Foto a color pasillo brazo Oeste Antigua Cárcel Provincial de Zamora. Creative Commons atribución 4.0 internacional
Pasillo Brazo Oeste de la Antigua Cárcel Provincial de Zamora (Viaje a Edén)

Antigua Cárcel Provincial de Zamora

La Antigua Cárcel Provincial de Zamora se levanta muda en el silencio pleno de agosto; las cigarras cantan una hora solitaria, el mediodía, Castilla, el Sol, este espacio tan llano, tan absoluto.

El edificio ha sido tapiado, pero la constancia de los curiosos ha ganado la batalla con la administración: alguien ha roto los ladrillos que cerraban una ventana de la primera planta y ha abierto un camino nuevo hacia el interior del edificio. Pasa lo mismo con vallas, cancelas, el cierre nocturno e injustificado de los parques urbanos: la administración impone su voluntad en lugar de facilitar el camino indicado para los ciudadanos. En el caso de la Cárcel Provincial de Zamora, la lógica de la democracia facilitaría la visita en lugar de prohibirla. Son aquellas sutiles, pero sustanciales diferencias que hay entre una verdadera democracia y el espectáculo que ofrecen las instituciones españolas y la sociedad que las crea y sustenta.

El edificio responde a un canon consolidado. La entrada es una alta cancela de metal, bordada con arquivoltas de ladrillos a vista como si fuese una iglesia románica, e insertada en un edificio cúbico en cuyos lados sobresalen dos anchos torreones de planta cuadrada. En el torreón de derecha se abre una puerta secundaria de tamaño normal. El bloque de la entrada está encajado en el medio del edificio exterior, una estructura alargada con ventanas demasiado grandes para haber hospedado presos. La cárcel no carece de elegancia. La parte alta del edificio exterior repite el tema del ladrillo visto sobre muros encalados, una hermosa alternancia de blanco puro y rojo de larga tradición. El diferente tamaño de los módulos que lo componen, ritma el edificio con sólida gracia. Me acerco a la ventana y me cuelo.

Sosiego. La calor muerde fuerte en la meseta, la cárcel me envuelve con una oscuridad fresca, húmeda, acogedora. Las ventanas tapiadas convierten la luz violenta del mediodía en un delicado revolotear de reflejos dorados: el polvo suspendido en el aire parecen hadas. Estoy en un cuarto de la zona reservada al personal. Salgo del cuarto y entro en un pasillo largo, que vertebra el edificio exterior; a los dos lados se abren cuartos vacíos desde el 1995. Me dirijo hacia derecha para encontrar la cancela de entrada, pero esta vez desde dentro.

La gran cancela de entrada y la puerta lateral son solo parte del dispositivo. Pasada la cancela se accede a un espacio cuadrado y cerrado donde desembocan los pasillos del edificio externos; está rodeado por otros cuartos distribuidos sobre dos plantas y rejas por todas partes. Opuesto a la cancela de entrada se abre una segunda cancela, alta y rectangular, cubierta de graffitis, con una puerta en el medio. La puerta está abierta, un gran charco de luz cuela de ella y resbala en la penumbra. Entro.

El Sol vuelve a clavarme sus colmillos en el cuello. El cielo es una larga raya soñolienta: ahora entiendo la lógica del encierro. El edificio exterior es parte de un muro perimetral con torres de guardia; del lado interno, los muros dan a un espacio ancho y vacío dentro del cual se yerguen los muros de la cárcel verdadera. Todo recuerda al foso y al castillo: la Cárcel provincial de Zamora es una isla. A vista de pájaro, la cárcel está formada por un módulo central, de planta circular, desde que salen cuatro brazos en dirección a los cuatro puntos cardinales, más un quinto que se inserta en la diagonal entre brazo oeste y brazo sur. El brazo sur a su vez se prolonga hacia este con un segundo cuerpo paralelo al muro perimetral, formando una larga L. Los brazos aíslan los patios para las horas de aire. Otras protuberancias más chicas se enganchan al edificio en varios puntos.

Pero ni yo ni los presos tenemos alas. A vista de humano, el espacio aparece compartido en una larga serie de pasillos y habitaciones, aisladas la una de la otra por puertas y rejas, que se desarrollan sobre varios niveles. Sobrecoge: la cárcel provincial de Zamora es una obra exquisita. El ambiente es un perfecto encaje; como con un cubo de Rubik, el observador advierte que hay una lógica absoluta que crea y sustenta el ambiente de la cárcel, pero no consigue entenderla, y mira al entorno con sospecha y miedo, consciente que ha sido construido para atraparlo. Pienso en el arquitecto: ¿Qué experimenta un ser humano en proyectar un espacio como este?, ¿Qué sentía durante las largas noches en vela que presiden a la creación?, ¿en qué rincón del pensamiento se detuvo?, ¿Cómo es la mente de un hombre que planea un espacio para dominar, para humillar al animal humano hasta que doble la cabeza y ofrezca el cuello? La obra humana me seduce porque es el espejo de voluntad, mente y espíritu.

Tierra, expolio, rupturas; pinturas caídas, muros transformados en lienzos por los grafiteros; plantas creciendo en lugares insólitos y ecos. Es lo normal que sigue al abandono, es el encanto del tiempo que labra la obra humana y lento la transforma en nada. Un día no quedará memoria, el tiempo será otra vez libre de nuestra presencia, y nosotros por fin libres de la historia…


Exploro el edificio pero lo que me atrae son las celdas de los presos. Son cajas donde no se pueden dar dos pasos sin golpear un muro, al aire entra por una ventana que no llega al tamaño de una televisión; en la puerta una ventanilla donde no cabe un puño es la única conexión entre el individuo y sus símiles. Cagaban al lado de donde dormían. Su voluntad estaba anulada: las pautas de la existencia estaban sujetas a la voluntad de la dirección y a la hora marcada por el reloj. Cualquier violación de las normas conllevaba un castigo peor de lo ya recibido. No existía margen.

No se trataba solo de locos, asesinos y violadores: en la cárcel provincial de Zamora se encerraban y humillaban a todos aquellos atrevidos que no cumplían con la voluntad de quienes crean y dominan las instituciones: sí, es una apología del crimen.

Mi posición al respecto es clara, y sencilla. Nada me obliga a respetar una sociedad, y los individuos que la componen, si esta sociedad me humilla, me somete, se aprovecha de mí. Me explico. La economía no es una creación de la naturaleza, la pobreza no es una creación de la naturaleza, los privilegios no son creaciones de la naturaleza, ni la falta de educación o herramientas es una creación de naturaleza, ni la guerra lo es. Todo es un artificio o creación humana. Esto quiere decir que todo está planeado y realizado por el ser humano y que puede ser cambiado, modificado o eliminado por el ser humano.

Cuando caminas por esos barrios, densos de humanidad, que llaman conflictivos, estás atravesando una creación artificial y planificada por el sistema, tal y como lo es un museo, el barrio de Salamanca o un hermoso paseo marítimo. La historia la conoces porque la vives a diario: una parte de la sociedad se apodera de los recursos, luego crea un sistema moral y legal para legitimar su apropiación y llama criminales a quienes violan las reglas que ellos mismos han establecido para su ventaja. Es nuestra misma sociedad, por falta de madurez e igualdad, que construye sus propios enemigos y luego los encierra en una cárcel, o los suelta y si el juego lo precisa…

El hijo del industrial come jamón del bueno y tiene ya su puesto preparado desde niño, mientras que tu hija se envenena con chopper de pavo de 1 euro, y será una cajera del Mercadona, o tendrá que darle las gracias a dios por haber ganado una oposición. Alguien accede a una clínica privada, otro espera seis meses para una resonancia; algunos tienen dientes perfectos, otros sonríen y se tapan la boca.

Los presos intentaron rebelarse a las leyes de un estado, de una moral y de una sociedad que les ha sido impuesta. ¿Cuándo tomaste parte en la redacción de una ley?, ¿Qué poder tienes en su aplicación?, ¿por qué tengo que acatar normas y reglas que no comparto bajo amenaza policial? Voto, los elegidos actúan según sus conveniencias, pero si no cumplo me multan, me condenan, me encierran: la democracia es una dictadura menos rígida y más inteligente.

¡No robar! Dice quien lo tiene todo a quien no tiene nada: la rebelión a las leyes es la defensa extrema de un sistema que oprime. Es bastante escuchar los mitos que desde siempre nos meten en las cabezas. Prometeo se rebeló y por amor dio a los seres humanos el fuego: condenado. Lucifer, el portador de luz, lo que ilumina, como el fuego (¿es tan parecido el mito verdad?), se rebeló: condenado. Todas las culturas, de todos los tiempos, construyen mitos del miedo, nos educan a través del miedo para que cumplamos normas injustas. En la era, moderna solo en las herramientas, el miedo es la cárcel, por eso la cárcel tiene que ser horrible, la lógica del sistema lo quiere. Prometeo, Lucifer, Eva, Los rebeldes, Los presos.

Como ve no he mentido, mi discurso es sencillo: nada me obliga a respetar una sociedad, y los individuos que la componen, si esta sociedad me humilla, me somete, se aprovecha de mí.

El viento sopla y los ecos transforman las voces de las palomas en extrañas lamentaciones, los amantes del paranormal tendrán buen material. Ahora quienes habitan esta antigua cárcel de Zamora, son los seres que se han rebelado a la fuerza más grande que conocemos después del tiempo: la cárcel es un oasis para los pájaros y las aves, para los seres que pueden abandonarse al vuelo. La naturaleza es más sabia que los humanos, sabe restablecer equilibrio, sus leyes son duras, despiadadas, pero justas. La naturaleza no conoce cárceles.

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Viaje a Edén es una progresiva liberación, una progresiva perdida de peso, el rechazo a lo innecesario, a la dura presencia de los objetos, en un intento constante de controlar el miedo hasta liberarnos; como un andar incierto que se convierte en pasos largos carrera salto: la verdad, si verdad hay, es un ademán. Estás leyendo una búsqueda, un intento de crear, encontrar o volver a un Edén, a un lugar donde ser nosotros mismos, en plenitud de cuerpo y espíritu, en armonía con el mundo, con sus ritmos, sus leyes que no se cuidan del calendario humano, siempre y solo miran al Sol.

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