La que llamaron Revolución Industrial supuso un progresivo deterioro de la realidad humana. Con ella llegaron la contaminación ambiental, el consumo insensato e imparable de recursos, la escuela como herramienta de adoctrinamiento de la clase trabajadora, y la explotación sistemática del ser humano. Estos fueron los ejes de lo que todavía se sigue llamando desarrollo. Habría que añadir algo que percibo como un drama ético o condena: el progresivo atarse del ser humano a la automatización y la maquinaria, hasta el tiempo se ató al repiqueteo implacable de un reloj que nos impide fluir a ritmo con la vida.
La paulatina difusión de nuevas formas de producción y de organización del trabajo trajo consigo un progresivo crecimiento de las desigualdades sociales y unas condiciones laborales, en el ámbito industrial, cercanas a la semi-esclavitud. No suele decirse de completa esclavitud porque el trabajador estaba libre de dejar el trabajo y morirse de hambre en una esquina de su propia elección. Salarios bajos, falta de cualquier tutela y jornadas laborales de 10 a 16 horas eran la norma.
Con el tiempo y de forma diferente en cada país, las sociedades que vivieron estos cambios y que luego se autodenominarían “Primer Mundo”, comenzaron a organizarse. Los trabajadores se agruparon con el fin de reivindicar mejores condiciones de vida: mejores salarios, tutelas y una jornada laboral de 8 horas.
En España, esa lucha llevó, no sin haber dejado muertos por el camino, a la aprobación de la jornada laboral de 8 horas, por un total de 48 semanales, el 1 de octubre de 1919. 64 años después, en 1983, las horas semanales se redujeron a 40. Y hoy, en 2024, asistimos a una nueva reducción, esta vez a 37,5 horas semanales. Se necesitaron 106 años para reducir la jornada laboral semanal en 10,5 horas.
Es interesante trazar ahora un paralelo entre la vertiginosa evolución tecnológica, que ha permitido aumentar desmesuradamente la velocidad de producción y distribución de bienes y servicios, y la lenta, casi inexistente, adaptación de la jornada laboral a estos nuevos escenarios.
Hasta los años 50, la velocidad de un tren estaba entre 30 y 60 km por hora. Hoy día, un AVE alcanza los 300 kilómetros por hora. Los aviones comerciales, por su parte, han dejado de ser un lujo para convertirse en parte del día a día.
En el ámbito agrícola, los tractores fueron introducidos en España en 1915. El modelo M y F de Fordson, los tractores producidos por Henry Ford alrededor de los años 20, tenían unos 20 CV. Hoy, un tractor moderno llega a superar los 690 CV.
La máquina de escribir se popularizó en los años 20 y se mantuvo en auge hasta los años 80, cuando fue sustituida por los primeros Personal Computers (PCs). Entre los 80 y hoy, los ordenadores personales se han transformado en herramientas polivalentes, portátiles, baratas y rapidísimas.
En 1995, Telefónica lanzó Infovía, lo que se podría marcar como el comienzo de la difusión de internet en los hogares de España y la rápida expansión del correo electrónico. Hasta aquel entonces, quitando las gestiones telefónicas, para cualquier cosa teníamos que salir de casa y, para enviar un correo, dar un paseo hasta la oficina, esperar en la cola, enviar el sobre, esperar de 2 a 5 días a que llegara y contar los días que faltaban para una respuesta. Hoy un email llega a destino en un par de segundos.
Sería interesante y curioso seguir con los ejemplos, pero estos son suficientes para el hecho que quiero remarcar. Entre 1919 y 2025 han pasado 106 años. En ese tiempo, los medios de producción, los medios de comunicación, la gestión de datos y el comercio global han experimentado un impresionante crecimiento de velocidad. Hoy, una fábrica o una oficina pueden producir una cantidad de bienes o servicios enormemente más grande, en un tiempo enormemente menor, para venderlo en un mercado enormemente más amplio, con beneficios enormemente mayores para el empresario.
Hoy, en 2025, una sola hora de nuestro trabajo genera una riqueza incalculablemente mayor que en los años 20, pero seguimos atados a fábricas, campos u oficinas 37,5 horas semanales, frente a las 48 de 1919, apenas 10 menos. Esta es la miseria que hemos ganado en 106 años. Cuando vuelvas a casa, agotado, mírate al espejo: no luchas, no quieres luchar, te has convencido de que no se puede luchar. Y por eso sigues exactamente donde quieren que estés.
Escrito por Gabriele Burchielli y Carmen Ruz Rábade



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