Quienes fuimos y quienes luchamos por ser

Nací en verano, hace 31 años, en la misma ciudad donde me crie, y donde más tarde estudié historia, Sevilla. Recién graduada elegí otro camino: la educación infantil y la pedagogía, creo que la base de todo está en nuestros comienzos.

Cuando algo me pareció bueno me lancé, a veces salió bien, cuando no, nunca pensé que hubiese podido pasar si no lo hubiese hecho. Me cuesta escuchar las críticas de las personas que tengo cerca y reacciono mal, algo contra lo que lucho. Soy muy expresiva, las cosas se leen rápido en mi cara.

Hace un año dejé el tabaco, y todavía, mi cerebro canalla, de vez en cuando me recuerda lo que sentía cuando fumaba. Siempre tuve afición a los bares, por los encuentros y el estar juntos, el olvidarme un poco de yo.

Me crie en una ciudad, mi cuerpo se acostumbró a saltar y correr entre adoquines, mi encuentro con la naturaleza fue tardío: la estoy descubriendo ahora, con los ojos de una niña y la libertad de un adulto. Me encanta mirar la mar, escuchar los vientos y leer el cielo; trepar, escalar, llegar a lo más alto; correr y sudar; jugar con el equilibrio, buscar equilibrio, dentro del cuerpo y fuera, en el mundo.
Cuando salí para este viaje, cargué la mochila con todos mis miedos, pánico en la oscuridad, tensión cerca de un animal, vértigo al mínimo vacío y otros. Ahora ando de noche con frontal puesto pero apagado; no escapo de las vacas, les doy pan cuando las cruzo; comencé a ganar cumbres casi gateando, luego llego el placer de una pisada segura; y con los otros sigo hablando.

Carmen

Tengo 44 años, en la vida he sido estudiante, fontanero, policía, camarero, músico, pastor, guía, viajero, y enésimo poeta que deja versos a los amigos y sueña con cambiar el mundo a golpes de palabras. A nada me entregué con la convicción necesaria, siempre, poco antes de llegar, daba la vuelta atrás, víctima del miedo o del amor, o simplemente por no creérmelo: mis sueños han quedado cojos. Por eso a veces me pilla una tristeza inquieta, esta nostalgia por algo solo imaginado y nunca vivido, seguida de una extraña sensación de prisa, como si el último tren estuviese a punto de partir y yo todavía liado en cerrar la maleta y salir de casa; es como si no aceptara del todo lo vivido y buscase con cierta ciclicidad algo parecido a una redención o un mínimo de sentido a todas estas idas y vueltas, condenado a oscilar entre alegría y arrepentimiento.

A pesar de todo, puedo extraer de esta confusión días de extrema belleza, sentirme yo, nadando, ola antes y luego la mar entera; despertarme de pronto de un extraño aturdimiento con la sensación que mi alma se había escapado del cuerpo para convertirse en paisaje, horizonte, mundo; o percibir la libertad como un latido constante y acogedor, parecido en sonido al fluir de mi sangre. Cuanto es sugestión y cuanto realidad no consigo decirlo y se me hace difícil dar un juicio concreto sobre mi vida.

Mi ética es sencilla: creo la libertad condición previa y anterior para que existamos, sin la posibilidad de elegir y determinarse no hay seres humanos; nunca me planteé un compromiso, siempre acepté las consecuencias éticas y morales de este exceso, pocas veces tuve valor bastante para actuar acorde a este pensamiento.

Juzgo sin rabia a mí y a los demás, quien no juzga no toma posición, pero rehúyo del condenar por saber bien que alguien podría pedir que pague por mis faltas. La coherencia es un problema que me preocupa cada vez más, me parece a menudo que la filosofía que aplicamos a nuestras vidas tiene como objetivo justificar conductas poco comprensibles. Esta incongruencia entre acción y pensamiento ha estallado poco antes del comienzo de este viaje, ahora lucho a diario contra la hipocresía, mía y tuya; por favor, no me pregunte por el resultado de esta lucha.

Amo a las palabras, pero son fáciles, demasiado: la verdad, si verdad hay, es un ademán. Me gustan los sabores fuertes y sencillos, queso viejo, carne, café y vino; caminar con rumbo incierto; la mar y los faros; el divagar infinito en compañía de un buen amigo. Tengo culto del cuerpo, algo casi griego, y me resulta complicado separar lo espiritual de lo carnal; admito que tuve una adicción casi patética para los dulces, y luché largo tiempo para dejar el tabaco, por el cual tengo profunda nostalgia. Quiero a las personas y no aguanto a la gente. Soy más curioso que un gato. Ahora mismo en camino hacia mí y no acepto vuelta atrás, cuando me entran dudas me las trago con el vino.

Gabriel

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