Todos los lugares, aunque estén en abandono, siguen latiendo. No solo por lo que fueron, sino también por lo que son ahora: espacios detenidos, abiertos al silencio, a la contemplación y a la transformación. El albergue Luis Arias, en el Puerto de Navacerrada, está deshabitado desde hace años. Devorado por el polvo y la humedad, es ya una ruina amable, que no impone ni asusta. Invita a estar.
Antes de cruzar el umbral de un lugar abandonado, los primeros minutos están llenos de una inquietud nerviosa. Pero al pisar el suelo, poco a poco, todo vuelve a la calma. Y así ocurre. Una vez dentro, el aire se vuelve denso, pero no oprime. Pesa menos que el silencio del exterior. Nos acostumbramos rápido al crujir de la madera, al olor a humedad, a la luz que entra por las grandes ventanas y da figura y forma al polvo. Y como en todo lugar abandonado, llega esa curiosa serenidad de quien se sabe testigo, no intruso, y el lugar comienza a contarnos su historia.
En el albergue Luis Arias escuchamos las voces de las familias, de los campamentos de jóvenes que llegaban con ilusión: Era la primera vez lejos de casa. Se juntaban todos en el salón principal en torno a la gran chimenea que, aunque sin fuego, todavía guarda la memoria de aquella cálida atmósfera: conversaciones frente a las llamas, manos calentándose tras una jornada de nieve.

En otra sala de la primera planta, las antiguas cocinas, revelan su vida pasada en las superficies de las encimeras y en los ennegrecidos hornos. Hay belleza en esos rastros. Todo en su quietud dibuja lo que fue una cocina viva, donde se cocinaba para muchos. Las puertas de madera medio abiertas, despensas vacías y un viejo calendario que marca el comienzo del otoño. Nos detenemos ahí, imaginando el bullicio, las conversaciones entre fogones, el calor que desprendían. Un rincón donde aún parece flotar el aroma de lo cotidiano. Ahora todo está detenido, y sin embargo, no muerto: es como si el lugar respirara más lento, a otro ritmo, a otra frecuencia que el ojo humano no ve.



El crujir de la escalera nos acompaña hasta el primer piso, donde la cal cuelga del techo a lo largo del pasillo y que nos lleva a unas habitaciones sencillas: pequeñas estancias con camas ya ausentes, pero con los radiadores aún colgados en la pared, como si esperaran el invierno. Aseos compartidos con huellas que marcan el lugar donde hubo azulejos, espejos que resisten, y el silencio, que lo envuelve todo como una manta gruesa.


Y con cada rincón cargado de luz volvemos a bajar la escalera, de nuevo en la entrada atravesamos el umbral pero ahora rememorando el sitio que acabábamos de pisar. El lugar nos habitó, habitó nuestra alma y nuestro pensamiento. El albergue Luis Arias dejó un poco de su historia en nosotros. Así son los espacios abandonados, habitados en otro tiempo y que, con los años, pasan a habitar el pensamiento de quienes lo atraviesan. Como si el abandono les hubiera otorgado un lenguaje y nos acompañan después, como una sombra de la memoria. No son lugares perdidos, sino semillas de un tiempo pasado que germinan dentro de quien se atreve a mirar. Ocurre también con la leprosería de Trillo o con Perlora, fragmentos dormidos de un relato que sigue hablándonos si nos detenemos a escuchar.

Texto escrito por Carmen Ruz Rábade
Fotografìas: Carmen Ruz Rábade y Gabriele Burchielli



comenta