Dejamos Madrid y remontamos la Sierra de Guadarrama hacia León. De pronto, al lado de la N6, apareció un enorme edificio de cemento ennegrecido por la lluvia; sus plantas se levantaban monótonas y vacías por la ladera del monte. Cautivados por su inesperada aparición decidimos explorarlo. Supimos después que era el Sanatorio de Tablada. En esta entrada contaremos su historia y relataremos nuestra experiencia entre sus pasillos.
Tabla de contenido
- Introducción: breve historia y concepto de los sanatorios
- En el corazón de Guadarrama: localización del Sanatorio de Tablada
- Historia del Sanatorio de Tablada y de su abandono
- Explorando el Sanatorio de Tablada
Introducción: breve historia y concepto de los sanatorios
Los sanatorios nacieron en Europa en el siglo XIX para curar o paliar los efectos de la tuberculosis o tisis, enfermedad potencialmente mortal por la cual no existía una cura efectiva. A pesar de que se conocía desde antiguamente fue solo en 1882 cuando el médico Alemán Robert Koch descubrió y aisló el bacilo (Mycobacterium tuberculosis o bacilo de Koch).
La tuberculosis se transmite a través de las secreciones respiratorias expulsadas por los pulmones de las personas enfermas. Escasa ventilación, poca higiene, hacinamiento facilitan el contagio. No sorprende que en Europa, el momento de máxima virulencia coincide con la revolución industrial y el dramático éxodo de la población rural hacia las grandes urbes.
Se estima que en el siglo XIX 1 de cada 7 muertes se debía a la tuberculosis. De forma parecida a la lepra y a la peste, la tuberculosis dejó una profunda huella cultural, arquitectónica y literaria; tal como lazaretos y leproserías, los sanatorios se convirtieron en lugares emblemáticos a mitad de camino entre lo real y el imaginario.
Como dije no se conocía una cura, todo se basaba en el reposo, tranquilidad, aire fresco, sol y buena alimentación. Los Sanatorios nacieron dentro de este marco médico como lugares de sosiego que tenían la doble función de intentar la curación, (o paliar el sufrimiento) y aislar los contagiados.
Los sanatorios proliferaron por toda Europa y América ubicándose en montaña o en solitarias zonas de costa. Todos proponían curas parecidas. En la sierra de Guadarrama llegó haber 7; tanta abundancia se debió a la calidad del aire, del agua y de la facilidad de acceso por carretera y ferrocarril.
El paulatino avance de la ciencia y el descubrimiento de una cura efectiva llevaron a progresivo cierre de los sanatorios culminado alrededor del 1950. Muchos de ellos, como el Sanatario de Tablada o el Sanatorio de la Marina, están en abandono, visitados por curiosos, amantes del urbex y de extraños paisajes y buscadores de fenómenos paranormales. Entre los visitantes no se encuentra ningún representante de las instituciones.
En el corazón de Guadarrama: localización del Sanatorio de Tablada
El Sanatorio de Tablada queda a un lado de la antigua Nacional 6, que une Madrid con la costa Gallega, a unos 3 kilómetros del Alto de León, en plena Sierra de Guadarrama, cerca del ya olvidado puerto de Navacerrada. Grandes oleadas de pinos mojan de verde el singular paisaje de esta sierra: de menos portes que otros gigantes europeos, y menos agresivas que Ubiña o Los Picos de Europa, pero de gran elegancia. Las laderas a menudo caen mórbidas, como los pliegues de una falda sobre unas piernas bonitas. Los valles y los ríos, las nubes y las águilas, el aire fino, acarician el espíritu con insólitas sensaciones. Pero, sobre todo, la invade un silencio obstinado que persigue el oído a pesar del ruido de los coches y de todo aquel gran afán de la vida humana que en Madrid tiene su gran escenario. Hace años amaba esta ciudad.

El Sanatorio se levantó sobre una explanada, casi como un escalón en la ladera de la montaña. En su momento era un lugar aislado, lejos de centros habitados pero bien conectado a través del tren y de la carretera. Era una de las características primarias de los sanatorios: lejanía para que no se trasmitiese el contagio y aire pura como alivio o cura. Ahora la AP6 lo acerca aun más al mundo.

Frente al Sanatorio, al otro lado de la nacional, verás una pensión y un bar, por si necesitas un café o una pausa en el camino. Desde la ventana los huéspedes pueden ver la enorme mole del edificio, como un gigante doblegado de rodilla que espera a que por fin le corten la cabeza. Por cierto: la cancela del vallado está abierta, así como todas las puertas de la planta baja, incluso la principal

Historia del Sanatorio de Tablada y de su abandono
El edificio originario se inauguró en 1924, en presencia de lo que sería el último rey de España. Era propiedad y estaba gestionado por el Real Patronato Antituberculoso que lo habían adquirido en 1921 por la viuda del Doctor Lago, el médico que lo había fundado y que falleció durante su construcción.
El Sanatorio de Tablada tenía planta de avión, y se desarrollaba sobre cinco niveles. Las zonas comunes ocupaban la parte central del conjunto, las habitaciones de los enfermos las alas. Tenía capacidad para 100 pacientes, hasta que en 1927 se añadió un nuevo pabellón con 54 camas. El proyecto y ejecución de las obras se debieron a Manuel de Cárdenas Pastor y Amós Salvador.
Durante la Guerra Civil el hospital fue evacuado. Al acabar la guerra, se decidió demoler el viejo hospital, dañado por los bombardeos y levantar uno nuevo. Los trabajos comenzaron en 1950 y nunca llegaron a completarse. Tal como había pasado con la lepra y las leproserías, los avances de la ciencia habían encontrado una cura farmacológica efectiva a la tuberculosis: los enfermos se enviaban a los dispensarios y los sanatorios cerraban sus puertas, quedando en abandono o reconvirtiéndose para nuevos usos.
Al Sanatorio de Tablada, que nunca llegó a tomar vida, le tocó el abandono y no hay, ni probablemente habrá, planes de recuperación. A menudo se dice que el coste de rehabilitar estos edificios es demasiado alto, que el derribo y la ejecución de una obra nueva son mucho más rentables. Habría de establecer por quienes. Seguramente en términos de números, o sea de dinero, es una verdad indiscutible; aquel tipo de verdad que pasa por los bancos, las fórmulas matemáticas, las guerra y las enfermedades como forma de negocio.
Para construir el Sanatorio de Tablada se han gastado recursos, sobre todo en términos de horas de trabajo y de material, cavado a menudo desde el vientre de la tierra. Más recurso se gastarán para demolerlo, echando a perder un mar de material. Quiero decir que el dinero podemos tirarlo por la ventana, o mejor quemarlo, son solo números, no tiene nada que ver con la realidad. La madera, el hierro, la cal y el cemento se han obtenido destruyendo y contaminado. Estamos ya al límite, no somos tan ricos como para permitirnos estos gastos. Recuperar es fundamental, sobre todo un edificio como el Sanatorio de Tabla, tan cerca de Madrid y que se puede alcanzar en tren y autovía.
La cantidad de edificios abandonados en España es espantosa, pero se siguen levantando nuevas obras en ara al capricho, la estupidez y el enriquecimiento de unos pocos. Mientras tanto todos salimos perdiendo.
Explorando el Sanatorio de Tablada
Descubrimos el Sanatorio por casualidad, remontando la sierra hacia el alto de León con destino a Castilla. La construcción es enorme: 19.150 metros cuadrados de cemento vacío, que la lluvia de los últimos días ha oscurecido, dándole un aspecto mortuorio, a pesar de que la naturaleza del edificio era la recuperación del cuerpo y del espíritu. Más escalofríos me dan las Cárceles abandonadas, como la de Zamora: lugares hechos para la privación de la libertad y la punición de los pecados profanos. Al fin y al cabo leyes y mandamientos van de la mano, solo que la ley humana cobra al contado, la iglesia con un pagaré a mejor vida.
La planta general está conformada por una enorme ala rectangular, larga y estrecha que se asoma a sur. En su centro, del lado opuesto, o sea noreste, se inserta otro cuerpo en forma de T. El edificio principal llega a tener 7 plantas más la buhardilla.

La monótona sucesión de los vanos de las ventanas, sobre la superficie plana y enorme del edificio, sorprenden el alma con un extraño pensamiento de una muda, incansable, obstinada paranoia. La puerta está abierta, pasamos el umbral y entramos.

El interior está completamente vacío, los muros privo de cal o cualquier otra cubierta muestran la esencia del edificio. Es como mirar a una personas por debajo de la piel y de la carne, despojándola hasta remirar sus huesos. Pozas de agua, musgo y algunas de aquellas fuertes y sencillas plantas como la Cerraja comienzan a poblar el sanatorio: la naturaleza retoma los lugares abandonados transformando hierro y cemento en materia orgánica. La vida siempre será más fuerte que nuestra ignorancia.

Recorro los largos pasillos, subo y bajo las escaleras. La falta de barandillas y tabiques, los muros incompletos o en partes caídos, rompen los límites de los espacios y unen las perspectivas en un infinito juego de líneas y vacíos que embruja los ojos y dirige los pasos. Un cuerpo ágil podría deslizarse entre las plantas del Sanatorio sin pasar por las escaleras: corro, salto, de repente me vuelvo atrás, recorriendo todo y del revés una y otra vez. Es tan grande el edificio, tan vacío que recuerda la muda fascinación del alta montaña, hecha por espacio y silencio.


El cielo no tiene medida, la mar no tiene medida: un barranco, un enorme pasillo, todo lo que nos comunica la anchura del espacio pero, al mismo tiempo, tiene límites marcados por una pared de roca o un muro, sorprenden el alma con una medida más pequeña que el infinito, y por esto al alcance del alma: cuando paseamos por una ciudad nos sorprende la altura de una catedral y mucho menos aquel cielo que las torres nunca alcanzan.

Vuelve a llover. El sonido del goteo despierta un extraño recuerdo de cuevas. Apagado el deseo de movimiento vuelvo a un andar pausado. Mi atención se desplaza del espacio a la estructura que lo enmarca. El Sanatorio de Tablada no se llegó a completar, en la mayoría de las estancias falta cualquier traza de revestimiento. Es el cuerpo desnudo soñado por el arquitecto, es la esencia de la estructura que se mantiene en pie gracias al agudo manejo de material y fuerzas. Tal como la palabra despojada de mentira revela la esencia del alma, la estructura priva de los rellenos revela el espíritu del edificio y del ser humano que lo soñó.
En el suelo de la sección central de las alas se abre un gran vano en cada planta. Probablemente su función era permitir la entrada de luz y la circulación de aire. Faltan las barandillas. Apoyo la planta de los pies en el borde, la punta sobresaliendo al vacío: desde la séptima planta mirar hacia abajo es acariciar la posibilidad de un vuelo que acaba en un pozo oscuro y tentador. ¿De qué nace el amor hacia los monumentos antiguos, las ruinas de ciudades milenarias, los edificios abandonados? Es este rondar del ser humano como una polilla alrededor del tiempo que destruye, casi una forma de adelantar el conocimiento de la muerte que nos espera detrás de la decadencia del cuerpo.

Libertad, muerte, las buhardillas recuerdan las tumbas antiguas, las ciudades de los muertos levantadas por los Etruscos. El descompuesto del material, el gris de la ceniza y del polvo: es como un largo lamento que emerge del Sanatorio de Tablada y se expande por las laderas de los montes, un pedir ayuda que no tendrá respuesta.

Estallan de repente unos grafitis, como improviso florecer de la vida en un campo sembrado de muerte. Pero piso el suelo y siento algo como de huesos rotos. Es como caminar en un cadáver sin poder encontrar la huella de la vida que hubo. Es la persistencia de la muerte como muda y repetida, la obstinada ausencia de la señal, el silencio que rompe la boca de los muertos; la nada, el loco sin sentido de la vida y del tiempo, el horror del ser humano que descubre el futuro y horrorizado por la la muerte que lo espera, grita su miedo y desesperación a un mundo que no entiende sus palabras. El Sanatorio de Tabla nunca llegó a vivir, es la descomposición de un aborto. Desde los agujeros en los techos y en los suelos, la luz filtra y crea pozas brillantes que parecen ojos. Bajo las largas escaleras, vuelvo a estar debajo del cielo y la llovizna. Me rodean la calma del monte y el ruido de los coches: son dos mundos, dos opuestas posibilidades.

No pasó nada aquí, no se trata de memoria: los paisajes tocan las cuerdas del alma y despiertan en el caminante emociones y pensamientos. Esto es lo que encontré en el Sanatorio de Tablada ¿Y tú qué has llegado aquí leyendo? ¿Qué encontrarás?

Escrito por Gabriele Burchielli
Fotografías de Carmen Ruz Rábade



comenta