Fronteras Europa Marruecos Tarifa Punta Oliveros
Punta Oliveros desde Puerto Bujeo ( Javier Ortega Figueiral)

Fronteras. Punta Oliveros

Punta Oliveros, término municipal de Tarifa. 14.4 km de África. Pisando tierra no se puede ir más cerca. Es un límite geográfico y una frontera. Los límites labran la conciencia y la pisada: el alma se pierde en el verdadero más allá; no se trata del cementerio sino del viaje: el más allá es lo que nos espera después de un paso más. Pero en nuestra era un poco extraña, el falso progresismo está construyendo mitos de la ausencia y de la negación, quizás en el intento de endulzar la realidad y volvernos menos conflictivos, más sumisos. Nos intentan convencer de que somos todos iguales, todos hermanos, que todos tenemos la misma dignidad, los mismos derechos. Pensamiento evidentemente falso o el mundo sería diferente, no necesariamente mejor, solo probablemente más uniformado, todos juntos bajo una misma moral, misma ética, mismo sistema, en fin, el nuevo orden mundial.

En esta gran tarea de deconstrucción de la realidad, se intenta también abatir todas fronteras con la excepción de la económica, y cuando no se consigue, se le da a la palabra un valor negativo. Amamos el viaje, el mundo y los pueblos: las fronteras existen y son hermosas, como los Alpes, los Pirineos, el Atlántico, el Guadiana, o aquí en Punta Oliveros el Mediterráneo que África y Europa acunan entre sus brazos.

Las fronteras naturales enmarcan áreas geográficas definidas, caracterizadas por la presencia o ausencia de recursos, más un clima y un entorno geográfico único. La unicidad de cada ambiente permite el desarrollo de culturas específicas que en estos entornos tienen que vivir y morir. Es verdad que en la mayoría de los casos las fronteras no son rupturas netas, sino una acumulación de cambios progresivos, con áreas intermedias en el medio, tierras francas, lugares donde las aguas se entremezclan y es difícil distinguir los confines, pero existen lugares y momentos que marcan un cambio decidido. Lo percibimos con los sentidos, en la temperatura, vegetación, colores, y con el espíritu. Existen las direcciones geográficas, las latitudes, el Norte y el Sur, existen las fronteras, existen los límites.

El tiempo labra la realidad a todos niveles y crea fronteras históricas, que nacen por la acumulación de hechos políticos, económicos, sociales y culturales. La historia compartida moldea el ser y el estar de los grupos humanos, hasta a veces levantar muros de incomunicabilidad, que impiden la comprensión, la interacción pacífica, la fusión no violenta: hay que aceptar que un mundo de paz perfecta no habrá sin la sumisión de todos a un mismo sistema. Algunas fronteras e historias, a pesar de ser solo imaginadas, acaban para imponerse con tanta fuerza como para cambiar la realidad. Hablo del mito de Covadonga para la España más católica y nacionalista, el rechazo de Roma por parte de cierta Galicia, o Castilla y los Reyes Católicos como padres de la patria. El ser humano es quizás el único animal que es capaz de alterar su propio ser y su realidad a través de la imaginación y del relato, pero esta es otra historia.

Hay hermosas fronteras lingüísticas, momentos y lugares hechos para probar tu astucia y sobre todo la habilidad de las manos, que revolotean como mariposas para dibujar palabras en el aire. Nos recuerdan que un ser humano inteligente, consigue comunicar también con una piedra, a pesar de que nunca será una piedra. Las fronteras lingüísticas, de religión y cultura influencian a todos los niveles nuestro ser y estar en el mundo. Poco importa que es por casualidad que nacemos en un sitio, y somos marroquíes, italianos o españoles, más que musulmanes, ateos o católicos, esto no quita la importancia del hecho y el rol inmenso que tiene, en construir nuestra identidad, el nacer en un lugar u otro, de una parte del Estrecho u otra, el mirar al Mediterráneo desde Punta Oliveros o del Djebel Musa. No se trata de sentirse mejor por ser de un grupo u otro, sino diferente, se trata de tener una identidad.

Hay puestos de control, militares apuntando con armas, áreas concretas regidas por un código de leyes bien definido: las fronteras políticas. Son fronteras artificiales, construidas por el ser humano, pero, a lo largo del tiempo, actúan y dejan huellas en las culturas y en las costumbres, transformando algo completamente arbitrario e irreal, una línea sobre un mapa, en realidad, hecho concreto que contribuye a crear la realidad. Son las únicas fronteras que se podría plantear de remover, pero antes deberíamos cambiar el mundo o sería un desastre.

Fronteras del tiempo y de la historia, fronteras del espacio y de la geografía, fronteras del alma y de la moral, y las más terribles: las fronteras del miedo. Por suerte las fronteras existen y se pueden atravesar o superar, como las paredes de una montaña, que ofrecen al caminante el más hermoso de los desafíos, cuya recompensa, una vez alcanzado la cumbre, es sencilla: se divisa un mundo nuevo.

Mentes finas hablan de economía y pensamiento global y sueñan un mundo sin fronteras. Yo quiero que sigan existiendo palabras que no entiendo, lugares y personas que sean capaces de provocarme, y detrás de una frontera, tierras que se abren como un misterio insoluble delante de mis sentidos y de mi espíritu: quiero sentirme para siempre extranjero, para siempre viajero.

Tarifa, Punta Oliveros, 5 de mayo 2023

Sobre tus dos entrelazados mares,

Hércules, venerada luz, ardía,

divina fuerza, sol de la aventura.

Ya el fin del mar, los límites del mundo

en ti no se encontraban.

Tú misma los borraste con tus naves,

oh clara estela del Oriente, oh soplo,

brisa inicial, anunciador camino.

Rafael Alberti, Ora Marítima (1953)

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Viaje a Edén es una progresiva liberación, una progresiva perdida de peso, el rechazo a lo innecesario, a la dura presencia de los objetos, en un intento constante de controlar el miedo hasta liberarnos; como un andar incierto que se convierte en pasos largos carrera salto: la verdad, si verdad hay, es un ademán. Estás leyendo una búsqueda, un intento de crear, encontrar o volver a un Edén, a un lugar donde ser nosotros mismos, en plenitud de cuerpo y espíritu, en armonía con el mundo, con sus ritmos, sus leyes que no se cuidan del calendario humano, siempre y solo miran al Sol.

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