Es una necesidad para muchos, pobladores de este cansado occidente: reducir el estrés, reencontrar equilibrio, tranquilidad, volver a sentirse en armonía, en paz con el mundo y con uno mismo. Felices. Hace tiempo que el mercado se ha dado cuenta de que el espíritu es un buen negocio y que el ansia de felicidad y bienestar se pueden convertir fácilmente en productos. Y para que nadie se quede descontento y todo los segmentos de compradores queden cubiertos, el mercado ofrece formatos de todo tipo para todos los bolsillos: clases, charlas, talleres, libros, conferencias, manuales, círculos de hombres y mujeres, constelaciones familiares, piedras, inciensos, sistemas filosóficos y sincretismos menos complejos que las religiones tradicionales, junto con ciertos productos que se venden en farmacias, con o sin prescripción médica.
Junto a la venta directa de productos, el negocio de la felicidad y del bienestar tiene otra interesante faceta: las empresas están cada vez más conscientes de que un trabajador feliz es un trabajador más productivo y fiel, a pesar de que dicen comprometido, quizás para que no haya confusión con los animales de compañía. Como ejemplo recuerdo que en la nobilísima Universidad de Harward los estudiantes pueden seguir un curso sobre la felicidad impartido por Tal Ben-Shahar, gurú de la “psicología positiva”. Me pregunto si este positivo implica la existencia de un negativo.
Cual que sea el formato, el objetivo real y el fabricante, el negocio de la felicidad se basa en la idea de que la complejidad de la experiencia humana se puede reducir a fórmulas aplicables indistintamente del sujeto, o mejor dicho del cliente. El individuo, tal como una maquinaría, es una suma de procesos mecánicos, de leyes y reglas, que permiten uniformar la infinita variedad de la vida en un modelo unificado, un molde a partir del cual todos seremos personas felices. Por este mismo orden de ideas se puede reproducir artificialmente cualquier dinámica real, así que el autoestima, que deberías ganarte a lo largo de los años, de pronto se transforma en un curso y un perfecto desconocido me ahorra el esfuerzo de entablar un diálogo decente con mi pareja. De alguna forma no es nada tan nuevo. Las religiones de varias edades y latitudes han prometido lo mismo. Quizás algunas veces hasta lo han conseguido: no me extrañaría, la historia está llena de cosas curiosas.
Poniendo a un lado la picardía, el negocio de la felicidad y del bienestar, tal como lo conocemos hoy, es hijo de la mentalidad de empresa, de la fe ciega en la ciencia, en el método y en la debilidad, o voluntad de ser débil, de la cual parece padecemos. Luchar, ganar, perder, descansar entre momento y otro: vivir sin entender nada. Me temo que por cuanto molesto y fatigado pueda resultar, nadie nos puede evitar heridas y numerosas lagrimas. También se ríe mucho.
Fallar es parte del juego así como morir es parte de la vida. No tengo la culpa de ser débil (hasta cierto punto) y es legitimo buscar ayuda, pero no quiero caer en la trampa de utilizar la debilidad para justificarme escuchando a las mil voces de consuelo o redención, de pago o gratuitas. Tendré que ganarme con los dientes o la astucia mi porción de tarta sin saber porque.
Un día de estos, cuando no tengamos nada que hacer, podríamos comenzar con crecer un poco. Somos una sociedad todavía infantil, que ha borrado la paciencia de la lista de las virtudes. Pedimos todo, tal y como lo deseamos, y sobre todo ya. Es el patrón de la era de la satisfacción del cliente, un cliente que tiene poco tiempo y muchos caprichos; es el patrón de una sociedad más que capitalista monetaria, en el sentido que el dinero es su estructura portante, su amalgama (link articulo): pagad, y se os dará, un hijo, la felicidad, el amor, la amistad, la aventura, la belleza, un sexo nuevo, un viaje en órbita, una cara de hace veinte años, un libro, un pastel con su guinda, la autoestima que no supiste construir, un puesto en el paraíso, la casa, la moto, la libertad, todo, ¡todo! Pagad, y se os dará. En nuestro mundo, espero que fuera de Europa las cosas vayan mejor, nada tiene valor, solo un precio de caro a barato.
Podríamos crecer, parar de tomar ibuprofenos del espíritu, mirar al espejo y decir en voz alta que tanta infelicidad, tanta frustración, tanta rabia, tanto malestar, son las consecuencias de nuestra historia y de nuestra obra, individual y colectiva:
entorno destrozado, cuerpos envenenados, la percepción clara de como nuestro actuar cotidiano está destruyendo la tierra. La fractura ya insalvable entre nuestra biología, nacida lentamente al calor de adaptación ambiental, y los ritmos y pautas impuesto por el desarrollo tecnológico y el sistema productivo.
Nuestra mente y nuestros espíritus están hechos y programados para actuar dentro del orden de grandezas y los ritmos posibilitados por el cuerpo, de alcance limitado y cuyos cambios biológicos son lentos, un cuerpo y un espíritu que necesitan tiempo. La tecnología nos ha arrancado de la naturaleza, cambia nuestra vida a una velocidad vertiginosa, mientras que herramientas cada vez más poderosas nos hacen vivir demasiado rápido respeto a los ritmos naturales de nuestra especie.
Desde la infancia, nuestra mente está bombardeada por los estímulos artificiales, obtusamente repetidos por los medios de comunicación masiva para que seamos buenos compradores. Los ruidos asaltan la tranquilidad del sueño. Todavía con pocos años, nos obligan a estar sentados horas en las escuelas: nos cohíben el movimiento, moldean nuestra conducta, impiden cualquier libertad de ser. La educación impone patrones de comportamiento que chocan con nuestros instintos, generan una lucha diaria entre pasión y deber, entre responsabilidad y deseo.
Cuando ya adultos, nuestras existencia se desarrolla dentro de las pautas de un mundo que viaja a un ritmo no humano; esclavos de un tiempo rígido, artificial, gobernado por un reloj implacable que no se cura de nuestro estado y que no deja tiempo real para pensar, entender y entendernos.
Hablamos de sociedad, de nación, de mundo, pero no tenemos una dirección común, un plan común, un norte, ni aquel pellizco de cariño para querer el bien de los otros. Somos muchos, divididos en luchas de todo tipo, culturales, de clase, de género, de política, de armas, de… Los cimientos de nuestra sociedad están mal puestos: necesitamos destruir nuestro mundo y construir uno nuevo.
Lo que buscamos en este viaje, en nuestra vida, es una ruptura de todo los esquemas, liberarnos de la esclavitud del pasado, de la historia, de los libros, de la moral que nos han enseñado. Queremos romper todos los vínculos con el mundo tal colo lo conocimos hasta ahora. Queremos borrarlo todo, volver a un punto 0 y reconstruir nuestra vida y algún grano de mundo mirando a lo que la naturaleza hace y consigue, cuando la dejamos en paz o actuamos en ella en términos de piel y aliento. Queremos aprender a cuidar de la vida.
Puede que no haya una vía, que la felicidad es otra hermosa ilusión, que siempre seremos victimas de guerras: si no la encontraremos no será por no haberla luchado hasta el último aliento. Hoy sabemos que la sabiduría no se compra, se adquiere con la experiencia, que la cultura no está en los libros, que la felicidad y el bienestar no son productos en venta, que la verdad, si verdad hay, no son palabras: es un ademán.
Buen viaje, y buena vida
Escrito por Gabriele Burchielli y Carmen Ruz Rábade



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