La noche está calmada, oscura. El viento se confunde con la voz del Ebro, las nubes esconden las estrellas. Entre las grandes arcadas que enmarcan la noche, el silencio se derrama como agua; bajo las bóvedas de la iglesia en ruina vuelan murciélagos, veloces, sin que puedas oírlos.
La luz de los frontales es inoportuna, como si sorprendiésemos alguien desvistiéndose: la hora quiere ocultar las formas, la luz arranca al Monasterio de Santa María de su intimidad.
Paz. Paz profunda, cálida, perfecta, inmóvil como el agua del estanque: han roto la boca al tiempo, derramado sus aguas sobre un presente retenido, suspendido, como el respiro de un pecho invadido de estupor. Está muerto el monasterio, hace tiempo que su cuerpo se va descomponiendo al ritmo lento de las temporadas. Morada de animales y plantas, su bella presencia disminuye progresivamente: las líneas de su cuerpo iban a ser absorbida otra vez por el paisaje: a la tierra volverá como todo. Pero la mano hábil del ser humano comenzó una lenta lucha contra el tiempo y el olvido. Hoy ha vencido, pero perderá, a un punto perderemos, y llegará un tiempo en que del ser humano no quedará traza. Pero con una mano gentil el restaurador ha robado a las parcas su tijera, un año, un siglo, un minuto han sido añadido a la línea.
Sin nada saber exploramos las ruinas del Monasterio de Santa María de Rioseco. La oscuridad nos hace inconscientes de las formas completas: solo percibimos pequeñas partes, aisladas porciones iluminadas por la débil luz que llevamos. La vista parcial y la ignorancia transforman el monasterio en un laberinto. Subimos escaleras, pasamos umbrales, de pronto un techo desaparece y se abre en patio; descubrimos que un edificio solo entrevisto, al acercarse se revela ya conocido; aquella construcción estaba más cerca, se hubiese alcanzado con solo rodear el muro.
Nuestro movimiento es puro, inconsciente: cuando la vista alcanza poco metros y se desconoce el lugar solo te queda entregarte al azahar, hasta que saciado de sensaciones el cuerpo y el espíritu quieren entregarse el sueño.
Preparamos un vivac en la cabecera de la iglesia: el restaurador quiso poner un suelo de madera, nuestra espaldas se lo agradecen.
De pronto gritan, fuertes y felices las aves: ¡despierta hombre, por fin el sol ha matado la noche y nos abrió otra vez los caminos del cielo! Volvemos a nuestro andar pero bajo la luz tierna y joven de la primera mañana.
El juego ahora es diferente. La vista corre libre y lejos, lejos hasta donde la luz lo permite. El juego de encaje y la lógica del edificio se hacen patentes. Visibles, los estilo y las piedras comienzan a contar su historia.
La belleza diurna transforma el monasterio. El tiempo ha despojado su cuerpo de la carne, dejando la esencia de su esqueleto: sin techos ni paredes es tan liviano ahora el Monasterio, tan abierto, el cielo le llueve por dentro y lo llena de plumas y vuelos.
En la huerta el jardín es un mosaico de olores; salvia, romero y laurel divino, familiares presencias en la cocina de madre; y al fondo del verde el verde más grande del monte y del Ebro. No se percibe ruptura, no se pueden establecer lindes: el monasterio, los montes, las encinas y el río son un lugar, un espacio unitario.
Clara, casi blanca, la roca del monasterio absorbe la claridad del sol como la arena cuando el mar la moja. Parece que gotas de su luz hayan cuajado y solidificado en las formas brillantes tallada por los canteros. Es como si todo hubiese sido dispuesto desde arriba, desde lo alto, con aquella extraña coherencia que solo puede la naturaleza, y la mano del ser humano cuando siente y quiere crear belleza.
Paso a paso salimos del Monasterio, cruzamos el Ebro y nos perdemos otra vez en la sombra acogedora del bosque.
Escrito por Gabriele Burchielli
Foto de Carmen Ruz Rábade














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