Detalle de una foto de Ham, el chimpancé que enviamos al espacio
Ham, un chimpancé enviado al espacio por nuestra sed de un infinito que nunca dominaremos (Autor: NASA)

Cuando la tecnología nos arrancó del mundo

Se trata de redescubrir el mundo como seres humanos. El desarrollo tecnológico nos ha arrancado del mundo. Si por un lado el conocimiento de los procesos naturales es más hondo y preciso, por el otro esta relación se establece y se basa en herramientas que nos acercan a ordenes de grandezas que rehúyen de la comprensión real y del alcance del nuestro pensamiento.

Podremos mirar la vida a través de un microscopio, nunca llegaremos a penetrar su último secreto, solo nos estaremos alejando de la vivencia, dando vueltas en círculos cada vez más estrecho alrededor de nuestra mente. ¿El cerebro de un mamífero podría alcanzar el conocimiento que los humanos hacen propio de sus dioses?

La separación entre ser humano y mundo realizada por la tecnología, se suma a la dramática fractura entre instinto y moral, entre educación y carne, entre libertad y jerarquía. Víctimas de una actitud mental que necesita fragmentar lo demasiado grande en elemento manejables, solemos diferenciar la mente del cuerpo, y el espíritu de la mente. Pero somos un conjunto, no existimos por partes o sistemas separados. Vemos lo que el ojo nos permite, tocamos lo que la mano alcanza, cada uno escucha en función de su audición. Nacemos para ser dentro de esta medida, nacemos para ser dentro de la medida ofrecida por el cuerpo y los sentidos. Lo que llamamos mente podría encontrar equilibrio solo dentro del marco por la cual la naturaleza lo ha hecho: su propio cuerpo. El rapidísimo desarrollo que nos ha llevado desde el Neolítico a la inteligencia artificial ha de pronto lanzado al ser humano dentro de un orden de grandeza para el cual no está hecho.

No abogo a una vuelta a un estado puramente animal, sin tecnología, solo quiero que tomemos conciencia plena de como hemos pasado hace tiempo un límite que está llevándonos hacia el autodestrucción. Hemos pasado el límite, la tecnología en lugar de facilitarnos la vida, potenciando las capacidades en una medida todavía en equilibrio con nuestra esencia nos ha tirado dentro de un juego demasiado grande.

Más, hicimos todo corriendo a lo loco. La lentísima adaptación de los seres al medio, una adaptación consecuencia de millones de años, ha sido rota de golpe a través de la tecnología: no tenemos ni tuvimos tiempo para que nuestra carne se adaptase a un ritmo tan elevado.

Los más longevos entre nosotros superan apenas los 100 años pero desde nuestra boca salen palabras como eterno e infinito. Los pocos centímetros de nuestras piernas se estrellan con la anchura del mundo; el espíritu catapultado en pocas horas de un continente a otro tarda en restablecer un mínimo de equilibrio.

Deconstruir, regresar, buscar lo esencial, abandonar todo lo superfluo y fluir dentro de un tiempo más lento, más humano, es un camino posible hacia un futuro de armonía con nosotros y el mundo del que somos parte.

Restablecer un límite que pueda devolvernos la libertad liberándonos de la esclavitud de grandezas que nos aplastan, nos encadenan, impidiéndonos el libre vuelo en el tiempo de nuestra existencia. Restablecer el límite que nos devuelva un lugar entre los otros seres que pueblan el planeta, un límite que rompa la soledad en la que hemos caído.

Escrito por Gabriele Burchielli

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