Una señora gorda, recargada brinda en una fiesta, representa una forma de racismo derivado de la clase social. Es evidente que quine piensa incurre antes o después en la intolerancia y que ser racista es tan normal como pensar
Foto de Letizia Battaglia

Ser racista es normal y tiene su lógica

Sí, ser racista es normal, y tiene su lógica. He vivido mitad de mi vida fuera de mi tierra natal y he pasado los 40. Es un tiempo largo, pero no cambia el hecho de que sigo siendo extranjero en tierra extranjera. Lo de ser extranjero es un estado especialmente interesante cuando el argumento del discurso es una apología del racismo.

El racismo es una forma específica de intolerancia y la intolerancia es común en todos los seres humanos. Todos, rebuscando bien en los recodos de la mente y del espíritu, encontraríamos nuestros pequeños, dulces, delicados odios hacia ciertas categorías de personas. Los orígenes de estas intolerancias son tan variados como lo es la vida: no se soporta a los turistas, a los del patinete, a la gente que aparca mal, a los tontos del selfi y a los vecinos que escuchan reguetón; a los canis, a los perros flautas, a mendigos, pijos o gitanos; se odian a los fascistas, a los comunistas, a los anárquicos; se matarían negros, panchitos y moros; los católicos odian a los sin dios, los sin dios estarían encantado de crear el dios de los católicos para luego matarlo, todo por el simple gusto de darle un disgusto a los «creyentes»; nada comento de los tontos que escriben textos como este convencidos de ser grandes pensadores.

Estas formas tan normales y corrientes de intolerancia, tienen su origen en un hecho que no es especialmente dramático, a pesar de que dramáticas pueden ser sus consecuencias: juzgamos un individuo de antemano, sin conocerlo de nada, por considerarlo, a razón o no, parte de una determinada categoría humana a la cual reconocemos, a razón o no, todas una serie de pecados o virtudes. En este sentido, juzgar a un negro inferior o a un musulmán un exaltado, es tan racista como decir que un profesor universitario es necesariamente hombre culto. En los tres casos cumplimos el mismo ademán mental: juzgamos de antemano a un individuo por haberlo puesto en una determinada categoría. Por eso, si ampliamos el concepto a la clase económica, social, cultural, política, etc, ser racista es tan normal como pensar.

La realidad sigue sus leyes y nunca cabe en el juego de las clasificaciones humanas, así que es fácil, a un punto de nuestra vida, encontrar negros brillantes, musulmanes que toman vino y profesores universitarios perfectamente imbéciles (n.a. esta última categoría es la estadísticamente más numerosa). Somos animales bastantes extraños en el panorama del planeta tierra, ya que somos los únicos que se vuelven tontos por exceso de inteligencia: nuestra mente es tan potente que las construcciónes mentales que hemos elaborado (las categorías humanas) se imponen a la realidad hasta en forma de preconceptos, fuertes hasta el punto tragicómico de aplaudir el discurso de un profesor universitario a pesar de que esté hablando como un perfecto imbécil, y de seguir considerando inferior a un negro que acaba de ponernos en ridículo con el más elegante ingenio. Somos víctimas de un pensamiento sedentario, incapaz de liberarse de los dogmas y postulados previamente elaborados, así que, otra vez, pensar acaba por convertirnos en racistas.

El turismo rápido, los viajes de dos meses a una tierra de la que no hablamos el idioma, los pésimos artículos del National Geographic, la historia, la educación mediocre impartida por padres o maestros, más redes sociales y televisión y, quizás y sobre todo, la dificultad de pararse y reflexionar con calma sobre la realidad y los otros individuos, imponen a los ojos un extraño mundo de reflejos que alimenta intolerancias y racismos de todo tipo, haciendo imposible una experiencia efectiva de conocimiento del otro, en el cual veremos siempre el muñeco creado previamente por nuestra mente.

Existen también situaciones inconciliables, posiciones del espíritu que no tienen posibilidad de solucionarse en armonía o alcanzar un compromiso estable y viable: por mala suerte, nuestra y de nuestra historia, siempre habrá quienes se levantarán gritando para hacer la enésima guerra santa y el enésimo exterminio. Les ha tocado a gitanos, gais, armenios, libres pensadores y quizás un día también a ti y a los como tú, o a mí, y a los como yo.

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Viaje a Edén es una progresiva liberación, una progresiva perdida de peso, el rechazo a lo innecesario, a la dura presencia de los objetos, en un intento constante de controlar el miedo hasta liberarnos; como un andar incierto que se convierte en pasos largos carrera salto: la verdad, si verdad hay, es un ademán. Estás leyendo una búsqueda, un intento de crear, encontrar o volver a un Edén, a un lugar donde ser nosotros mismos, en plenitud de cuerpo y espíritu, en armonía con el mundo, con sus ritmos, sus leyes que no se cuidan del calendario humano, siempre y solo miran al Sol.

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