Con la navaja corto el pan y lo dispongo sobre una robusta rama de olivo. Es un hecho de percepción y presencia, sin tener que justificar la belleza de lo vivido con la especialidad del lugar o de la lejanía. No debería hacerme falta viajar para estar en un lugar especial.
No debería, pero a veces me olvido que estoy viviendo, y que vivir es más un ademán que un pensamiento. Me quedo acurrucado en mi cabeza, barajando posibilidades, perdido entre hechos que invento y que podrían no acaecer nunca: ¿y si mañana no paso el examen? ¿Y si no volveré a encontrarla? ¿Y si me confundí? ¿Y si no lo olvidé y lo perdí? ¿Y si estará pensando que…? ¿Que hago si mañana… ? Así y adelante gastando el presente alrededor de futuros solo imaginados. Distraído, estoy distraído y no veo, la belleza está brotando a mi alrededor y no la veo.
Es esto, es un hecho de percepción y presencia, sin tener que justificar la belleza de lo vivido con la especialidad del lugar o la lejanía. Estamos en un descampado en Móstoles, una gran mancha de trigo alto y medio seco que el viento mueve con aquel suave ondular que recuerda los largos cabellos de una mujer, de un hombre o de un caballo. Tiene poco que ver con la realidad urbana que nos rodea: si borro el ruido de los coches y miro hacia poniente podría estar perdido en una extensa llanura de una tierra más ancha que la mía, en un tiempo en que el mundo no conocía los motores y solo se medía andando o a vela.
El día es esplendido, estamos en mayo pero parece pleno verano: lo siento, de veras lo siento si no aguantas la calor, es como una droga de luz que arrastra el alma hacia una realidad diferente. El Sol, el Sol, es el Sol. Con la navaja corto el pan y lo dispongo sobre una robusta rama de olivo curiosamente horizontal respecto al terreno. Mojo el pan con aceite, corto el queso y pongo las lonchas sobre el pan. Con el pecho desnudo, a la sombra de un olivo, en el medio de un día de viaje, respiro el calor y gozo de la sombra. El azul es tan fuerte que borra la idea de que se pueda llamar cielo.
¿Y si mañana no paso aquel examen? Luego la miro, pienso que es bella, pienso en el olivo, siento el sabor del aceite en la boca, ya no pienso, siento el recuerdo tan antiguo de este ayer que me persigue y que llamo mediterráneo: el sol, el olivo, una muchacha hermosa, la vida, el cielo, la luz, toda aquella luz. Y perdóname esta obsesión sureña, pero con una rama de olivo se coronaban los vencedores de las olimpiadas y los héroes, y me río porque no soy ni uno ni el otro, solo un soñador que de niño leía a Homero y quería escuchar a una sirena.
No estoy en la isla de los feacios, estoy en Móstoles y mañana tengo un examen. Pero Carmen es hermosa como un ninfa, el día es esplendido y como debajo de un olivo, cortando pan y queso a orilla del camino. No tengo ataduras, no tendría ataduras: si fuese capaz de vencer a mis miedos estaría completamente libre. Si fuese capaz de vencer a mis miedos no pensaría en el futuro y este presente sería mío, en la cabeza el olivo de los héroes, en la boca el buen queso del cabrero y las caderas de una ninfa a tiro de mis manos.
Estoy feliz, te lo juro, estoy feliz, espantando al hambre con pan y queso a la vera del camino, en el medio de un viaje que me acerca a la vida. No necesito nada, en estos instantes lo tengo todo: el amor, la vida, el sol, el viaje.
¿Y si mañana no paso aquel examen?
Camino de Carrasquillas, Móstoles, 28 de mayo 2025
Escrito por Gabriele Burchielli



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