Una madre u una hija se miran, parecen que la madre le está diciendo algo y la niña escucha atenta.
(Autor: Tobias Mayr @flickr)

Rutinas, infancia y el precio del control

Una reflexión sobre cómo la rutina influye en la percepción del tiempo y en la forma en que vivimos la infancia y la vida adulta. La repetición estructurada del tiempo puede acelerar la experiencia subjetiva y desplazarla hacia el control, alejándola de la vivencia directa.


Hay meses que se escapan sin dejar huella; semanas que parecen haberse comprimido en unas pocas imágenes borrosas. Uno siente que el tiempo ha pasado deprisa, demasiado. ¿Qué ha ocurrido?

Tal vez no es tanto lo que ha pasado, sino cómo ha pasado. Cuando la secuencia de acciones es conocida, cuando los días se repiten sin sorpresa, el tiempo se vuelve una cinta que corre rápido. Predecible, sí; cómodo, quizá. Pero también fugaz.
En cambio, cuando no sabemos qué traerá el día , cuando hay espacio para la incertidumbre, para el cambio, para lo inesperado, el tiempo adquiere otra textura. El día cunde. El mes se ensancha. La vida se vuelve más presente.

Nos dicen que los niños necesitan rutinas predecibles para sentirse seguros. Que así pueden anticipar, controlar, saber. Que la repetición les da estabilidad.

Y puede que sí: hay algo tranquilizador en el saber qué vendrá. Algo que ordena.
Pero también cabe preguntarse: ¿es esta una necesidad genuina del niño… o una necesidad del sistema? ¿Una forma de adaptar la infancia a la maquinaria adulta, para que encaje, no moleste, no desborde?

Porque en ese empeño por programar el tiempo infantil , con rutinas, horarios, no solo estamos moldeando su presente: también estamos construyendo el adulto que será. Un adulto que sentirá ansiedad cuando no tenga el día planificado. Un adulto que se sentirá culpable por no ser productivo. Un adulto que confundirá control con seguridad… Y que vivirá los días como trenes que pasan, sin bajarse en ninguno.

Tal vez sea ese el mayor daño: que en lugar de enseñarnos a habitar el tiempo, nos enseñaron a ocuparlo. A llenarlo. A administrarlo. A obedecerlo. Nos alejaron del tiempo de nuestra naturaleza, del pulso interno, del instinto, de nuestro cuerpo que sabe cuándo es momento de parar, de moverse, de esperar, de crear. Nos metieron en horarios; nos quitaron la escucha.

Y ahora, muchos buscamos volver. Volver a una relación más orgánica con el tiempo. A días sin cronómetro. A la intuición.
Porque si queremos ofrecer otra forma de vivir el tiempo, quizá tengamos que recuperarla primero en nosotros.

La rutina tiene su lugar, sí, pero no puede ser el centro. No puede convertirse en una jaula. Necesitamos dejar espacio al caos fértil, al cambio de planes. Porque en esos márgenes irregulares del tiempo, donde no todo está decidido, donde el día puede ser diferente y no una repetición… ahí también se enraízan la creatividad, la autonomía, el gozo. Y ahí, tal vez, el tiempo vuelva a alargarse.
A ser vivido, no solo un día más.

Pero no es fácil. Nos han entrenado para lo contrario. Para llenar agendas. Para tener respuestas. Para no perder ni un minuto.
Y sin darnos cuenta, ese tiempo “bien aprovechado” ha ido vaciando algo por dentro. Nos cuesta parar. Nos cuesta el vacío. Nos cuesta no saber…nos cuesta psicólogos, cursos, autoayudas

Si en lugar de predecir cada momento, volviéramos a habitarlo.
Si el día no fuera una línea recta, sino un campo abierto.
Si el tiempo dejara de ser una herramienta… para volver a ser un lugar.

Texto escrito por: Carmen Ruz Rábade

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