Joven mujer ensimismada sentada en el medio de un cuarto en penumbra

Entre paredes otra vez (Zaragoza)

Estoy sentada en una casa que no carece de encanto. No me sorprende, una amiga vive aquí: los espacios humanos reflejan el espíritu de quien los crea y vive. El piso queda en una bonita plaza del Gancho. Hacía 4 meses que no despertaba entre paredes. Hemos llegado a Zaragoza a dedo, para visitarla. La última vez que utilizamos un medio de transporte fue siempre hace 4 meses. Mentira. Cogimos un tren para recorrer algunos kilómetros del Valle del Besaya. Hace mucho que caminamos. Caminar es hermoso.

Me rodean objetos, y los sonidos de la vida de vecinos que no conozco. La distancia puedo medirla con pocos pasos. Hasta el techo, si subo a una silla, queda al alcance de mis manos. Una lavadora, la bolsa de basura, sillas, platos, cojines, fotos, un teléfono, la escoba, un rollo de papel, varias prendas por los cuartos y dos gatas.

Antes era el cielo primero, siempre estuvo el cielo, cuando abríamos los ojos estaba el cielo. El cielo y el aire limpio, que huele a hierba, a árboles, a humedad de río. Despertábamos al suelo, sobre una piel de cabra, la cabeza vacía de pensamientos y llena de los sonidos de la mañana: pájaros, viento entre hojas, a veces el manar de una fuente, el fluir de un río, el espumoso reír de las olas. Teníamos un mundo abierto alrededor, sin cancelas, ni muros, ni llaves ni prohibiciones: el espacio de nuestra vida estaba acotado por horizontes inalcanzables. Podíamos ser; las únicas leyes que conocíamos, los únicos límites, eran los establecidos por la vida, no por otros bípedos listos y maliciosos.

Nuestro actuar era realmente importante: sobrevivir y morir, contribuyendo a que el ciclo no se acabe, que la muerte sea el principio de otro ser y así adelante hasta donde no es dado saber. El objetivo de un vivir tan puro enfocaba acción y voluntad hacia secuencias perfectas y puras de movimientos: éramos la esencia de la vida y de la muerte, nada de innecesario entorpecía la mente y el cuerpo: el único blanco concedido al espíritu era ser. Lo considero más serio que un mamífero, con o sin corbata, absorto en sus propios garabatos y preocupado por los números que marca un reloj.

Éramos, espléndidamente animales, ¿algo más cocientes que otros? Puede ser, pero, ¿si lo que llamamos conciencia ha sido solo perderse detrás de los fantasmas de la mente? Un mamífero que habla de la voluntad de los dioses, de eternidades, de infinito, del tiempo y su secreto mientras aprende a utilizar un tenedor con destreza quizás solo ha perdido el norte y, cegado por su propia mente, ya no ve la sencilla verdad del sol y del agua.

Estaba caminando por las extrañas sendas del tiempo, nos imaginaba en el amanecer del mundo. Pero también pensaba en como este viaje está labrando nuestra conciencia. Vivimos como nómadas, nos movemos a pie, raramente a dedo; buscamos agua de las fuentes; dormimos al raso o en tienda de campaña; compramos parte de la comida, pero mucho lo conseguimos del entorno. Ahora ríos y bosques no son paisajes, son hábitats donde actuamos con la misma dignidad de los otros animales: buscamos sustento, buscamos solo lo necesario. Estamos reduciendo las necesidades a lo básico de la vida: cada día me siento más ligera, cada día me siento más limpia: miro, intuyo y percibo con una claridad que desconocía.

No tenemos nada, pero una sensación de plenitud cada vez más fuerte me sobrecoge: siento a veces el mundo y la vida latir en mis manos. Siento a veces que la distancia entre yo y las cosas desaparece. Pierdo la noción de lindes y nos convertimos en una extraña unidad donde percibo mi presencia como un eco o el vibrar de algo que no sé nombrar. Siento que estamos acercándonos cada vez más a la vida, esto está rompiendo las muchas barreras de la moral y del pensamiento: estamos desaprendiendo, estamos borrando escuela, historia, moral, cultura: nos estamos reeducando según naturaleza. Lo intentamos, poco a poco, tenemos muchas dudas. Es bonito dudar, apostar no tiene sentido si sabes que no puedes perder.

Hace 3 días que volvimos al mundo “normal”. Lo primero en Zaragoza ha sido el aire malo, luego el sabor sucio del agua y la confusión, la desarmonía, masas de desconocidos que se agita en el mismo espacio sin estar juntos. Nuestro movimiento de repente se encuentra cohibido por la dura geometría de las calles, establecidas por otros humanos que no tienen la inconsciente sabiduría de la naturaleza ni actúan en función del equilibrio y del bienestar común.

Miro casas y palacios, los restaurantes de lujos, las exposiciones de arte, los monumentos menos complejos que una encina. Todo me parece tan pobre, tan vulgar respecto a un vivac, a una trucha recién pescada y asada al fuego, al sabor de una planta recogida a la vera del camino, a mi voz desafinada que canta su alegría al horizonte inventándose las palabras, a la asombrosa, perfecta belleza mecánica del cuerpo de un ave. Y el sabor de aquellas aguas, la sensación del labio que roza la piedra y el musgo buscando la tierra como una niña la teta de su madre. Es tan sencillo todo, tan sencillo mamá, que me sorprende sin que pueda entender la razón.

No se trata de un sentimiento romántico, hablo de algo real hecho de piel y respiro, algo que nutre la intimidad de mi carne, que nutre aquel ser que late en las profundidades de la sangre, guardado por el ADN como un código capaz de generar la vida. Es algo que renueva el espíritu y devuelve parte de aquella armonía perdida, aquel Edén que diviso cuando vuelvo a estar en armonía con el mundo y con nosotros, animales entre la tierra y el cielo.

Quizás estamos yendo demasiado lejos, o no, estamos regresando hacia un hogar que nunca conocimos.

Escrito por Carmen Ruz Rábade
Foto de Gabriele Burchielli

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