Foto blanco y negro de una madre con bebé
Noah (© Hugo Gomes on flickr)

Madres, comadronas y expertos: el control social de la Maternidad

Este escrito está dedicado a todas aquellas personas que, a lo largo de la historia y en el presente, han dedicado sus saberes y su amor al cuidado de la vida desde sus inicios. A las comadronas, que con sus manos guiaron a tantas mujeres en su viaje de crear vida. A las madres, que han sido el corazón de este proceso. Y a quienes cuestionan un sistema que muchas veces olvidó la esencia de lo humano.


El proceso de parir y criar a un hijo ha sido, desde tiempos inmemoriales, un acto profundamente humano y cultural, mucho más allá de su dimensión biológica. En cada rincón del mundo, las culturas han interpretado y acompañado este acontecimiento, creando prácticas que, aunque diversas, perseguían un objetivo común: asegurar el bienestar de la madre y del recién nacido.

En ese espacio de conocimiento y acompañamiento, las figuras femeninas desempeñaban un papel crucial. A lo largo de los siglos, las comadronas, sabias y experimentadas integrantes de las comunidades, se encargaban de guiar en el complejo proceso del parto. A través de su experiencia y saberes, estas mujeres ofrecían un trato cercano y empático, adaptado a las exigencias individuales de cada caso, esencial para la salud física y emocional de la parturienta, a la vez que fomentaban el tejido social.

Sin embargo, con el avance del siglo XIX y tras la revolución industrial, que ya había transformado la escuela y la educación, surgió un nuevo tipo de experto: el pediatra y el puericultor, quienes, respaldados por la autoridad de la ciencia, cuestionaron los métodos tradicionales del parto y la crianza.

El control sobre los cuerpos gestantes pasó a considerarse una necesidad social, y los médicos aseguraron que sus nuevos procedimientos científicos eran más eficaces, para las madres y los niños, que los conocimientos transmitidos por las comadronas y el instinto natural de la parturienta.

Así, la figura de la comadrona fue desplazada paulatinamente por la del profesional médico, que asumía el cuidado de la madre y del hijo por separado, acentuando la división entre sus experiencias y roles. Lo que la naturaleza quiso como binomio inseparable por milenios de evolución, fue dividido por el hombre a través de una ciencia recién creada.

Un ejemplo claro de este proceder nos lo ofrece la mastitis. En los casos de mastitis los médicos no trataban el malestar como un conjunto madre-hijo, originado por una serie de complejos factores como la postura de la lactancia, poco tiempo de succión, poco tiempo de descanso, frenillo o sobrecarga emocional. Simplemente, como nunca se había hecho antes, aconsejaban abandonar la lactancia para curar la infección y un biberón de fórmula para el lactante. Hoy día es sabido que la lactancia ayuda a curar y evitar esta infección antes curada con el corte de la leche. El trato cercano de los médicos brillaba por su ausencia, el interés real para el conjunto-madre hijo era inexistente y los conocimientos científicos lejos de ser infalibles.

En ese mismo período, el lugar donde ocurría el parto sufrió un cambio radical. El espacio privado del hogar, del cual la mujer era dueña, dejó de ser considerado adecuado para la llegada de un nuevo ser al mundo. El territorio íntimo del dormitorio fue reemplazado por el hospital, un ámbito público donde las mujeres perdieron privacidad, poder y autonomía sobre sus propios cuerpos.

Este cambio no solo afectó la ubicación del parto, sino también la forma en que se gestionaba el tiempo para parir. En casa, el ritmo del nacimiento seguía el curso natural del cuerpo de la embarazada y del día. Por contra, en el hospital, el reloj se convirtió en un instrumento fundamental para definir mecánicamente y científicamente el proceso del parto. Se empezó a medir cada contracción, cada momento con exactitud, los protocolos médicos dictaron, de forma arbitraria, cuánto debía durar cada fase del parto. Ya no era la persona gestante quien marcaba el ritmo, sino un sistema normativo que intervenía para reducir el dolor y agilizar el proceso, un sistema en que todos los cuerpos tenían que adaptarse a las normas establecidas por la ciencia.

No solo les bastó con definir cuánto debía durar cada fase del parto, los médicos se encargaron de hacer intervenciones como la administración de oxitocina para acelerar las contracciones, o la decisión de realizar una cesárea si el parto no seguía el ritmo establecido.

En definitiva se impuso la idea de que “la naturaleza” debía ajustarse a un protocolo científico y que el conocimiento recién adquirido por el médico, prevalecía sobre el conocimiento intuitivo de la madre, codificado por la naturaleza durante millones de años y a través de la selección. En este contexto el saber de las comadronas, creado por una larga experiencia y transmitido a través de numerosas generaciones, no tenía lugar.

Con la llegada de los años cincuenta, se introdujeron cambios aún más drásticos en la crianza infantil. La madre dejó de ser vista como la cuidadora natural de sus hijos para convertirse en una “profesional de la maternidad”, sujeta a las reglas de los nuevos expertos: psicólogos, pedagogos, médicos, cursos y revistas especializadas. Estos nuevos “sabios” dictaban cómo debía educar, alimentar, vestir e incluso jugar con sus hijos. Con ello, el cuidado infantil dejó de ser un acto personal y familiar para transformarse en un ámbito dominado por la ciencia y la normativa. La figura materna, que había sido el núcleo del proceso reproductivo y educativo, quedó subordinada a las reglas impuestas por los expertos y los nuevos paradigmas científicos.

A pesar de ello, este modelo de “madre profesional” entró en conflicto con la realidad social. Las mujeres, transformadas en profesionales de la maternidad y la crianza, debían reincorporarse al trabajo casi inmediatamente después del parto, como si cuerpo y mente pudieran adaptarse sin dificultades. La supuesta conciliación entre trabajo y familia, tan promovida, resultó ser en muchos casos una ilusión que ignoraba las verdaderas necesidades físicas, emocionales y psicológicas de las madres. Este nuevo modelo no solo las enfrentaba a la paradoja de asumir una doble carga —en el hogar y el ámbito laboral—, sino que también les exigía renunciar al tiempo necesario para su propio cuidado e intimidad. De este modo, la maternidad, lejos de ser protegida y respetada, se redujo a un conjunto de expectativas de eficiencia y productividad, despojándola de su carácter humano y transformándola en un desafío casi imposible dentro de un sistema insensible a las complejidades del proceso y sus impactos a largo plazo.

Así, el parto y la crianza, que en sus orígenes fueron procesos comunitarios guiados por saberes femeninos, pasaron a estar bajo el control de una creciente burocracia médica y educativa de carácter masculino. La intromisión de la ciencia en el parto implicó una transformación violenta de un proceso natural que fue reducido a un acto productivo, regido por los intereses de un sistema que prioriza la eficiencia y rentabilidad.

El parto, en lugar de ser una experiencia única y personal, pasó a ser un eslabón dentro de una cadena que se ajusta a tiempos y protocolos preestablecidos, despojando a la madre y al niño de su protagonismo. La humanidad fue transformada en piezas de un engranaje: el nacimiento ahora es un componente más de un sistema que optimiza cada aspecto de la vida según un criterio funcional.

Autora: Carmen Ruz Rábade

Escena de parto sobre una placa de mármol proveniente de Ostia Ántica
Escena de parto sobre una placa de mármol proveniente de Ostia Ántica (Autor: wellcomecollection.com)

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