Antigua Casa de los Quesos en ruinas, Costa Esuri, Ayamonte; vestigio rural entre urbanizaciones modernas.

La Casa de los Quesos

Una nube se ha quedado dormida encima de una ola. Pensé en tachar la frase por ser muy fácil, pero es lo que parece, sobre todo hoy: el viento de poniente llena el cielo de grandes, rechonchas nubes blancas, tan cerca de la tierra que es fácil creer que podrían encallarse por un descuido, o quedarse dormida por un alto en el camino del cielo.

La nube dormida es un gran caserón blanco (para ser cortijo le falta patio) que descansa sobre un movimiento de tierra que no llega a ser colina. Lo llaman la Casa de los Quesos. Alrededor, una dulce alternancia de breves lomas cubiertas de hierba, altas y verdes por la lluvia de los días pasados, recuerda el oleaje del mar: el viento mueve la hierba como algas en la corriente. ¿Y si fuese verdad que toda fantasía nace de la realidad?

Hace un día hermoso. Según el calendario, estamos todavía en invierno, pero las golondrinas han vuelto de África y dicen que es primavera. Que cada uno confíe en quien confíe, el Sol, por su parte, pasa del calendario, que ni siquiera marca el solsticio como festivo, y le da la razón a las aves: brilla con fuerza sobre la cal de los muros. Debajo de sus rayos es fácil amar a la vida.

La cal es blanca como las jaras, las nubes, la sal… Nieve no hay aquí, azúcar y leche sí, pero al café no se los echo, estamos al lado de Portugal, sería una ofensa al buen gusto no tomarlo negro. Por cierto, “al lado de Portugal queda un poco vago”: estamos en Costa Esuri, una urbanización de Ayamonte, Andalucía. Desde aquí, Portugal o el centro del pueblo quedan a la misma distancia, así que el café lo tomamos siempre en Portugal: amén de los españoles, está mucho más bueno y, encima, más barato, que siempre se agradece. A esta circunstancia geográfica se le debe este pensamiento sobre el blanco de la cal que acaba en el negro del café: querido Horacio, habrá más cosas en el cielo y en la tierra que en toda nuestra filosofía, pero ni las aves llegan tan lejos como el pensamiento. No lo tomes como algo necesariamente positivo.

Perdóname, o mejor, aguántame, por favor. Tengo cierta tendencia a divagar, evitando a toda costa dar en el blanco. Quizás porque llegar al punto pone fin al hermoso vagabundeo de la mente, y del bolígrafo que siempre la acompaña como un palo de andar. También con el cuerpo tuve cierta dificultad en fijar residencia. En fin, volvemos al blanco de la casa, y de la página antes de toda esta escritura.

La Casa de los Quesos es un ancho rectángulo con el lado derecho levemente saliente, techo inclinado de tejas rojas, una pequeña puerta central con a los dos lados lo que fueron bancos para sentarse hecho de ladrillos y cal. Del lado izquierdo un techo derribado deja ver un largo cuerpo añadido del cual no se reconoce la función.

De las largas y numerosas grietas abiertas en el blanco de la cal, asoma la carne viva de la casa: pizarra local de hermosas variaciones sobre tonos rojos, grises y negros; recuerda un poco la tierra volcánica de las Canarias. El contraste de colores es violento y hermoso.

La casa está abandonada, encaminada hacia la ruina. Las ventanas están abiertas o rotas, y algunos techos y muros caídos revelan su intimidad al paisaje. Los sonidos, sin obstáculos, llenan las habitaciones: el murmullo del viento entre las ramas de los pinos; el frufrú de la hierba que ondea, se arquea y vuelve inmóvil después de unas ráfagas; los ecos anchos que tanto caracterizan el Valle del Guadiana… Y las imágenes, igualmente libres del obstinado deseo del ser humano de aislarse del mundo, pueblan las estancias vacías: la luz entra y encandila la cal, crea sombras netas y profundas; el cielo se adueña de los cuartos; las nubes llegan y van, acompañadas por las aves de la marisma.

Se entraba directamente por la cocina. Todavía queda allí una gran chimenea, un viejo horno de gas, una estantería vacía, una cristalera empotrada y el llavero en el suelo. El aire conserva también una cálida sensación de arropar. A la derecha, una puerta conduce a una habitación con una poltrona azul y algunos cubos de plástico. Desde allí, otra puerta da al salón. Están todavía los sofás, medio ocultos por los escombros del techo caído. Es algo hermoso: parece que el cielo se haya bajado a sentarse. Para entrar al dormitorio, hay que volver a la cocina y pasar por la puerta de la izquierda. El armario ha caído encima de la cama, o quizás quiso tumbarse por el cansancio.

La zona de trabajo no tenía acceso directo a la zona de estar y vivir. Para llegar, tienes que salir, rodear la casa por la derecha y encontrarás dos largas naves con el techo caído. La primera ignoro qué era; solo sé que la hierba ha crecido tan alta en su interior, que parece que la pradera ha encontrado un hogar. Paralela a esta se encontraba una larga cuadra, se reconoce por los pesebres. Al fondo, otras habitaciones donde el techo ha desaparecido por completo y la hierba es casi más alta que los muros que quedan.

Son bellas las ruinas, y bellos son los lugares abandonados. Tenemos miedo a la muerte y al tiempo que pasa, pero al mismo tiempo, lo adoramos casi como un dios, llamándolo antigüedad, origen, amanecer. A los cuerpos muertos de los lugares, que llamamos ruinas, los miramos con dulzura, en lugar de con disgusto. Somos un animal muy raro.

Las tejas rojas bajo el cielo azul, el azul del marco de las puertas contra el blanco níveo de los muros. La voz de las moscas, el rojo violento de una ventana. Y los techos, esos techos derrumbados por donde el cielo se cae inundando la casa, por donde la luz la invade. Parece la Casa de los Quesos como un fruto maduro que se abre de golpe, entregando su carne a la plenitud del verano; un florecer subido, un destello de mar desde la ventanilla del tren, o un vientre abierto por la larga raja de un cuchillo. Y el viento, su voz, que se parece al mar, que entra, remolina, acaricia y se va hacia el horizonte verde de los campos…

Alrededor de la Casa de los Quesos se extiende la brutalidad de la Urbanización Costa Esuri. Hace unas décadas, la Casa de los Quesos estaba viva. En lugar de la urbanización, se extendían tierras libres de cemento, dedicadas a la agricultura y la ganadería extensiva. Pero la codicia de unos políticos miserables y de la empresa Martinsa-FADESA destruyeron un enclave natural de especial belleza. De manera casi mágica, se dio permiso para construir en la marisma y en terrenos agrícolas. Se expropiaron tierras, se violó la vereda, se cortaron arroyos y se revolcó la tierra para crear unos campos de golf en una zona que lucha cada año contra la sequedad, junto a casas de verano para el ciudadano medio con algo de dinero.

Costa Esuri es testigo de que la Edad Media nunca ha acabado, de que la tierra sigue siendo el tablero de juego de aquellos pudientes que hacen lo que quieren, sin que ninguna ley les valga. La Casa de los Quesos, la Casa de los Rejustos, la Casa de la Isabelona, son el recuerdo de la lenta, dura y tranquila vida del campo. Son el recuerdo de todo lo que estamos perdiendo por culpa de nuestra pasividad y de la codicia de unos pocos.

Escrito por Gabriele Burchielli

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