 2-4 semanas
  • Periódico: 6 semanas
  • Ticket de papel: 1 año
  • Colilla de cigarro: 1-3 años
  • Papel de caramelo: 5 años
  • Latas de refresco: 200 años
  • Pilas: 200 años
  • Pañales desechables: 450 años
  • Bolsas y botellas de plástico: 450 años
  • Redes de pesca: 600 años
  • Vidrio: Tiempo indeterminado

Estas cifras son un recordatorio de lo que hemos creado, de lo innecesario, la codicia humana sin límites: toallitas desechables, pañales, latas, bolsas de plástico, así enumerando una cantidad de cosas que nos convierten en los únicos animales que envenenan el planeta y a ellos mismos; que construyen para destruir, que desaprenden las habilidades que nos hicieron evolucionar, y aquellos conocimientos tradicionales que nos mantenían más cerca de la armonía de la naturaleza y que podrían ser un buen comienzo para construir un futuro nuevo.

El ser humano víctima de sus propios actos

Cuando los animales marinos ingieren microplásticos, estas partículas pasan a formar parte de la cadena alimentaria. Como resultado, los humanos consumimos una media de 5 gramos de microplásticos a la semana, procedentes de estos animales, del agua que bebemos y del aire que respiramos, Estos 5 gramos son el equivalente al peso de una tarjeta de crédito. Esto tiene efectos en nuestra salud a largo plazo, afectando el sistema endocrino, causando inflamación o incluso enfermedades más graves.

Conclusión sobre la contaminación marina

Vivimos en una época en la que el querer más es el motor de nuestras acciones; queremos más cosas, más rápido, más cómodas, más desechables. Hemos sustituido la paciencia y el ingenio de crear con nuestras manos por la urgencia de usar y tirar. Lo que antes sabíamos hacer, reparar, reutilizar, valorar, lo hemos cambiado por el consumir. Estamos perdiendo océanos, especies y, lo más preocupante, nuestra conexión con el mundo. No es el planeta el que necesita salvarse; somos nosotros los que necesitamos salvarnos.

Escrito por Carmen Ruz Rábade

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