Escribí estas líneas hace más de dos años, en un diario que ha quedado ya sin páginas blancas. El viaje estaba a punto de empezar y todavía no había tomado forma esta página web que estás leyendo. No revela mucho de la naturaleza de Viaje a Edén, es más bien un momento de intimidad. El alma estaba delicadamente impregnada de emoción, un estado trémulo, recién adquirido, que precedía un paso importante, y donde se mezclaba una percepción más clara del pasado y de las razones que me habían movido hasta entonces, dándome una profunda calma, con una intuición más fuerte, casi salvaje del futuro, que se traducía en un entusiasmo desbordante. Han pasado 3 años: la intuición de aquellos días se ha convertido en la certeza de un camino. Buena lectura
21 de junio, Costa de la Luz
El Sol se hunde en el Atlántico, preludio a la Noche más corta del año. El cielo ha marcado el centro del ciclo.
5 de julio, Sevilla, casa
Que sí, que no. Que las toallas estas se las damos a Mila. ¿Y el nórdico qué? Puede ser que lo quiera Robert. El calentador ha dicho Fra que se lo queda él. Bien. ¿Y las sabanas? Dice ella mientras las recoge y de pronto las tira al aire. ¡Mira que parecen nubes! Entonces yo soy el viento.
9 de julio 2022, Sevilla, casa
Es por la tarde, el calor hoy muerde fuerte. Ella se ha quedado dormida en el sofá, desnuda, es hermosa. Yo no tengo nada de sueño, y me pongo con las tareas de siempre, vaciar cajones, vaciar el móvil, vaciar el armario, vaciar. Lo más difícil será vaciar el alma y la cabeza. Pero de momento es importante cerrar puertas, deshacerse de todo lo superfluo que estos años de Sevilla han metido en nuestra maleta. Es un ejercicio útil. Tirar un recuerdo es cerrar con el pasado: no me hace falta un objeto que me haga volver a aquel tiempo o aquella persona, sobre todo porque volver no quiero, el pasado esta vez no dominará mi presente.
19 de julio, Sevilla, casa
Los libros han caído de las estanterías al suelo como pesados copos de nieve. Han sido años de estudio apasionado, sin las pautas impuesta por la universidad o un curso, la mente estuvo libre de recorrer sus propias sendas. El eje siempre fue la ciudad, su cuerpo: el estudio siempre fue consecuencia de vivencias. Sevilla es un puerto, desde su muelle recorrí con la mente sus rutas abierta al mundo. Aprendí mucho, sobre todo aprendí a despreciar un poco la historia, a encuadrarla desde una perspectiva que parte del respeto por la vida y por el mundo, y sobre todo por el presente y el futuro. Ahora me extraña mucho que nuestra sociedad tendrá que tragarse un muro hasta el fin de los tiempos porque hace unos 500 años un individuo necesitó levantar un edificio. Tenemos derecho de apropiarnos del presente, no tenemos deudas con las sociedades pasadas: somos hijos de guerras mundiales y civiles, quizás es el pasado que tiene una deuda con nosotros, quizás el rechazo es lo único que se merecen las sociedades de las cuales somos hijos. Más, la historia justifica constantemente la existencia de una jerarquía, glorifica individuos planteando que es justo mirar a los otros en términos de mejores y peores. Al fin y al cabo algunos merecen un busto y funerales de estado, otros mueren en la calle y se desconocen sus nombres. Nada de la historia como se enseña, vive y percibe es mía. Nada. Me gustaría arrasarlo todo sin que nadie sangre. Luego sentarnos juntos y reconstruirlo sin que existan reyes, ni esclavos, ni grandes pintores ni humildes obreros. Que el único adjetivo sea humano. Elijo pocos libros, pocos: los demás acabarán en la calle o en una biblioteca. Quiero liberarme de todo peso.
13 julio, Sevilla, biblioteca de Calle Feria
Hoy ha tocado al correo electrónico. Hace años que no envío una carta por el buzón. La voz de mi alma ha llegado a viejos amigos y amantes a través de los cables y antena de Internet. Anna la conocí en Nápoles, hicimos el amor en un jardín lleno de limoneros, estaba lloviendo y hacía calor, la lluvia se mezclaba en mi boca con su saliva, casi me arrancó un labio para no gritar, dentro de la casa había varios amigos suyos. Fueron días hermosos, llenos de mar, de recuerdos de Grecia, del embrujo de una ciudad que sabe moldear la realidad a sus propios sueños.
Berry Hopkins era perfectamente Irlandés, como la lluvia. Vivimos juntos en Galway. La convivencia fue hermosa, a pesar de que durante una noche de locura dos compañeras metidas hasta arriba y sus colegas destrozaron la casa y pusieron un redondo fin a todo. Recuerdo la calle todavía, Oakland, creo que el número era 82, pero no podría asegurarlo. Pues, no me acordaba de que Berry y yo pasáramos unos días juntos en Cork.
Fulvio vive en Berlín, pero es de mi pueblo, con 18 años nos odiábamos, con 30 y pico nos redescubrimos amigos en el extranjero, hasta que otra vez la amistad se quebró por nada.
Melissa me recogió mientras hacía autostop en Francia, no recuerdo bien donde, pero al día siguiente me encontré en Brive la Gallarde, buscando un resguardo de un temporal que duraría dos días. En el coche le hablé de las cartas que me encontraba por el camino, ella sacó del bolso un 7 de corazones, no me preguntes, dijo. Nunca volví a verla.
Kris Fleming era canadiense, nunca había visto una montaña, fuimos juntos desde Sofía a la Sierra de Rodophi. Demasiado diferentes para ser amigos de verdad, pero algo en sus ojos iluminó una esquina extraña de mi alma.
Fuat es un ex capitán de barco militar, me hospedó en su casa mientras iba de camino a Estambul. Vive cerca de Ayvalík, él y su segunda esposa, ayudados por un amigo, construyeron su casa con sus propias manos. Viven con la madre de ella y la madre de su primera esposa, la señora se quedó viuda y tuvo que asistir al funeral de la hija. La armonía de aquella casa se apoderó de mí.
Marie-Laure es francesa, toca el acordeón, nos conocimos en Skibereen, en Irlanda, hacíamos gorro juntos en el mercado, martes por la mañana si no recuerdo mal. Su novio era un loco Alemán, se llamaba Moritz, estaba construyendo una canoa doble para circunnavegar Irlanda con un amigo.
Inti era canario. Paseábamos juntos, nos sentábamos a orilla del agua, nadábamos, y casi no hablábamos, solo nos mirábamos a los ojos. Fue la persona con la que me encontré más a gusto en mi vida. A veces pienso que lo amé de una forma extraña.
Alon Gorsky, es un hijo de Israel, me tropecé con él en Ámsterdam, fuimos amigos de veras, de veras anduvimos juntos.
Rosa fue la Isla, y una forma extraña de amar y ser amado, su amistad sigue siendo uno de los momentos más cálidos de mi vida.
Y Sebastian, Daniele, Esther, Ciara. ¡Gabi la cena! Oigo de pronto. Lo pienso un poco, dudo algo: clico borrar. Otra tarea terminada. Ahora estoy listo, falta solo lo más fácil: preparar la mochila.
Escrito por Gabriele Burchielli
Fotografía Gabriele Burchielli



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