Foto blanco y negro de un paisaje urbano nocturno: un individuo con la cabeza doblada cruza un puente de la circunvalación
Noche en la metrópoli, Beijing, China (Autor: JHONATAN KOS-READ)

Individuo, colectividad y progreso

Quisimos ofrecer un texto del escritor estadounidense John Steinbeck, extraído de su novela “Al este del Edén”, publicada en 1952. En este fragmento, Steinbeck reflexiona sobre la condición humana y la situación del mundo, mostrando los dilemas sociales y morales de su tiempo que, en parte, siguen vigentes en nuestro presente.

Steinbeck escribió durante los años en que la sociedad se encontraba entre las tenazas del capitalismo, o dictadura del individuo, y el comunismo o dictadura de la colectividad; ambos mundos bajo la sombra de aquel proceso de progresiva mecanización de la vida humana, comenzado con la revolución industrial, que mostraba en aquellos años toda su brutalidad, y que, hoy día, ha llegado quizás a su consecuencias extremas, haciendo otra vez necesaria la sencilla pregunta de siempre. ¿Quiénes somos? ¿Qué queremos ser los seres humanos? Buena lectura.


A veces una especie de gloria ilumina el espíritu del hombre, es algo que le ocurre a casi todo el mundo. Uno siente como crece o como se prepara, lo mismo que una mecha que arde hacia la dinamita. Es una sensación en el estómago, un deleite de los nervios, de los antebrazos. La piel siente el aire, y cada profunda aspiración tiene un dulce sabor. Su comienzo da el mismo placer que un gran bostezo; brilla con resplandor en el cerebro y todo el mundo aparece rutilante ante vuestros ojos.

Se puede haber vivido durante toda la vida de una manera gris, viendo la tierra y los árboles oscuros y sombríos. Los acontecimientos, incluso los más importantes, se han deslizado inexpresivos y pálidos. Y de repente, surge la gloria; y entonces, se encuentra dulce el canto de los grillos, y el perfume de la tierra se alza como una canción hasta el olfato, y la luz que forma motas bajo un árbol es una bendición para los ojos.

Esto provoca en los hombres una eclosión torrencial, pero no por ello se sienten disminuidos. Y me atrevería a afirmar que la importancia de un hombre en el mundo puede medirse por la calidad y el número de sus momentos de gloria. Es un hecho aislado, pero que nos une al mundo. Es la fuente de toda creación, y coloca a cada hombre aparte de los demás.

No sé cómo eso será en los años venideros. En el mundo tienen lugar cambios monstruosos, han aparecido unas fuerzas que moldean un futuro cuyo rostro no conocemos. Algunas de estas fuerzas nos parecen malas, quizá no en sí mismas, sino porque su tendencia es eliminar a otras cosas que consideramos buenas. Es cierto que dos hombres pueden levantar una piedra mayor que la que puede levantar un hombre solo. Un equipo puede construir automóviles más deprisa y mejor que un hombre solo, y el pan proveniente de una gran fábrica, es más barato y más uniforme. Cuando nuestro alimento, nuestro vestido y nuestro abastecimiento, nazcan todos en las complicaciones de la producción en serie, ese método se aposentará en nuestros cerebros y eliminará cualquier otra forma de pensar. En nuestra época la producción en masa o colectiva se ha introducido en la economía, en la política e incluso en la religión , hasta el punto que algunas naciones han sustituido la idea de dios por la idea colectiva. Esto es el peligro de nuestra época. Hay una gran tensión en el mundo, una tensión creciente hacia un punto de ruptura, y los hombres se sienten desgraciados y confusos.

En una época como esta, me parece bueno y natural hacerme las siguientes preguntas: ¿En qué creo? ¿Por qué debo luchar, y contra que debo luchar?

Nuestra especie es la única especie creadora, y posee solamente un instrumento de creación: la mente y el espíritu individuales del hombre. Nunca se crea nada por dos hombres. No existen buenas colaboraciones cuando se trata de música, arte, poesía, matemáticas o filosofía. Después que ha tenido lugar el milagro de la creación, el grupo puede adaptarlo o extenderlo, pero el grupo nunca inventa nada. Lo raro y precioso siempre está oculto en la mente solitaria de un hombre.

Y ahora, las fuerzas reunidas en torno al concepto de grupo, han declarado una guerra de exterminio a aquella entidad tan rara y preciosa, es decir, el espíritu del hombre. Por el menosprecio, por el hambre, por las represiones, por las imposiciones forzosas y los aturdidores martillazos del acondicionamiento, el espíritu libre y andariego se encuentra perseguido, aherrojado, embotado y emponzoñado. Es una triste carrera hacia el suicidio la que parece haber emprendido nuestra especie.

Y esto es lo que yo creo: que el espíritu libre e investigador del individuo es la cosa más valiosa del mundo. Y por esto lucharé: por la libertad de este espíritu para seguir la dirección que desee, sin dejar que se le imponga un rumbo determinado. Y contra eso debo luchar: cualquier idea, religión o gobierno que limite o destruya al individuo. Esto es lo que soy, y tal es mi empeño. Comprendo que un sistema construido sobre un molde determinado, trate de destruir el espíritu libre, porque éste representa algo que puede destruir tal sistema por medio de la crítica. Comprendo muy bien esto, pero lo detesto, y lucharé contra ello para preservar lo único que nos diferencia de las bestias incapaces de crear. Si la gloria puede ser aniquilada, estamos perdidos.

Texto de Jhon Steinbeck, introducción por Gabriele Burchielli y Carmen Ruz Rábade

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