A más de 1.800 metros de altitud, donde la Sierra de Guadarrama une Madrid con Castilla y León, el Puerto de Navacerrada languidece. Lo que durante décadas fue un enclave vibrante de actividad social, educativa y deportiva, hoy es un paisaje desolado: edificios cerrados, carteles oxidados, ventanas tapiadas y tejados rotos. La escena parece sacada de un tiempo suspendido, pausado que poco a poco devora el abandono.
El puerto de Navacerrada fue testigo de historias vinculadas al montañismo y la educación en la naturaleza. Hoy, en cambio, la pregunta se impone: ¿qué pasa cuando se construye sin plan y se abandona sin pudor?
Tabla de contenido
- Del paso ganadero al turismo ilustrado
- El esquí, las sociedades alpinas y el tren en el puerto de Navacerrada
- De la afición al negocio: el auge de TAGSA
- La cúspide del exceso
- El principio del fin del Puerto de Navacerrada
- La privatización de la estación de esquí del puerto de Navacerrada
- Conclusión
Del paso ganadero al turismo ilustrado
Ya hace siglos que el puerto de Navacerrada se usó como paso de montaña y de ganado, aparece documentado por primera vez en el siglo XIII. Era una senda modesta, utilizada sobre todo por los pastores. No fue hasta 1778 cuando, por impulso de Carlos III, se proyectó la carretera hacia La Granja, trazada por el arquitecto Juan de Villanueva, que colocó el puerto de Navacerrada como nuevo punto de conexión entre Madrid y Segovia.
La obra duró diez años. A partir de entonces, el puerto de Navacerrada se convirtió en lugar de paso habitual de monarcas y ministros que hacían alto en la fonda del puerto, donde cambiaban caballos o comían antes de cruzar la sierra.
A partir de 1875 un grupo de ingenieros de montes y naturalistas comenzaron a frecuentar el puerto como punto de partida para explorar Guadarrama. En los años siguientes, el lugar recibió a figuras como Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, para Giner de los Ríos y sus alumnos la sierra de Guadarrama fue un lugar de enseñanza y aprendizaje, la naturaleza como maestra de vida.
La sierra empezó así a dejar de ser un espacio salvaje o inhóspito para convertirse en un territorio de contemplación, conocimiento y deporte.

El esquí, las sociedades alpinas y el ferrocarril en el puerto de Navacerrada
En 1907 se fundó el Club Alpino Español, que instaló su residencia en el Puerto de Navacerrada, lindando con la carretera Madrid-Segovia . A partir de entonces, la afición al esquí se extendió rápidamente entre los madrileños, y la sierra de Guadarrama comenzó a llenarse de aficionados cada invierno.
La Sociedad de Alpinismo Peñalara y otras entidades deportivas empezaron a organizar excursiones, encuentros y actividades en el entorno del puerto de Navacerrada. La llegada masiva de visitantes hizo evidente la necesidad de mejorar los accesos.
Así, en 1923 se inauguró el ferrocarril de Guadarrama, que conectaba Cercedilla con el Puerto de Navacerrada. Fue una auténtica revolución. En paralelo, se construyeron numerosos refugios deportivos en las zonas altas. Se abría oficialmente la puerta al turismo de masas en la montaña.

De la afición al negocio: el auge de TAGSA en el puerto de Navacerrada
En los años 50, la empresa TAGSA (Transporte Aéreo Guadarrama S.A.) se hizo con la concesión de la zona y construyó los primeros remontes mecánicos. Fue el inicio de la estación de esquí tal como la conocemos hoy. El modelo de explotación se centró en atraer al mayor número de esquiadores en el menor tiempo posible, sin atender al impacto ambiental, paisajístico y el futuro de la zona a largo plazo.
La urbanización fue rápida y caótica. Se construyeron albergues, hoteles, residencias en la zona alta del puerto de Navacerrada, sin planificación, en un entorno hasta entonces relativamente virgen. La montaña, convertida en producto, pasó a ser explotada con urgencia.

La cúspide del exceso
Los años 60 y comienzos de los 70 fueron la época de mayor esplendor . Con cinco telesillas y tres telesquís funcionando a pleno rendimiento, se llegaron a contar en un solo día más de 6.000 coches y 100 autobuses en los accesos. En total, unas 20.000 personas podían concentrarse en el puerto y sus alrededores en un fin de semana.
A finales de los 60, la promotora Fama Industrial S.A recibió autorización para levantar los primeros bloques de apartamentos en la zona baja del Puerto de Navacerrada. Se levantaron sin ningún criterio paisajístico. Las construcciones proliferaron: la residencia de Educación y Descanso, el Albergue Juvenil Francisco Franco, las residencias militares y varios hoteles y hostales.
El paisaje urbano se transformó en cuestión de años. El paraje natural fue sustituido por un entorno urbano de baja calidad, saturado y sin alma.

El principio del fin del Puerto de Navacerrada
A finales de los 60, comenzaron los signos de decadencia. La apertura de estaciones cercanas como Valcotos y Valdesquí, así como la mejora de las comunicaciones hacia Sierra Nevada y los Pirineos, hizo que el esquí en Navacerrada perdiera atractivo.
La estación no supo adaptarse. En 1981, la Diputación de Madrid compró TAGSA, que ya estaba al borde de la quiebra. En 1984, la empresa pasó a formar parte de la recién creada Comunidad de Madrid, bajo el nombre de Deporte y Montaña S.A.
Lejos de reconvertir o repensar el modelo, se intentó mantenerlo a flote. En 1993, se lanzó un ambicioso y polémico proyecto: el Plan de Ecodesarrollo de la Sierra de Guadarrama, que proponía ampliar remontes, construir un aparcamiento subterráneo y un túnel- carretera bajo la sierra para descongestionar las carreteras masificadas de coches. Solo se ejecutó la instalación de 58 cañones de nieve artificial en la estación de esquí del Puerto de Navacerrada.
El impacto ambiental y el rechazo social fueron enormes. Pero la estación sobrevivió.

La privatización de la estación de esquí
En 2006, la Comunidad de Madrid decidió vender la estación de esquí del Puerto de Navacerrada a manos privadas, marcando un punto de inflexión en su historia. Provocó una serie de cambios significativos que afectaron tanto a la economía local como al medioambiente, generando un intenso debate sobre el futuro de la estación que supuso:
Un cambio de rumbo económico
La venta de la estación a la empresa Inversiones Río S.L., vinculada al grupo Sacyr, se realizó por un precio simbólico de 328.700 euros, una cifra que hoy en día resulta sorprendente, considerando la ubicación y el valor del terreno. A pesar de la venta a bajo coste, los nuevos propietarios comenzaron a invertir en modernizar las instalaciones, con la instalación de nuevos sistemas de nieve artificial y mejoras en los remontes y otras infraestructuras. Esto permitió que la estación fuera más moderna y accesible, atrayendo tanto a esquiadores novatos como expertos.
Sin embargo, a pesar de las inversiones realizadas, los resultados financieros no fueron tan rotundos como se esperaba. Aunque se incrementó la modernización, los beneficios se mantuvieron relativamente modestos, con un balance que no superaba los 30.000 euros anuales, un panorama lejos de las expectativas de rentabilidad que se habían anticipado al inicio de la privatización.
Un fuerte impacto medioambiental
Uno de los puntos más controvertidos de esta privatización fue, sin duda, el impacto medioambiental. La estación de esquí del Puerto de Navacerrada se encuentra en pleno corazón de la Sierra de Guadarrama, un parque nacional protegido que, en los últimos años, ha visto cómo el cambio climático afectaba de forma directa la cantidad y calidad de nieve que se ha reducido un 25% desde 1970. Las temperaturas han aumentado casi 2 grados en las últimas décadas, lo que ha reducido la viabilidad de las actividades de nieve en la zona.
El cierre de pistas y controversias
En 2021, la situación dio un giro inesperado. El Ministerio para la Transición Ecológica decidió no renovar la concesión de varias pistas de esquí, como las de El Bosque, Escaparate y Telégrafo, debido a su impacto medioambiental. Esta decisión, aunque apoyada por grupos ecologistas, causó un gran malestar entre los trabajadores de la estación, que vieron cómo hasta 200 empleos directos e indirectos se perdían.

Conclusión
En el puerto de Navacerrada prima el desorden, deterioro y el desinterés institucional. Buena parte de sus instalaciones están marcadas por el abandono. El Albergue Luis Arias, cerrado desde 2019, fue durante décadas un espacio de acogida para jóvenes, escolares y grupos de montaña. La Residencia del Club Alpino Español que recogió relatos y hazañas de conocidos alpinistas está abandonada y en ruinas desde 2002. Otros edificios esperan su suerte entre escombros y grafitis.
Respondiendo a la pregunta que encabezaba esta entrada: ¿Qué pasa cuando se construye sin plan y se abandona sin pudor?. Construir sin plan es actuar sin horizonte. Abandonar sin pudor es renunciar a la memoria, a la responsabilidad, y a la oportunidad de hacer las cosas mejor. El resultado no es solo estético o ecológico, es político y social: se degrada el territorio y se debilita la confianza en lo que las instituciones pueden ofrecer a largo plazo. Un caso similar y víctima de la incapacidad política fue la piscina de Pesués (Cantabria).
Navacerrada no necesita volver al pasado, aún puede ser “algo”, algo nuevo que aprenda de lo anterior: un espacio para la educación, la transición ecológica, la movilidad sostenible, el contacto respetuoso con la montaña. Porque lo que está en juego no es solo un puerto ni una estación. Es la forma en que queremos habitar los lugares que compartimos.
Texto escrito por Carmen Ruz Rábade



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