La iglesia es vieja unos 900 años. Se asienta sobre una colina de poca altura a las afueras de Villanueva de la Nía, justo en frente del cementerio. Desde el Ebro el campanario asoma como único atractivo en el paisaje del pueblo. Pocas zancadas y alcanzamos la vieja Iglesia. Está avocada a San Juan Bautista.
Llegamos a una hora cercana al atardecer, cuando los colores cambian y el espíritu se inclina un poco hacia sentimientos trémulos, indefinidos, que acercan la boca al silencio. Por la carretera no pasa un coche. Por las calles no hay gente. El viento toca los grandes copos de los chopos: es un sonido parecido al murmullo del mar, que se confunde con la voz del Ebro.
La portada de la iglesia es una sencilla adición renacentista sobre un cuerpo románico. La completa una alta y severa espadaña vagamente triangular, que dobla la altura total del edificio. Para unos viajeros sureños la espadaña es sumamente curiosa. Esta formada por un primer cuerpo macizo de planta cuadrada en el que se abren dos vanos de medio punto que acogen las primeras dos campanas. Sobre este solido cuerpo, el arquitecto apoyó un doble arco donde descansan otras dos campanas, completando luego el conjunto con un último arco solitario, más pequeño, donde alojó una campana de poco tamaño y una sencilla cruz de hierro. Desde que llegamos al pueblo las campanas nunca han tocado.
Comenzamos el lento rodear del caminante que ha llegado, no tiene nada que hacer y se entretiene con cualquier cosa que encuentra. En este caso es la Iglesia de San Juan Bautista. Otra alternativa hubiese sido tomar algo en el único bar de Villanueva de la Nia: cerró a las seis.
Es resabido como nunca la vida para de sorprendernos: hoy tendré que darle las gracias a unos vándalos. La puerta que cierra el acceso al interior de la espadaña ha sido rota. Queda medio colgada de la única bisagra que ha resistido al impacto de una probable patada. Subimos la estrecha escalera de caracol.
El último peldaño nos introduce en una curiosa estancia. Imagina una gran buhardilla cuadrada y de techo alto, con suelo de madera vieja y muros de piedra antigua rociados de polvo. Una luminosidad extraña la invade, como una penumbra dorada, un poco espesa, con olor a madera. En el muro a nuestra izquierda, o sea el que se alza sobre la fachada, están las primeras dos campanas. Al lado opuesto una pequeña abertura en el muro permite asomarse a la cubierta de la iglesia. Justo en frente de nosotros una escalera de metal, estrecha y empinada, conduce hasta una trampilla abierta, mientras que arriba de nuestras cabezas se abren dos grandes ventanas de medio punto. Dejamos las mochilas en el suelo. Subimos la escalera. Trepamos la escalera de la trampilla. Es hermoso.
El techo de la espadaña es un gran balcón abierto sobre tres lados, solo el cuarto está delimitado por los arcos que sostienen las campanas. La prominencia de la colina se suma a la altura ganada por la espadaña transformándola en una alta atalaya que domina el estrecho valle que el Ebro arrancó a las montañas. Las manchas de los campos se hunde en un suave oleaje de cerros de poca altura; su presencia no oculta el horizonte: dándole medida lo ensancha.
El viento sopla y todo ondea, mece, mueve y reaviva, hasta las laderas y los campos parecen subir y bajar al ritmo de las ráfagas, y la atalaya donde sentamos mirando, parece la proa de un barco que se pierde alegremente por los caminos del mundo: dejamos las casas del pueblo años atrás.
El sol comienza su lenta bajada por las espaldas del mundo: las últimas aves cruzan el cielo y desaparecen; el aire se vuelve húmedo y oloroso; el silencio se ensancha y han llegado las primeras estrellas; y nosotros navegamos alegres hacia el alta marea de la noche. Respiramos el frío nocturno del cielo hasta que las estrellas nos entran en el pecho. Nos miramos: pasaremos la noche en la “buhardilla” de la espadaña.
Bajamos para recoger de los alrededores buenos manojos de paja. Será nuestra cama. Volvemos a nuestro refugio, arreglamos una cama con la paja y preparamos la cena. La noche ahora es oscura, el viento silba y jadea por todas partes: comemos tranquilos, arropados por los muros de piedra, un buen arroz con la ortiga que recogimos esta tarde. La Luna, en su mitad creciente, pronto comienza su andanza nocturna. Se asoma por las ventanas, vertiendo su luz en la copa de nuestros ojos. Desde fuera los sonidos llegan, nos rodean y se confunden con sus ecos: el solitario pasar de un coche, el ladrido de un perro, la voz del río y de un ave nocturna… Velamos, absortos en la noche, compañeros de sombras y de pequeños roedores, hasta que los ojos se cierran solo. La realidad, lenta, se va a la deriva: el espíritu ha comenzado su larga y solitaria travesía por las tierras del medio que lo separan del sueño. Ondulantes, trémulas, difuminadas imágenes, toman forma en las honduras del alma y emergen, hacia la mente que se hunde: ya poco se escucha desde fuera, todo llega confuso, derritiéndose en el umbral de la conciencia. De espaldas al mundo, como mirando por dentro de los ojos, damos un último paso hacia la oscuridad. Morfeo, paciente, nos coge las manos. Mece el viento el mundo y la espadaña, pero ya no estamos aquí contigo: ahora estamos soñando.
Nota: el dibujo de portada lo realizó digitalmente un querido amigo a partir de una foto mal hecha. Aquel día estuvimos demasiado atento al latido de la vida para sacar buenas fotos… Gracias por leer



Escrito por Gabriele Burchielli
Fotografías de Carmen Ruz Rábade



comenta