Pedagoga e historiadora
Ha dirigido y diseñado programas pedagógicos en escuelas infantiles. Explora la intersección entre biología, cultura y comportamiento, buscando las claves del cambio social en los orígenes del aprendizaje.
Cofundadora del proyecto Viaje a Edén, donde investiga la relación entre educación, ecosistema y libertad personal.
Nací en verano, hace 33 años, en la misma ciudad donde me crié, y donde más tarde estudié historia: Sevilla. Recién graduada elegí otro camino, el de la educación infantil y la pedagogía, porque siempre he creído que la base de todo está en nuestros comienzos. En esos primeros años se forma lo que después llamamos carácter, y se asienta la forma en que miramos el mundo.
En mi forma de entender la historia, el individuo y las estructuras sociales que crea tienen una raíz doble: biológica y cultural. Me interesa ese momento en que todavía no estamos del todo moldeados por los patrones aprendidos y nos movemos por instinto, por una programación natural que se expresa dentro de un entorno. Observar cómo se forma el ser humano en esa etapa —cuando aún es pura curiosidad y necesidad— me ayuda a entender por qué seguimos repitiendo ciertos comportamientos, por qué seguimos generando conflictos, y también cómo podríamos aprender a construir un futuro más consciente.
Esa búsqueda me llevó a dedicarme profesionalmente a la educación infantil. Durante años estudié las pedagogías de distintas culturas y épocas, buscando comprender no solo lo que enseñamos, sino cómo enseñamos y para qué. Dirigí cuatro escuelas infantiles, ocupándome de los programas pedagógicos, la formación continua del personal y también del contenido digital y educativo de la empresa. Todo ello me permitió ver de cerca el proceso de aprendizaje, y confirmar que educar es también una forma de conocer el mundo y conocerse a uno mismo.
Mi vida se desenvolvió siempre en la ciudad; mi cuerpo se acostumbró a saltar y correr entre adoquines. Mi encuentro con la naturaleza fue tardío: la estoy descubriendo ahora, con los ojos de una niña y la libertad de un adulto. Me encanta mirar la mar, escuchar los vientos y leer el cielo; trepar, escalar, llegar a lo más alto; correr y sudar; jugar con el equilibrio, buscar equilibrio, dentro del cuerpo y fuera, en el mundo.
Hace dos años iniciamos este viaje en el que fui conociéndome. Fui enfrentando miedos y aprendí a cabalgar con ellos; entendí que siempre están ahí, que a veces asoman de nuevo, y que muchos de ellos no son míos, sino que los adquirí del mundo que me rodea. Ese fue quizás el primer paso que di en este viaje: liberarme de lo impuesto, de lo que desde niña me enseñaron sin preguntarme si era mío.
El segundo paso fue darme cuenta de mi actitud pasiva ante los desacuerdos, ante las conversaciones difíciles. Siempre había actuado llevada por la pasión del momento, con picardía, pero sin sostener mis ideas cuando el diálogo se volvía serio. Era más fácil evitar o desaparecer. Por eso, otro paso en este viaje fue aprender a enfrentar, a caminar hacia mis propios ideales, aunque no se parezcan ni se compartan con los de los demás.
El resto de pasos se van descubriendo solos, conforme caminamos. Entre ellos, el significado de pareja, de compañero, de sentirse libre con otra persona y romper cadenas juntos. Construir nuestro mundo y encontrar personas que también buscan, que viajan de alguna forma, aunque el primer viaje sea con la imaginación. En algún momento, nos encontraremos por el camino o en las páginas de Viaje a Edén.
Para todos los que tenemos inquietudes, para los que sabemos que el mundo es grande y que vale la pena luchar por lo que deseamos… este fue el último paso para colgar la mochila a mi espalda.
Buen viaje.
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