Proceso de ordeño de ovejas con máquina de ordeño en una granja, destacando la producción de leche ovina eficiente y moderna.
Ovejas con la máquina de ordeño. (Autor: Viaje a Edén)

De dónde vienen alimentos y envases: procesos de producción

Cada objeto cotidiano es la punta de un proceso que involucra personas, tecnologías, recursos. Su proceso de producción, distribución y compra rediseña modelos políticos, económicos y sociales, afecta a la salud del cuerpo y del ecosistema. Rodeados de productos pulidos y silenciosos, ofrecidos dentro de envases atractivos, olvidamos lo que ocurre detrás de la estantería.

Esa mirada —curiosa y crítica y política a la vez— guía este texto. No queremos culpabilizar al consumidor, sino devolverle la capacidad de entender el camino de lo que se consume y sus consecuencias. Conocer es volver a tomar las riendas: elegir con conciencia lo que consumimos es un acto revolucionario, que tiene la fuerza de cambiar el sistema que está destrozando al planeta y a los seres que lo habitamos.

Tabla de contenido

Del campo a la mesa: cómo se produce la comida.

Agricultura intensiva y monocultivos

En el corazón del campo, la producción de alimentos se desarrolla hoy en un paisaje cada vez más empobrecido. La agricultura intensiva ocupa enormes superficies con un solo cultivo —girasol, maíz, olivo— que transforma la tierra en un escenario uniforme y vulnerable. Este modelo agota el suelo, deteriora el entorno, desplaza la fauna local y rompe los equilibrios ecológicos que sostienen la fertilidad del territorio. La consecuencia es la dependencia de fertilizantes químicos, plaguicidas, estocaje complejos, procesos industriales y amplia y contaminantes cadenas de distribucción

El monocultivo es la expresión de un modelo económico agresivo, que concibe la producción alimentaria como un proceso industrial, favorece la creación de grandes lobbies y sacrifica lo que fuese para un rendimiento inmediato. En este sistema quedan relegados los pequeños agricultores y se diluyen prácticas regenerativas que podrían devolver vida a la tierra..

Agricultura intensiva en una finca de olivos, en este caso monocultivo de aceitunas. Vemos los cestos llenos de aceitunas listas para transportar.
Cultivo intensivo de aceitunas

Producción de leche: del establo a la industria

La leche, alimento básico en muchas dietas, tiene procesos distintos según la especie y la escala. Existen explotaciones intensivas y modelos extensivos, cada uno con consecuencias diferentes en bienestar animal, huella de carbono y calidad del producto.

Producción de leche de vaca

En las granjas industriales, la producción de leche de vaca se sostiene sobre ciclos de lactación intensos que ponen al límite a los animales. Las vacas pasan buena parte de su vida en un ritmo continuo de gestación, parto y ordeño, mientras su alimentación se basa en piensos concentrados —a menudo elaborados con soja o cereales procedentes de monocultivos— que buscan maximizar la producción. Este estrés favorece la aparición de enfermedades como la mastitis, una inflamación dolorosa de la ubre común en sistemas de alta exigencia. Para controlarla, es habitual recurrir a tratamientos con antibióticos, lo que genera debates sobre bienestar animal, resistencias bacterianas y calidad final del producto.

Producción de leche de oveja

La producción de leche de oveja suele estar ligada a explotaciones más pequeñas, de carácter pastoral o semi-extensivo, donde los animales pastan y aprovechan recursos del territorio. Este modelo requiere, por lo general, menos insumos industriales por litro producido, aunque su dinámica económica es diferente: el volumen de leche es menor, los costes por animal son más altos y el resultado se traduce en precios superiores, tanto en leche como en quesos y otros derivados. Además, los procesos de transformación suelen ser más locales y artesanales, lo que refuerza la identidad de cada región pero también limita la escala de producción.

En 2024 tuvimos la posibilidad de trabajar durante un mes en “Más Casas“, una pequeña explotación de Cruilles (Gerona), volcada a la producción de quesos, yogures y otros derivados de la leche de oveja.

En esta realidad empresarial familiar, vimos otra forma de hacer ganadería, basada en el respeto y cuidado de los animales, y en la búsqueda de un equilibrio viable entre negocio y sostenibilidad. A raíz de esta experiencia y de visitas a otras pequeñas granjas de España escribimos “La producción de leche de oveja de una pequeña explotación

Foto a color deOvejas en la sala de ordeño, preparadas para el proceso de extracción de leche en una granja lechera. Autor: Viaje a Edén
Ovejas en la sala de ordeño (Autor: Viaje a Edén)

Pesca y acuicultura: del agua a la mesa

La pesca nos aporta proteína animal con huellas muy diferentes según la técnica. La pesca artesanal y selectiva suele ser más sostenible que las flotas industriales que emplean redes masivas.

Pesca de arrastre

La pesca de arrastre consiste en arrastrar una red pesada por el fondo marino, capturando grandes cantidades de especies comerciales junto con muchas otras que no se desean. Este método no solo obtiene un volumen elevado de pescado, sino que destruye hábitats esenciales —como praderas marinas y fondos rocosos— que tardan décadas en regenerarse. Además, genera altas capturas incidentales, atrapando especies juveniles, organismos vulnerables y fauna no objetivo que muere antes de ser devuelta al mar.

Este impacto altera la estructura ecológica de los ecosistemas, reduce la biodiversidad y afecta a la capacidad del océano para sostener poblaciones sanas a largo plazo. Las consecuencias ecológicas son profundas y duraderas: empobrecimiento del fondo, pérdida de refugios naturales, disminución de las especies de interés pesquero y una menor resiliencia frente al cambio climático

Acuicultura

Abarca modelos muy distintos entre sí. En sus formas más intensivas puede implicar el uso de piensos elaborados con harina y aceite de pescado, la generación de contaminación por nutrientes —es decir, exceso de nitrógeno y fósforo que provoca crecimiento excesivo de algas y reduce el oxígeno en el agua— y el riesgo de escapes que afectan a las especies locales.

Sin embargo, existen alternativas más sostenibles cuando la producción se integra en sistemas adaptados al territorio. Un ejemplo es la cría en esteros, que aprovecha canales y lagunas costeras para criar peces de forma extensiva, con menor densidad y una interacción más equilibrada con el ecosistema. O las antiguas cetáreas naturales, de las cuales quedan testigos de gran valor paisajístico e industrial como la Cetárea de Rinlo, donde se criaba o conservaba marisco con un gasto mínimo de recurso y un bajo impacto ambiental.

También destacan los modelos que reducen la dependencia de recursos marinos mediante fórmulas de alimentación más vegetales o circulares.

Puerto de Ayamonte, pescadores descargando el pescado tras una jornada de pesca de arrastre.
Puerto de Ayamonte, barco de pesca de arrastre.

Transformación y envasado: el salto industrial

Una vez que la materia prima llega a la industria, comienza la transformación: molienda, mezcla, pasteurización, cocción, deshidratación, enlatado, esterilización. Cada operación requiere energía —a menudo de origen fósil— y agua; además, genera subproductos y residuos contaminantes que hay que gestionar.

El envasado es necesario para preservar, transportar y vender el producto en un mercado cada vez más global. El impacto sobre el medio ambiente y la salud es alto, sobre todo para el mar.

Procesos comunes en la fabricación de envases

  • Plástico (polietileno, PET, polipropileno): la producción parte del petróleo o gas; incluye polimerización, extrusión, moldeado por inyección/soplado y acabado. Es eficiente en coste y peso, pero su reciclaje —cuando existe— es parcial: mezcla de polímeros, aditivos y contaminación alimentaria dificultan el recicladо. Reciclar el plástico conlleva un proceso industrial contaminante y con alto coste energético.
  • Cartón y papel: provienen de la industria forestal; el papel reciclado o una correcta gestión de los recursos forestales reduce drásticamente la presión sobre bosques, pero el proceso de blanqueo, colas y barnices implica el uso de productos químicos. El envasado multicapa (papel + plástico + aluminio) complica su reciclabilidad.
  • Vidrio: requiere hornos de alta temperatura; es pesado y consume más energía en su producción, pero es 100% reciclable infinitas veces y completamente inocuo para la salud y el medio ambiente.
  • Metal (hojalata, aluminio): extracción de bauxita y procesos metalúrgicos intensivos en energía; sin embargo, el aluminio es altamente reciclable y su reciclado ahorra gran cantidad de energía respecto a la producción primaria.

Logística y huella: transporte, almacenaje y frío

El envasado no es sólo material; condiciona logística: envases ligeros reducen emisiones de transporte; envases que requieren frío aumentan la demanda energética. El embalaje primario (el que toca el alimento) y el secundario (cajas para transporte) suman materiales que terminan como residuo.

Economía, externalidades y poder: quién gana y quién pierde

Los procesos industriales tienden a centralizar el valor en manos de grandes empresas: fabricantes de semillas, agroindustrias, empresas de alimentación y de envases. Los costes ambientales y sociales —erosión del suelo, pérdida de puestos de trabajo rurales, emisiones, residuos plásticos, sobrepesca— quedan externalizados; los paga la comunidad y el planeta.

Ejemplos de externalidades:

  • Contaminación de aguas por nitratos y pesticidas;
  • Emisión de gases de efecto invernadero durante la cría intensiva y el procesado;
  • Pérdida de soberanía alimentaria por dependencia de semilla e insumos patentados;
  • Residuos de envases que saturan vertederos y océanos.

Conclusión: una crítica mirando a Edén

No será posible para la sociedad tomar decisiones sensatas en materia de sostenibilidad si no conoce cómo se producen los alimentos, los envases y sus implicaciones. Vivimos con la ficción de que los alimentos “nacen” en el supermercado y “mueren” en el cubo de reciclaje.

Conocer no es acumular datos; es imaginar la vida completa de un producto: desde la semilla o la madre lactante hasta el transporte, el envasado y el final de su vida útil. Implica formular preguntas simples: ¿quién produjo esto?, ¿con qué insumos?, ¿cómo viajó?, ¿qué ocurre cuando lo desechamos?, ¿qué alternativas existen?

Recuerdo una anécdota de hace algunos años, en la escuela donde trabajaba. Al preguntar a un grupo de niños de cinco años de dónde venían la leche y los huevos, respondieron sin dudar: “del supermercado”. Aquella respuesta se repitió en varias escuelas y llevó a revisar los programas educativos para incluir el ciclo y la procedencia real de los alimentos. Entendimos que, si no enseñábamos a mirar, seguiríamos formando consumidores, no ciudadanos.

En Viaje a Edén decimos a menudo que mirar es el primer acto político. Mirar significa preguntarnos por el suelo que sostiene al monocultivo, por la vaca cuya leche luego homogeneizan, por el pez que una red de arrastre arrancó del fondo; significa también preguntarnos por la energía que funde el vidrio, por los polímeros que moldean el plástico, por la montaña de residuos que crece al ritmo de nuestra comodidad. Es preguntarnos sobre la vida.

No se trata de alcanzar la pureza, sino de recuperar la relación con el territorio, con quienes producen y con lo que comemos; de elegir con un poco más de verdad. De caminar hacia un Edén posible: un lugar donde el ser humano acepta ser parte de un ecosistema, de cuidar de la vida, devolviendo al mundo la armonía perdida.

Escrito por Carmen Ruz Rábade
Foto de Carmen Ruz Rábade

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