Foto color. Faro de Tarifa al atardecer desde el camino principal. Creative Commons atribución 4.0 internacional
Faro de Tarifa desde el camino principal (Viaje a Edén)

El Faro de Tarifa: luz de la última frontera

El Faro de Tarifa ilumina las largas noches de la última frontera de Europa, del límite extremo de una historia y de un mundo: aquí el más allá es la Grande África. Dedicamos este breve escrito a todos los viajeros que han cruzado sus caminos con el nuestro, y que, a pesar de todo, siguen amando a Tarifa y su Gente. Queremos también agradecer a Juan Antonio Patrón Sandoval, que conocemos solo a través de las páginas de sus hermosos libros sobre la Isla de Tarifa: estos libros han sido la cantera de donde extraímos los ladrillos para levantar la historia del Faro de Tarifa.

Historia del Faro de Tarifa

La construcción de la Torre Almenara

La historia del Faro de Tarifa comienza durante el reinado de Felipe II. En aquel entonces las hermosas costas de Cádiz todavía no estaban asaltadas por turistas, sino por piratas, que buscaban carne fresca para los mercados de esclavos. Duele decirlo, pero, durante miles de años, la fuerza motriz del mundo ha sido sangre humana. También, desde un punto de vista militar, el Estrecho de Gibraltar, única puerta de agua al Mar Mediterráneo, tenía una enorme importancia estratégica, que, en caso de guerra, lo pondría en la mira del enemigo. Para asegurar una mejor defensa de la costa, Felipe encargó la construcción de nuevas torres almenaras que respaldarían a las ya existentes Torre de la Peña, del Rayo y del Pedregoso. En 1577 el director de fortificaciones Luis Bravo de Lagunas inspeccionó las costas del Estrecho y que dejó la orden de construir 3 nuevas torres almenara, entre ellas una “atalaya en una isla que está delante de Tarifa”.

Para los amantes del idioma: el origen de la palabra “almenara” es árabe, y deriva de «al-manarah», que significa el faro, donde «nar» es fuego. Es curioso cómo, a veces, los nombres de personas y lugares sean un presagio del destino que espera detrás del mañana, pero estas son solo sugestiones románticas… Lo del fuego hace referencia a la costumbre de encender fuegos en las torres vigías para comunicar a los otros puestos de vigilancia la presencia del enemigo.

Volvemos al Faro de Tarifa. Los trabajos para la construcción de la torre almenara, que será el Faro de Tarifa, empezaron solo en 1588, bajo el proyecto y dirección del ingeniero Juan Pedro Livagote. El coste  recayó sobre Fernando Enríquez de Ribera y Portocarrero adelantado mayor de Andalucía y II Duque de Alcalá, ya que en aquel entonces Tarifa estaba dentro de su señorío. De las tres torres almenaras que se realizaron, la de la Isla de Tarifa era la más grande, rondaba los 17 metros de altura y tenía un diámetro de 10 metros en la base. Su tamaño permitió dotarla de artillería. La estructura era simple y elegante, un tronco de cono en cuya base presentaba alambor, o sea un engrosamiento inclinado que tenía función de reforzar la estructura y, de paso, impedir que maquinarias de guerra pudiesen acercarse demasiado al muro permitiendo al enemigo de escalar la torre. Conformaban el interior dos cámaras abovedadas sobre dos niveles, que se comunicaban por medio de una escalera de caracol. Las cámaras se abrían hacia el exterior por dos puertas-ventanas orientadas hacia sudeste. La escalera estaba iluminada por dos tragaluces defendidos por sus respectivas ladroneras.

Los primeros ocupantes de las torres tardaron unas décadas en llegar. Había un artillero y tres guardas, pero a menudo se hallaban dificultades para encontrar gente que quisiese trabajar en tan expuesto, peligroso y solitario lugar, quedándose la torre con poco o ningún personal. Cuanto a Tarifa no le iba nada mejor, con pocos soldados, un castillo en ruina y la amenaza constante de ataques enemigos, la que hoy es una localidad turística frecuentada y a la moda, fue un lugar con pocas risas y muchas dificultades. En esta tierra desolada, en los confines del país y del continente, la Torre de la Isla se levantaba solitaria frente a las amenazas.

Pasaban los años, la corona planeaba grandes proyectos para reforzar la defensa de Tarifa y de su Isla, pero nada hacía. La espera fue larga, casi dos siglos: fue solo durante el reinado de Carlos IV que comenzaron aquellos trabajos que con el tiempo transformarían la Isla de Tarifa en una fortaleza en medio del mar, y su Torre Almenara en el bello Faro en los confines de Europa.

Con la Real Orden del 9 de marzo del 1798, Carlos IV daba pie a la construcción de tres baterías de artillería con edificios anexos y ordenaba de apoyar con gracia y cuidado una hermosa linterna en la torre almenara de la Isla: pronto una maquinaria de guerra se transformaría en el bello Faro de Tarifa, esperanza de los navegantes y seducción de viajeros.

De guerrera a guardián

Los primeros dos proyectos para la transformación de la Torre Almenara en el Faro de Tarifa corrieron a cargo de los ingenieros Juan Pírez y Joaquín Ferrer Amat, ambos involucrados en la fortificación de la Isla, pero fueron rechazados. El 4 de octubre del 1799 se encarga al ingeniero Tomás Muñoz, director del Arsenal de la Carraca (Cádiz), la redacción del proyecto para transformar la Torre Almenara de la Isla en un Faro.

Foto Color. Plano del poryecto del Faro de Tarifa de Tomas Muñoz, año 1799. Creative Commons atribución 4.0 internacional
Plano del Proyecto de Tomas Muñoz, 1799 (Instituto de Historia y Cultura Militar)

El proyecto de Muñoz elevaría la altura de la torre a 39,75 metros con la construcción de dos nuevos cuerpos. El primero repetiría el esquema del cuerpo original, mientras que el segundo, de alrededor de 7,5 metros de altura y 6,7 metros de diámetro, estaría rematado por una barandilla de hierro y un basamento de sillares donde se colocaría la linterna; también tendría en su interior una segunda escalera para acceder a la linterna. Siendo un fanal giratorio, el proyecto preveía la colocación de las maquinarias de relojería que moverían el aparato. El Rey aprobó el proyecto el 17 de octubre. El proyecto fue copiado y puesto en marcha por el ingeniero Juan Pírez poco después.

Pero la historia es caprichosa y a menudo frustra las intenciones humanas: la grave situación económica provocada por una nueva guerra con Inglaterra bloquearían el proyecto cuando la construcción de la primera cámara abovedada del segundo cuerpo estaba completada.

Fue en plena guerra de la Independencia que los trabajos volverán a reanudarse. El 25 de octubre de 1811 se leía en las Cortes de Cádiz un proyecto del Intendente González Salmón, que pretendía cobrar un impuesto a todos los barcos que cruzaran el Estrecho, con el fin de financiar la fortificación de la Isla y completar la construcción del Faro de Tarifa. El proyecto fue aprobado y puesto en práctica solo 10 días después. La razón de tanta prisa era sencilla: los franceses habían puesto sitio a Tarifa. El sitio duro 17 días, los franceses se fueron con la promesa de volver y los españoles le creyeron: los trabajos de fortificación empezaron casi de inmediato, pero tenemos que esperar al 16 de junio de 1812 para que una real orden obligase, por fin, al recaudamiento de los fondos para completar las obras del Faro de Tarifa. Para las nuevas obras del Faro se tomó como modelo el proyecto de Muñoz, que fue solo levemente modificado.

Las vicisitudes políticas, las guerras, y las faltas de fondos ralentizaron enormemente los trabajos. Pese a este hecho, la solercia de Salmón, poco a poco, transformó el Faro de Tarifa en realidad. En 1822 estaba concluido el tercer cuerpo de 4,2 metros de altura donde se apoyaría el fanal, una linterna de hierro fundido. Mientras se esperaba la nueva, bella linterna, se decidió poner un foco fijo de luz blanca. Finalmente, después de tantas vicisitudes, el 30 de mayo de 1822 la gaceta de Madrid anunciaba el encendido del Faro de Tarifa para el 1 de junio del mismo año:

«De orden del Gobierno se avisa a los navegantes que estando ya colocado en la Torre de la Isla de Tarifa, situada en el Estrecho de Gibraltar, el fanal giratorio mandado establecer en aquel punto, se encenderá este desde la noche de 1 de junio inmediato, en lugar de la luz fija que ha tenido en la actualidad; lo que se anuncia a los citados navegantes para su conocimiento y gobierno»

La linterna tenía 3,3 metros de diámetro y 6,6 de altura, con 15 luces distribuida en tres cuerpos en grupo de 4, 8 7 3. El disco de platina sería de 1,7 metros de diámetro, cumpliendo su revolución alrededor de la linterna en 2 minutos. La orden era de encender al faro 30 minutos después de la caída del sol en verano, y 15 minutos después en invierno. El Faro de Tarifa se apagaría todos los días al amanecer.

Durante sus primeros meses de vida el Faro quedó sin pintura ni encalado, conservando el aspecto primitivo de torre almenara. Pero su alma y su tarea habían cambiado para siempre: el Faro de Tarifa se olvidó de la guerra para cuidar, desde ahora en adelante, de la vida de los marineros.

Foto Blanco y Negro del plano del Faro de Tarifa en 18
Plano del Faro de Tarifa en 1878

El Faro de Tarifa Hoy

Con el tiempo el Faro de Tarifa se encaló, se pintó de blanco como le conviene a un Faro sureño, se añadió la casa del farero. Mientras tanto, la Isla de Tarifa perdía su importancia estratégica y con ella el interés de los militares. Antes de ser abandonada, se destinó a centro de instrucción de las nuevas reclutas, pero la supresión del servicio militar llevó en 2001 al completo abandono de la Isla, que desde entonces está bajo el mando de la autoridad portuaria.

Foto color. Faro de Tarifa y casa del Farero vista frontal. Creative Commons atribución 4.0 internacional
Vista frontal del Faro de Tarifa y Casa del Farero (Viaje a Edén)

Responde al nombre de José Luis Tetuán Goñi (San Sebastián, 1955) el hombre que tuvo el honor de ser el último farero de Tarifa. Era el 1993 cuando José Luis tuvo que dejar su cargo por la automatización del Faro. Luis había llegado a Tarifa desde los Países Vascos en 1985.

Hoy día el Faro sigue a solas su tarea de cuidado, a pesar de que, el fin de semana, recibe visitas insólitas. El ayuntamiento de Tarifa ha convertido la casa del farero en un centro de interpretación, y organiza visitas guiadas, una por día durante el fin de semana. Pero, por suerte, los viajeros tenemos noches solitarias y largas tardes, donde entrar a escondida en la Isla de Tarifa, y nos sentamos a orilla del Mar junto con el Faro de Tarifa, para hacerle un poco compañía ahora que está solo, y escuchar algunos de sus largos cuentos de la mar y de sus hombres.

Impresión de viaje

Después, se divisa una gran muralla a occidente del mundo, como de una ciudad legendaria construida en una isla en medio del mar; detrás y al fondo hay una blanca torre, y más allá, el presagio de una tierra nueva. Hoy es un hermoso día de Poniente, quien conoce Tarifa sabe que significa: un azul más intenso que el mar y grandes nubes blancas que recorren, como monstruos de algodón, el cielo de la imaginación y el cielo del mundo.

A medida, que la blanca torre se acerca, todo queda más claro, pero en absoluto más evidente. La muralla no pertenece a una ciudad, es una gran fortaleza asentada en la Isla de Tarifa. Durante casi toda su vida la Isla flotó libre entre Atlántico y Mediterráneo, hasta que, los humanos, la amarramos a tierra firme con un dique artificial. La blanca torre es el Faro de Tarifa. El Faro de Tarifa ocupa una latitud única dentro de la Isla y del continente: se asienta en la Punta Marroquí, que dicen ser el punto más Meridional de la Europa continental, negando así a la Isla hasta el derecho de haber sido una Isla… El observador agudo notará, ya desde lejos, que tres cuerpos conforman el Faro de Tarifa. Los primeros dos, grandes y fuertes, dan al faro tamaño y altura, el tercero cobija la linterna. El Faro es todo blanco, y no podía ser diferente, estamos al Sur, al extremo Sur de Europa: luz, calor, cal y sudor.

Estaca de Bares, Cabo de Palos, San Cibrao, poco importa: todos los faros son símbolos de esperanza, sólida humana arquitectura contra la líquida mutabilidad del mar, amigos vigiles y fuertes al que levantamos los ojos en un momento de necesidad. Pero el Faro de Tarifa es diferente. Es una blanca mirada de luz, un agudo y penetrante ojo que va barriendo la superficie de la mar y de la tierra vigilando, buscando: cuando la Noche llega, miras expectante al Faro, a la mar, a la salvaje África asomarse como una negra boca en el horizonte nocturno; luego una gran Luna, ¡grande! Sale de oriente y aúlla de golpe el viento como una bestia hambrienta y largas sombras se alargan sobre Europa. Entonces te paras. Retienes el respiro. Algo está a punto de. No es una sugestión, sino un recuerdo: el Faro de Tarifa fue una torre vigía, construida cuando en España reinaba Felipe II y los piratas berberiscos batían las costas buscando presas humanas, su razón fue la defensa, la sangre, la lucha, tiene el alma de un guerrero.

Conviene a los viajeros detenerse antes de alcanzar el lugar por el cual tanto han caminado. Esta pausa en el camino, se debe en parte al deseo de preparar el espíritu y aumentar el goce de la llegada, en parte a una tradición heredada, cuyo origen nadie conoce. Esto me da tiempo para describir un poco estos parajes. Viniendo a pie desde Algeciras, por la cañada que llaman “La Colada” o “Camino de la Costa”, se cruza un gran oleaje de colinas fuertes, de pendientes decididas, como si la tierra hubiese creado este paisaje sin hesitación, con los mismos golpes con que un pintor seguro de si da vida a un sueño. Las colinas mojan sus pies en el Mediterráneo y tienen los ojos llenos de África. A primera vista no hay una gran vegetación: muchos acebuches e hinojos, algunos pinos, unas palmeras y una gran mancha de eucaliptos. Pero ya han caído las primeras lluvias de otoño; lo que parecía un mundo de barro se ha llenado en pocos días de un verdor encendido: deseosas de vivir, como adolescentes que se lanzan hacia la vida, las plantas han brotado de golpe por todas partes. Muchas son buenas para comer, acelga marina, acedera morisca, hinojo, achicoria… El cielo está quieto, las aves han dejado a Europa y se han ido buscando a la Gran Calor Africana. Volverán en primavera: serán tantas y tan bellas que vencerán a la belleza del cielo. Hablando de cosas humanas, desde aquí de Tarifa solo se ve el puerto y algunos tejados, pero el Faro se puede admirar libres de obstáculos y además, cuando es de noche, sus hermanos se despiertan y encienden la oscuridad de un sereno latido de luz: junto al Faro de Tarifa se divisan el Faro de Ceuta y el Africano Faro de Cabo Spartel, y ya no sabe dónde está el donde, ni cuál es tu lado del mundo, y tu espíritu se convierte en una blanca vela hinchada de viento y deseo de viajes. Es tiempo de seguir.

No quedaba mucho, ya el pueblo llega; entonces el Faro de Tarifa, este gran guardián del mar, este alto soldado de frontera, se convierte en un niño curioso: su cabeza aparece y desaparece según las líneas de los tejados y el capricho del callejero, que aquí en Tarifa es como un ovillo de lana. Una vez desenmarañado el pueblo, se llega al Puerto y de ahí al paseo que nos conduce a la Isla y al Faro de Tarifa.

Del pasado militar de la Isla de Tarifa queda visible la gran muralla que protege el acceso. Viven separadas Tarifa y su Faro, nunca se hablan, solo se miran. Los únicos que han intimado con el Faro de Tarifa son los marineros, aquellos extraños seres de piel dura y olor a sal, que conocen las rápidas sendas de la mar, sus líquidos habitantes y aquellos caprichos que los de tierra poco entendemos. Pero los marineros guardan su secreto, te hablarán de calamares, atunes o corvinas, pero nadie de ellos nombrará al Faro. Tengo la sensación que este recelo es el cuidado con el cual nunca se pronuncia una palabra delicada por miedo a estropearla, se queda ahí, en este cálido y suave mundo del pensamiento y del sentimiento.

A pesar de que esta prohibición de sillares y cemento, impide una verdadera intimidad entre nosotros y el Faro, estamos contentos de estos muros, porque la única marea que se acerca al Faro es la del mar, quedan fuera los turistas, que hubiesen acabado por envilecer al Faro transformándolo en una atracción más de este triste circo que llaman viajar. Los soñadores sobre todo aman estos muros, porque transforman el Faro en un espejismo: por efecto de la perspectiva, a medida que te acercas al Faro, este se va agachando detrás de la muralla, hasta que, cuando ya te encuentras en frente de la cancela, ha desaparecido. ¿Curioso no? Más te acerca menos lo ves, más lo buscas menos lo alcanzas, más te alejas y más lo ves, ¿suena como una adivinanza, verdad?

Pero hay unos pocos curiosos que se saltan reglas y cancelas, y se van andurreando por la Isla cuidando de no ser sorprendidos por las rondas que, de vez en cuando, controlan la Isla y el Faro. Quienes sean estos perturbadores del orden establecido no podemos decirlo, a pesar de que conocemos nombre y apellido de uno de ellos.

Cuanto al cuerpo del Faro, es de perfecta, mesurada elegancia. Sorprende la habilidad de los ingenieros militares: ¡darle a una obra destinada a la matanza una belleza tan fina, tan equilibrada! Alguien podría decir que también una fiera, como un tigre, es una máquina para matar de perfecta belleza. Quizás la sangre es la única verdad de la vida.

Ahora es de noche es la noche, despierta al Faro que extiende, sus dedos de luz y crea, ilusiones nuevas sobre el paisaje: otra vez, ahora y para siempre, Europa y África reviven su mito lejano y salvaje. Volverá el invierno con estruendo de humo y las mareas vivas extenderán el cristal del mar sobre la playa, y los destellos de su luz se clavarán en la carne de la noche. Sale, lenta y sinuosa, del mar la bruma y todo envuelve: es un desbordar líquido de confines, un confundirse extremos de las distancias, un perderse alegremente de las fronteras. Y se levanta el Faro de Tarifa, centro de esta extraña unidad.

Foto color. Faro de Tarifa al atardecer, vista desde Playa Chica. Creative Commons atribución 4.0 internacional
Faro de Tarifa desde Playa Chica (Viaje a Edén)

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