Fredo señalando la dirección a seguir durante una ruta de montaña en el Alto Atlas, Marruecos
Fredo señalando la dirección a seguir durante una ruta de montaña en el Alto Atlas, Marruecos

Intuición y orientación en montaña: entre técnica y experiencia

La orientación en montaña es un hecho complejo, que no depende únicamente del mapa o de la brújula. Muchas personas acostumbradas al medio natural hemos experimentado alguna vez esa sensación, difícil de explicar, que nos permite escoger el camino sin pensarlo. Un cambio de dirección aparentemente impulsivo, una elección intuitiva entre dos pasos posibles o la sensación persistente de que el valle cae “hacia donde debería”.

¿En qué consiste realmente esta intuición? ¿Existe alguna explicación científica detrás de la capacidad para orientarse sin herramientas y sin un proceso consciente?

La respuesta es fascinante y probablemente diferente que lo que normalmente se podría pensar.

Tabla de contenido

Qué es realmente la intuición

La intuición no es una capacidad sobrenatural separada de la razón. Desde un punto de vista biológico, podríamos considerarla como una forma rápida de procesar datos basada en la experiencia acumulada.

Estamos continuamente conectados con el ecosistema, somos una de sus partes biológicas, el cerebro nunca se aísla: a cada instante analiza los estímulos que recibe del entorno. Mientras caminamos por la montaña registra pendientes, posición del sol, humedad, vegetación, dirección del viento, sonido del agua, sensación de esfuerzo, la que podría llamar la “textura” del terreno y decenas de pequeñas señales más.

La mayoría de esa información no toma la forma de un pensamiento consciente, pero el cerebro la procesa, la ordena, la almacena y la compara con experiencias anteriores. Con el tiempo, acaba creando patrones internos que utiliza para reaccionar rápidamente ante situaciones similares.

A pesar de que la intuición suele experimentarse como una conclusión inmediata que aparece de la nada, realmente es el resultado de un análisis que el cerebro ha realizado silenciosamente y que nos envía a un plano consciente.

Por qué algunas personas se orientan mejor que otras

La experiencia es la base misma de la orientación intuitiva. Cuanto más tiempo pasamos recorriendo montañas, observando el terreno y enfrentándonos a situaciones reales de orientación, más datos acumula nuestro cerebro. Y cuantos más datos relevantes posee, más refinados se vuelven sus patrones internos.

Al mismo tiempo, la experiencia aumenta nuestra capacidad de observación, que mejora decididamente la calidad de los datos. Los montañeros experimentados no observamos el paisaje igual que alguien sin práctica, detectamos detalles y relaciones que muchas veces pasan desapercibidos a los demás. En este sentido se trata un poco del “ojo del experto” que percibe al instante la calidad de un cuadro en un museo o de un potro en una feria.

Salvo que decidamos llevar ese proceso a un plano consciente, como cuando construimos mapas mentales de forma activa, ni siquiera necesitamos razonarlo conscientemente, simplemente “lo sentimos”. Insisto en que esta sensación es el resultado de cientos o miles de pequeñas experiencias acumuladas y procesada por el cerebro.

El cerebro humano está adaptado a leer el territorio

No podemos entender la orientación prescindiendo del ecosistema. Nuestra especie evolucionó adaptándose al entorno natural a lo largo de cientos de miles de años: movernos y orientarnos de forma eficiente son habilidades que hemos heredado de la biología. Baste como ejemplo recordar que algunas estructuras cerebrales, como el hipocampo, participan directamente en la creación de mapas mentales y en la orientación espacial

Aunque hoy estamos acostumbrados al uso de instrumentos como brújula o GPS, nuestro cerebro sigue conservando mecanismos muy antiguos que nos permiten leer el entorno y navegar con precisión: de alguna manera, seguimos llevando dentro una capacidad primitiva para interpretar el territorio. Por eso muchas personas se orientan relativamente bien en espacios naturales aunque nunca hayan estudiado técnicas de orientación.

La naturalidad y, diría, la animalidad, que caracteriza la orientación se nota con especial fuerza cuando nos orientamos sin instrumentos, utilizando solo la lectura del entorno natural, los mapas mentales y, por supuesto, la intuición.

Entonces, ¿podemos confiar en la intuición? ¿Cómo se integraría con las técnicas de orientación?

La intuición puede ser una herramienta realmente efectiva en montaña y en la exploración de entornos urbanos, especialmente cuando la experiencia que la respalda ha sido profunda, variada y realmente vivida.

También cuando tenemos instrumentos, como la brújula y el mapa, la intuición puede ayudarnos a elegir entre varias posibilidades. Es importante recordar que, a pesar de disponer de una brújula para medir el rumbo y de un mapa, el entorno natural, no solo el alta montaña, exige en muchos casos una buena dosis de intuición para poder avanzar. En los mapas de escala 1:25.000, por ejemplo, un escalón de roca de cuatro metros que impide seguir adelante no aparece representado, del mismo modo que tampoco lo hace un matorral demasiado denso o un puente derrumbado tras una crecida reciente que nos obliga a abandonar el sendero y buscar una alternativa. Quiero decir que el territorio no puede trasladarse de forma exacta a un mapa, y que, aunque sepamos leerlo correctamente, a veces necesitamos algo más, una herramienta adicional para seguir avanzando: la intuición.

No se trata de sustituir o prescindir de las herramientas clásicas de orientación. Brújula, mapa topográfico, mapas mentales, observación del entorno natural y la intuición deberían entenderse como un sistema integrado que puede llevar nuestra capacidad de orientación y movimiento a su máxima eficiencia.

También porque tenemos que asumir que, como todo lo humano, la intuición no es infalible. Cansancio, miedo, ansiedad o exceso de confianza pueden distorsionar nuestra percepción. Además, el cerebro humano también es capaz de detectar patrones donde realmente no existen. Es por esta razón que, quizás, el problema principal, a la hora de trasladar todo esto a una situación real, es confiar en nuestras propias intuiciones o entender cuando la mente nos está haciendo una mala jugada.

Recuerdo en concreto uno de mis primeros viajes largos con Carmen, cuando cruzamos Ponga y los Picos de Europa. Durante unos días hicimos base en San Juan de Beleño, en concreto en el pórtico de su iglesia; allí dejábamos las mochilas con el grueso del material y hacíamos rutas circulares o de ida y vuelta, completadas con tramos de autoestop.

Una tarde salimos a buscar setas. Yo, más preocupado por encontrar boletus, no me fijé en absoluto en el camino, convencido de que Carmen estaba pendiente de todo. Carmen por su parte, hizo lo mismo, segura de que estaba yo estaba pendiente. Cerca del atardecer, al salir del bosque, nos encontramos en un amplio pasto totalmente desconocido. Miramos alrededor y Carmen dijo en seguida: «creo que deberíamos tirar a la izquierda». Estuvimos hasta el caer de la noche intentando razonar si su intuición era la correcta. Al final, regresamos en plena noche, ayudados por los frontales, pensando todo el tiempo que la primera intuición había sido la buena.

Carmen orientándose intuitivamente en el monte durante una exploración en Ponga
Carmen en aquella tarde de exploración en Ponga

Conclusión

Demasiadas veces reducimos la orientación a algo puramente técnico: coordenadas, rumbos y mapas. Yo la vivo y la pienso como una relación entre nosotros, como seres biológicos, y el ecosistema del que somos parte. En este contexto instinto e intuición se completan y se integran a la lógica y el estudio.

También la orientación es movimiento, y en el monte muy pocas veces podemos seguir rumbos rectos o avanzar exactamente en la dirección que queremos. Se trata de vadear ríos, superar paredes o barrancos, encontrar cobijo o lugar de acampada, abastecernos de agua o escapar de una tormenta. Cuando la orientación sale de los manuales la intuición juega un papel fundamental.

Experiencia, observación, deducción lógica y procesamiento intuitivo forman parte de una capacidad profundamente humana que, aunque hoy parezca olvidada, sigue acompañándonos cada vez que volvemos a la naturaleza; solo tenemos que recordar.

Texto y fotografías por Gabriele Burchielli

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